Homilía de la Javierada con motivo de la JMJ en Navarra

Os saludo en nombre de Aquél que es el protagonista en medio de nosotros. El Señor nos ha asegurado su presencia en medio de nosotros cuando dos o tres se reúnen en su nombre (cf. Mt 18, 20).  El mismo Jesús que paseaba y recorría todas las aldeas y ciudades de Judea y de Palestina. El mismo Jesús que dijo a sus discípulos: “Mi paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27). El mismo Jesús que dijo a los apóstoles: “en esto conocerán que sois mis discípulos si os amáis los unos a los otros” (Jn 13, 35). El mismo Jesús que prometió que iba a permanecer, por medio del Espíritu Santo, siempre con nosotros hasta el final de los tiempos. El mismo Jesús que dijo que, con él, somos Luz para el mundo (cf. Jn 8, 12) puesto que participamos de su Resurrección.

Queridos jóvenes, como misioneros de la esperanza, os habéis acercado al Santuario de Javier. Sabéis que él tenía las mismas inquietudes que tenéis vosotros: ilusión, hacer algo grande en la vida, formar una familia, realizar unos estudios o ejercer un trabajo para dar sentido en la vida, adquirir una buena posición… Pero un día sintió algo que nunca se hubiera imaginado y era a Jesucristo que le preguntó: “¿De qué le servirá ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mt 16, 26). Su vida cambió y con gran valentía miró cara a cara a Cristo y le dijo: “Aquí estoy, Señor ¿qué debo hacer? Envíame dónde quieras” (San Francisco Javier a San Ignacio, Cartas 5 [1544]). Posteriormente, con gran ímpetu apostólico, se dirigió a tierras lejanas de Asia y comenzó a llevar el mensaje evangélico. La Iglesia ha nombrado, a San Francisco de Javier, patrono de las Misiones

Queridos jóvenes, misioneros de la esperanza, cuando uno se entrega a Cristo y sin reservas ¿sabéis que consigue? La realización de sus más nobles ideales y la vida eterna. La Jornada Mundial de la Juventud tiene