CORREGIR AL QUE SE EQUIVOCA 02-04-2010

Sabemos por experiencia que una buena corrección ayuda a purificar el alma y las actitudes negativas que residen en ella. Corregir al que yerra o se equivoca es la tercera de las ‘obras de misericordia’ espirituales. En el refranero se suele decir que ‘quien bien te quiere, te hará llorar’. Este sentimiento que está en lo más profundo de la sabiduría popular concuerda con lo que en moral se llama la ‘corrección fraterna’ y se entiende por tal la amonestación hecha al prójimo culpable en privado y por pura caridad para apartarle del pecado o de un camino errado.

La amonestación, ejercida sobre una persona, para que cambie su modo de proceder o sus inclinaciones nada ejemplares ayuda a la madurez no sólo cristiana sino también humana. Toda corrección debe ir acompañada por una gran dosis de educación y por un gran sentido de caridad. La corrección que se hace por despecho o por desprecio no es auténtica. Muchas veces los resortes interiores pueden jugarnos malas pasadas si no sabemos armonizar bien los sentimientos. De ahí que la corrección comporta un modo de amar al prójimo con la pedagogía serena que nace de un corazón sencillo y bien templado. La corrección no sólo se debe someter a pronunciar  palabras puesto que cualquier gesto puede llegar a ser luz para dar  pistas de orientación al corregido que valen mucho más que ‘mil palabras’. Un silencio a través del tiempo, hasta que se serene la situación, puede llegar a ser un buen método que dará frutos abundantes en el momento de la corrección.

Para corregir al que yerra se exigen unas condiciones que son comunes en la moral evangélica y que siempre la Iglesia, como Madre y Maestra, nos ha enseñado. Antes de corregir lo primero que hemos de tener presente es que haya materia cierta, no imaginaria, puesto que se pueden dar indicios que no son verídicos. La sospecha nunca es buen camino para llegar al que se desea ayudar con la corrección. Debe ser algo necesario y siempre buscando la idónea capacidad del que corrige  para que el prójimo no se sienta rechazado y marginado.

La corrección ha de ser útil, es decir, que haya fundada esperanza de éxito. Si se prevé que será contraproducente como es provocando la ira o induciéndole a mayores males o pecados, debe omitirse. Como dice Santo Tomás, si se duda del éxito inmediato, pero no del remoto, debe hacerse. Y si se duda seriamente si aprovechará o dañará, debe omitirse; porque el precepto de no dañar al prójimo es más grave que el de beneficiarle, a no ser que de su omisión se teman males mayores como son escándalos o corrupción de otros.

En general hay que conjugar con la caridad y la justicia la benignidad, la humildad y la prudencia, recordando las palabras de San Pablo: “Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, que tenéis el Espíritu, corregidlo con espíritu de mansedumbre. Y no te descuides tú mismo, que también tú puedes ser puesto a prueba” (Gal 6,1). Hay que procurar, además, salvar la fama del corregido y para ello debe observarse el orden establecido por Jesucristo en el Evangelio. De suerte que primero se haga la corrección en privado; luego, con uno o dos testigos, y, finalmente –si todo lo anterior ha fallado-, recurriendo al superior ( Cfr. Mt 18,15-17). Cuando la situación es muy grave debe hacerse presente inmediatamente a la autoridad competente con el fin de que la misma no se empeore. Nunca un buen ciudadano o un buen cristiano puede quedarse con los ‘brazos cruzados’ ante momentos que pueden perjudicar a terceras personas y si esto es grave debe comunicarse cuánto antes a quien esté revestido de la autoridad.  La corrección si se hace bien reporta paz a la persona y a la sociedad.