Cincuenta aniversario de la coronación canónica de la Virgen de Roncesvalles

8 de Septiembre 2010

A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. Así hemos escuchado en la proclamación de la segunda lectura.

1.- María fue la elegida por Dios para la misión más importante que mujer alguna podía soñar, ser  madre del Mesías, madre del Hijo de Dios. Por eso la reconocemos como Reina y Señora, por ser la madre del Rey y Señor. En la coronación canónica de las imágenes de la Virgen se le aplican en grado sumo los honores que se tributaban antiguamente a los monarcas el día de su coronación. En esta solemnidad en la que conmemoramos los cincuenta años de la coronación de Santa María de Roncesvalles /Orreaga actualizamos y enfatizamos el honor que merece nuestra Virgen como Señora del Valle, como Reina del Pirineo. Es un gozo comprobar con cuánta devoción acuden los peregrinos que encuentran en este templo el punto de arranque y el primer impacto fuerte del Camino de Santiago. Y no es menor el fervor de los habitantes de los valles de alrededor manifestado en las romerías de Mayo; podéis estar orgullosos de formar la Cofradía más numerosa de la Diócesis, y lo estaréis más en la medida en que la calidad de vuestro cariño a la Virgen del Pirineo supere al número de los cofrades. Hoy estamos especialmente alegres porque resplandece con brillo extraordinario el amor a Dios. San Agustín escribió en su tratado teológico “la ciudad de Dios” que la historia humana, la historia del mundo, es una lucha entre dos amores: el amor a Dios hasta la pérdida de sí mismo, y el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios y el odio a los demás. Hoy reluce con vigor muy especial el amor a la Virgen, y por ella el amor a Dios.

Desde el comienzo la festividad de la Virgen de Roncesvalles ha coincidido con la conmemoración de la Natividad de María, quizás porque es de las pocas fiestas marianas que realzan la figura de Nuestra Señora en si misma, sin relacionarla con acontecimientos de la vida de su Hijo. En este contexto me gustaría hacer una doble reflexión: sobre la condición de criatura de María y sobre la plenitud de la salvación que ella encarna. Cuando hablamos de María se me antoja que estamos interpretando una melodía a dos voces, la “voz alta” la principal se refiere a ella; es una voz sobresaliente y sin defectos. A la vez, “la voz baja” se refiere a nosotros, es voz de acompañamiento y de imitación que no debe desentonar ni alejarse de la voz primera.

2.- María es la criatura más perfecta porque nadie como ella ha tenido una relación tan estrecha con la Trinidad beatísima: es hija del Padre, madre del Hijo, esposa del Espíritu Santo. Y es perfecta como persona humana, porque Jesús el Salvador, nacido de mujer, nacido bajo la ley, tomó su carne de la carne de María, sin concurso de varón. Mirando a María en su nacimiento entendemos que en Dios también hay lugar para el cuerpo, para el elemento material del ser humano. Dios no es un competidor nuestro, ni su grandeza empequeñece la nuestra, ni su presencia cercena nuestra libertad. Al contrario, cuando reconocemos la grandeza de Dios, estamos reconociendo nuestra propia dignidad. No actuaron así nuestros primeros padres que consideraron que Dios reprimía el horizonte ilimitado que les proponía el Tentador: seréis como dioses, y cayeron en el pecado que llamamos original. También pensaba así el hijo menor de la parábola que quería ser libre, lejos de su padre, y al final tuvo que reconocer que era más esclavo que los jornaleros de la casa de su Padre, donde de verdad podía ser libre y gozar de la belleza de la vida. En la casa de su Padre había exigencia, pero había amor y alegría. También en nuestro  tiempo hay quienes piensan que apartando a Dios de nuestra vida y siguiendo nuestras propias ideas, nuestra propia voluntad, llegaremos a ser más libres, sin necesidad de obedecer a nadie. Y es lo contrario: cuanto más hacemos desaparecer a Dios, más mediocre hacemos al hombre y lo convertimos muchas veces en un objeto de usar y tirar, concediéndole valor solo en función de su utilidad, y cuando ya no sirve para rendir en la economía o en una función dentro de la sociedad, se le niegan todos los derechos.

Con María, nuestra Reina y Señora, queremos no alejarnos de Dios, al contrario, queremos hacer que Dios esté presente en nuestra vida personal y en nuestra actividad social. Debemos hacer patente a Dios mediante los signos, la cruz, la imagen de la Virgen, etc., tanto en el ámbito personal, en nuestras casas, en nuestras familias, como en el ámbito publico, en nuestras calles, en las escuelas, en los hospitales, etc. Así han hecho nuestros antepasados que han jalonado la geografía de iglesias, cruceros y símbolos religiosos, muy especialmente en el Camino de Santiago. Y si queremos dar un espacio a Dios, también hemos de darle un tiempo: que no pase ni un solo día sin una oración,  y menos pase un fin de semana sin dedicarle el tiempo de la Misa dominical. No perdemos nuestro tiempo libre si se lo ofrecemos a Dios; más aún, si damos entrada a Dios en nuestro calendario, convertiremos el paso de la vida en algo grande y rico, como María que fue de Dios desde el nacimiento hasta la dormición.

3.- Una palabra ahora sobre la plenitud de gracia de María. El evangelio que hemos proclamado recoge, con unos artificios literarios curiosos, la genealogía de Jesús. Podríamos detenernos en alguno de esos artificios para mostrar que el evangelista se propone no un objetivo histórico ni cronológico, sino mostrar la perfección de la historia de la salvación que se inicia en Abrahán y culmina en la plenitud de los tiempos expresada en las últimas palabras que hemos escuchado: “Jacob engendró a José, el esposo de María de la cual (no de los cuales) nació Jesús, llamado Cristo”.  En Cristo alcanza su punto más alto la salvación que venía preparándose desde antiguo. Por otra parte, en esta frase está contenido en síntesis el papel de la mujer, cuyo nacimiento celebramos y de cuya coronación canónica hoy disfrutamos: Ella es la destinada a ser la madre del Salvador. Por eso la Iglesia, como contemplándola en su nacimiento, le aplica las palabras del Apóstol a los Romanos: “a quién (Dios) conoció, predestinó y, en consecuencia llamó…, justificó…, glorificó”. Es el proceso maravilloso de la vida de María. En esta solemnidad se une la entrada de María en esta vida, su natividad, y la entrada en el cielo, su entronización como reina. Así la que desde su nacimiento estaba destinada a ser la morada de Dios en la tierra, ha venido a ser la morada de Dios para siempre. Este es el contenido del dogma de la Asunción y glorificación: María goza de la gloria del cielo en cuerpo y alma, es feliz porque se ha convertido totalmente, en cuerpo y alma y para siempre, en la morada del Señor. Si San Agustín decía que antes de concebir al Señor en su cuerpo, ya lo había concebido en su alma”, también cabe reconocer que recibe la gloria en su alma, y la recibe también en su cuerpo. Con esta plenitud de gracia y de gloria nos indica el camino de la vida plena, nos muestra cómo podemos llegar a ser felices totalmente. María es verdaderamente la aurora de un mundo nuevo, del mundo tal como había sido pensado por Dios desde la eternidad.

El ambiente de esta fiesta me lleva a pedir a Santa María de Roncesvalles un renovado clima cristiano en nuestra tierra, en nuestra Diócesis: familias dispuestas a superar las dificultades materiales y espirituales, familias en cuyo seno crezcan vocaciones de sacerdotes, de religiosos y religiosas. Que Ella nos alcance la bendición divina a todos los que la invocamos con amor filial.