INAUGURACIÓN DEL CURSO 2010-2011 CESET e ISCR. 30-09-2010

1.- Celebramos hoy la conmemoración de san Jerónimo,  un Padre de la Iglesia que  tuvo la Biblia en el centro de su vida: la tradujo, la comentó y, sobre todo, se esforzó por vivirla delicadamente en su larga existencia terrena, a pesar del conocido carácter difícil y fogoso que le dio la naturaleza. Fue en Belén, donde desarrolló una intensa actividad: predicó la palabra de Dios, defendió la fe, oponiéndose con vigor  a varias herejías, exhortó a los monjes a la perfección, enseñó cultura clásica y cristiana a jóvenes alumnos, acogió con celo pastoral a los peregrinos que visitaban Tierra Santa y empeñó toda su ciencia y su tiempo a la traducción al latín de la Biblia entera, y lo hizo con tanta perfección que se divulgó por toda la cristiandad; es la llamada Vulgata.

La memoria litúrgica del santo más estudioso de la Biblia nos proporciona un marco muy apropiado para detenernos en el alcance de la Palabra de Dios, al hilo del texto evangélico que hemos proclamado. En él se nos dice que “el que me ama, guardará mi Palabra”. Guardar la palabra supone escucharla, interpretarla y transmitirla. Antes de nada hay que tener en cuenta que toda palabra humana de cierto peso, y mucho más la palabra de la Escritura, encierra en sí misma un relieve mayor de lo que el autor, en su momento, podía ser consciente. No es solamente una palabra circunstancial, para aquel momento, ni se ha conservado fosilizada, porque nació y se ha desarrollado en el seno del pueblo de Dios que vive y se alimenta de esa palabra. Suelen decir los entendidos que los libros sólo llegan a ser Escritura cuando la Iglesia los lee y los asume en el canon de libros sagrados. Más aún, las palabras humanas que lee la Iglesia son vehículo adecuado para llegar a la Palabra de Dios, que, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, es una y única, el Verbo. En consecuencia, el cristianismo no es una religión de libro, pues el Verbo, siendo Dios no necesita sílabas. Sin embargo, ha querido hablarnos con palabras humanas para que nosotros lleguemos a entenderlo, como quiso hacerse hombre para que nosotros pudiéramos conocerlo y tratarlo. Por esta razón la Iglesia ha venerado siempre la Sagrada Escritura como venera el cuerpo de Cristo.

2.- Guardar la Palabra de Dios, decía, conlleva una triple exigencia. En primer lugar es preciso escucharla, acoger su mensaje con corazón abierto y, me atrevería a decir, con fascinación y sencillez de niños. Nosotros estamos tan acostumbrados a proclamar los mismos textos tantas veces que podemos acostumbrarnos y perder la inocencia de quien los escucha por primera vez. No lo olvidemos: Dios nos habla a cada uno de nosotros y nos comunica mensajes nuevos cada vez que leemos las mismas palabras. El profeta Ezequiel expresó esta idea con aquella acción simbólica de comer el “rollo” que Dios le presentó; y al comerlo le resultó “dulce como la miel” (Ez 3,3). Dios quiere salir a nuestro encuentro y entablar  un diálogo con cada uno para hacerle partícipe de su misma vida divina. Si San Jerónimo decía que desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo, podemos dar la vuelta a la frase, porque también es cierto que escuchar y acoger la Escritura es acoger y escuchar a Jesucristo.

Además de escucharla, debemos esforzarnos por interpretarla y entenderla. No me corresponde ahora insistir en la importancia de alcanzar el sentido genuino de la Escritura, ni de detenerme en el progreso de las ciencias bíblicas, especialmente desde la Providentissimus Deus hasta ahora. Para eso tenéis las clases en las que estudiáis a fondo los libros bíblicos. Hacedlo con interés. Únicamente quiero recordaros lo que el Papa Benedicto XVI repite muchas veces, que la exégesis tiene carácter teológico, es decir, que no es el estudio de unos libros del pasado: hay que tener en cuenta las ciencias humanas, la historia, la lingüística, la arqueología, etc., pero no hay que olvidar la unidad de toda la Escritura, y también la fe la Iglesia, sin la cual la Biblia sería “un libro sellado”, sin vida. Leer la Biblia con el mismo espíritu con que fue escrita significa leerla con la Iglesia y en la Iglesia, que es quien la ha recibido para interpretarla auténticamente.

En tercer lugar, a nosotros nos corresponde transmitirla Palabra de Dios, puesto que hemos sido llamados a ser ministros de la palabra. Toda nuestra actividad pastoral está impregnada del mensaje bíblico, desde la administración de los sacramentos o cualquier servicio litúrgico, hasta la homilía, lugar privilegiado en que debemos explicar las lecturas que se han proclamado. Desde diferentes foros se nos reclama un esmerado cuidado en la predicación: nos lo piden los fieles y nos lo urgen instancias tan importantes como el Concilio. Nosotros mismos estamos convencidos de ello. La homilía debe tener contenido doctrinal serio, lenguaje sencillo e inteligible y forma retórica adecuada. Pero no olvidéis lo que con tanto acierto señaló Pablo VI en la Evangelii nuntiandi (n.41): “El hombre contemporáneo escucha más atento a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son también testigos” Tendremos que preparar muy bien nuestras predicaciones públicas, pero teniendo en cuenta que la mejor preparación es nuestra vida interior: ex abundantia cordis os loquitur  (de la abundancia del corazón habla la boca).

3.- Hago mía la súplica del Apóstol que hemos proclamado en la primera lectura y pido al Señor que durante el curso que ahora inauguramos “el Padre de la gloria os conceda espíritu de sabiduría y revelación para conocerle”. Sabiduría para buscar la verdad con ahínco, prescindiendo de curiosidades superficiales, la sabiduría de la Cruz, que diría S. Pablo; revelación para tener la mente y el corazón abiertos a la voz del Espíritu. Y todo orientado a conocer a Jesucristo, objetivo final de vuestros estudios y de vuestra vida. Nuestro Centro Superior de Teología y el Centro de Ciencias Religiosas han de ser el foco que ilumine la cimentación doctrinal de la pastoral de toda la Diócesis. Este es vuestro honor y también vuestra responsabilidad.  Que la Escuela de Teología de Tudela sea también un ambiente de formación para los catequistas y agentes de pastoral. Cada día se requiere mayor formación y los que han de anunciar la Palabra de Dios han de estar muy en sintonía con la enseñanza de la Iglesia.

4.- Durante todos estos meses iremos preparando y preparándonos para recibir al Santo Padre en la Jornada Mundial de la Juventud del próximo mes de agosto. Tiempo tendremos de ir comentando y profundizando en el lema de estas Jornadas, “arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”. Este año el objetivo fundamental de nuestra pastoral ha de ser los jóvenes.

Y, para terminar, quiero hacerme eco de lo que el Papa decía a los estudiantes católicos de Inglaterra, Escocia y Gales.:“Lo que Dios más desea de cada uno de vosotros es que seáis santos. Él os ama mucho más de lo que jamás podríais imaginar y quiere lo mejor para vosotros”. Y más adelante, añadía: “Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila, sino aspirar a un “horizonte mayor”. No os contentéis con ser mediocres”.

Son muchas las ilusiones que tenemos puestas en vosotros durante este curso que ahora comenzamos. Todas ellas las ponemos a los pies de Nuestra Señora la Virgen para que ella las presente ante el Señor y nos alcance su bendición.