Vida de oración y vida activa

“Le he oído hablar muchas veces que es muy importante potenciar, en la vida cristiana, la vida interior y la experiencia espiritual. Hay algo que me preocupa: ¿no estaremos cayendo en el pietismo? Lo que debemos hacer es trabajar más y dejarnos de tantas manifestaciones pías”.
Cuando se habla de vida espiritual no quiere decir que uno se desentienda de los quehaceres diarios; al revés, significa no perder de vista que la vida cristiana tiene unas raíces, como el árbol, sin las cuales el tronco y las ramas no se desarrollarían. Creo que el parangón le ilustrará.
Tal vez observamos que nos falta raigambre interior para afrontar los trabajos de cada día puesto que hacemos las cosas, en muchas ocasiones, de forma superficial o mecánica. El ser humano tiene por sí mismo la suficiente fuerza íntima para dar un giro a las manipulaciones que le zancadillean constantemente. La libertad nace de la vida interior si ésta goza de buena salud. De ahí que insista en conservar bien la vida espiritual como camino fundamental para realizar obras que vayan encaminadas hacia el bien y en compañía del Bien que es Dios puesto que en él nos movemos, vivimos y existimos.
La corriente pietista se dio en el siglo XVII (1670) a través de Spencer en Alemania. Entró en conflicto con el protestantismo ortodoxo. Se instaló junto con Francke en la universidad de Halle, desde donde lograron difundirse. En 1695 el pietismo ya había sentado pie en siete estados y cincuenta y cinco ciudades de Alemania, gracias al apoyo del rey Federico Guillermo I.
El pietismo se basa en la búsqueda de la reforma interior de las personas pero sin ningún compromiso con los demás. Todo lo contrario a lo que es una sana vida espiritual para el cristiano que tiene dos rieles por los que debe caminar: el amor a Dios y la caridad con el prójimo. Son las dos vías que nos llevan a la madurez en la experiencia de fe. El pietismo se concreta en un regodeo de autosatisfacción personal y no comparte nada con los demás. El cristiano, con buena salud espiritual, sabe que debe sufrir con el que sufre y alegrarse con el que se alegra. Para el pietista todo se basa en el sentimentalismo espiritual o en el paternalismo sentimental. Para el cristiano todo se basa en la entrega generosa y dadivosa; más aún, debe foguearse en el servicio al prójimo y en la entrega de la propia vida si fuera necesario como hacen los mártires.
No pueden confundirse la vida interior y la vida espiritual con el pietismo. Se puede caer en el pietismo si no se vive radicalmente la experiencia gozosa de la fe cristiana. Por eso muchas de nuestras manifestaciones, como pueden ser cultos externos procesionales o simples asistencias a actos religiosos, si no llevan esta doble exigencia del amor sincero a Dios participando en los sacramentos y con caridad generosa hacia todos, incluido el perdón al prójimo, se pueden convertir en actos formales que no llevan a la verdadera experiencia cristiana. Por eso hemos de estar atentos para que lo religioso no se convierta en una manifestación puramente cultual o en un añadido más a nuestras fiestas religiosas. Se podría caer en la misma experiencia que se cayó en el siglo XVII si no estamos vigilantes a conjugar el amor a Dios y al prójimo.