CELEBRACIÓN DE LA MISA CRISMAL 19-04-2011

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido” (Is 6,1)

Nos hemos reunido en esta solemne celebración para bendecir los óleos y consagrar el crisma y para renovar nuestros compromisos sacerdotales. Es un momento importante para cada uno de nosotros y para nuestro Presbiterio diocesano  que actualiza la unidad y la comunión que queremos vivir interiormente y personalmente.

1. Bendeciremos, en primer lugar, el óleo de los enfermos, que se utiliza en el Sacramento de la Unción de enfermos, para que “los que sean ungidos sientan en cuerpo y alma la divina protección y experimenten alivio y salud en sus dolores” (Ritual). En estos tiempos en que los enfermos más graves suelen estar en el Hospital, los capellanes hospitalarios desempeñan un enorme servicio, pero los demás estaremos atentos para que ninguno de nuestros feligreses se vea privado de este hermoso don. “Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado interiormente, es una sociedad cruel e inhumana…Dios –la Verdad y el Amor en persona- ha querido sufrir por nosotros y con nosotros. Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis (Sermones in Cant. Serm. 26,5:PL 183,906). Dios no puede padecer, pero puede compadecer” (Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi, 2007).

Después de la Comunión bendeciremos el óleo de los Catecúmenos, con el que se unge a los que van a ser bautizados “para que aumente en ellos el conocimiento de las realidades divinas y la valentía en el combate de la fe” (Ritual).

Finalmente llevaremos a cabo la solemne consagración del Crisma, que ha dado nombre desde tiempo inmemorial a esta misa. Cuando los recién bautizados son ungidos con el Santo Crisma asumen una nueva realidad como seguidores de Jesús. Es el sello, “dominicus Character”, que decía S. Agustín, con el que somos marcados para el día de la redención. Se usa, en consecuencia, en los sacramentos con los que los cristianos somos incorporados a Cristo, sacerdote, profeta y rey, es decir, en el Bautismo, la Confirmación y el Orden.

De la Confirmación me habéis oído muchas veces cuando en vuestras parroquias administro este sacramento a los jóvenes que habéis preparado con esmero. Sabéis que suelo insistir en que la unción es signo de vitalidad sobrenatural, de alegría y de exigencia. Hoy únicamente quiero agradeceros el esfuerzo que ponéis en la catequesis de confirmación y animaros a no desistir a pesar de las dificultades.

El Bautismo ha sido objeto del mensaje cuaresmal del Papa para este año. Recordáis con cuánto acierto señalaba que “en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11)”. Hoy es un día adecuado para actualizar el don de nuestro propio bautismo, que nos abrió las puertas a nuestra incorporación a Jesucristo. Por el bautismo, recuerda el Apóstol, fuimos revestidos de Cristo (Ga 3,27), es decir Él nos da sus vestidos y nos hace entrar en una comunión existencial con Él. Esta es la teología del sacerdocio común de los fieles que, participando del único sacerdocio de Cristo, se ofrecen a sí mismos como hostia viva y santa, dan testimonio de Cristo en todo lugar y, a quien se la pida, dan razón de la esperanza (Lumen Gentium, 10)

2. Esta doctrina bautismal se renueva y ahonda de modo admirable en el sacerdote ministerial que en la administración de los sacramentos actúa in nomine Christi Capitis o, como se dice más habitualmente, in persona Christi. Si en el bautizado se da una comunión existencial con Cristo, en el sacerdote se acentúa esta unidad hasta el punto de que ya no actúa por sí mismo, sino por Otro, por Cristo. La Iglesia nos invita a manifestar esta realidad cuando nos revestimos con los ornamentos litúrgicos, de modo que desaparece el hombre y se muestra Cristo: ya no es el hombre-sacerdote quien actúa, sino que es Cristo quien obra en él, cuando dice “Yo te bautizo”, “yo te absuelvo” y  cuando puede decir en verdad “esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”.

3. Permitidme que me detenga unos minutos más en la maravilla de nuestro sacerdocio que es el objeto de nuestra celebración. Y lo voy a hacer al hilo de la reciente Exhortación ApostólicaVerbum Domini que nos propone a los sacerdotes estar comprometidos con la palabra, consagrados en la verdad y responsables en la misión (Verbum Domini, 80).

Comprometidos con la Palabra, en su sinfonía de significados. Como ministros de la Palabra se nos exige una gran familiaridad con la misma. En la medida de lo posible hemos de conocer los aspectos lingüísticos y exegéticos del texto bíblico, pero especialmente hemos de acercarnos a él con corazón dócil y orante. Fruto de la oración ha de ser la homilía, eco de la palabra de Dios que se han proclamado. Recordad que ya la Exhortación postsinodal Sacramentum Caritatis (Benedicto XVI, 2007) se nos urgía a mejorar la calidad de la homilía, como parte integrante de la acción litúrgica. En la Verbum Domini se la define como “actualización del mensaje bíblico”. Hemos de prepararla muy bien y exponerla con esmero para intentar que nuestros fieles “comprendan el misterio que se celebra” y, superando cualquier divagación o adorno retórico superfluo, esforzarnos por mostrar a Cristo, el Verbo Encarnado, y el centro de nuestra vida. La Exhortación nos brinda unas preguntas que debemos formularnos al preparar la homilía: “¿Qué dicen las lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué debo decir a la comunidad?, porque, como dice san Agustín: «Pierde el tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior»  (Sermo 179,1” (Verbum Domini, 59.

Consagrados en la verdad. Jesús mismo en la oración sacerdotal pidió por sus discípulos: “que también ellos sean consagrados en la Verdad.” (Jn 17,17). Consagrar un objeto o una persona equivale a santificarlos y significa dar en posesión exclusiva a Dios lo que ha sido consagrado. Por ejemplo, se consagra el altar para dedicarlo al uso exclusivo al sacrificio, de modo que sería una profanación utilizarlo para otro menester. El sacerdote está consagrado en la Verdad, es decir, en el Verbo encarnado que es camino, verdad y vida. Es defensor de la verdad entendida como concepto metafísico frente a la falsedad o la mentira; pero por encima de cualquier consideración, el sacerdote se ha “entregado a la Verdad”, a Cristo. Vivir en la verdad equivale a vivir en Cristo.

Responsables con la misión. La Iglesia tiene como obligación imperiosa anunciar el Evangelio a todas las gentes, es misionera en su esencia. Nosotros, sacerdotes, a imitación de San Pablo sentimos esta misma urgencia: “¡Ay de mi, si no evangelizara!” (1 Co 9,16). Anunciamos el Logos de la esperanza (1P 3,15), predicamos a Aquel que otorga “la gran esperanza” que nuestro mundo, lo sepa o no, necesita. El anuncio del mensaje evangélico, la predicación del Reino de Dios no se llevan a cabo por imposiciones improcedentes, sino por el diálogo fecundo con la cultura de nuestro tiempo. Estamos inmersos en este proyecto que el próximo Beato Juan Pablo II denominaba la nueva evangelización, que se basa en la eficacia de la Palabra de Dios y en la puesta en práctica de todos los medios a nuestro alcance. ¿No es la JMJ una expresión palpable de la Nueva Evangelización? Os animo a que colaboréis intensamente, como lo venís haciendo.

Termino con una mirada a María. “Ella, dice la Verbum Domini, es dichosa porque tiene fe, porque ha creído, y porque en esta fe ha acogido en el propio seno al Verbo de Dios para entregarlo al mundo” (Verbum Domini, 124). Que Ella nos proteja, nos acompañe en este día en que renovamos nuestros compromisos sacerdotales, y nos impulse a ser profundamente misioneros, como buenos hijos de la Iglesia.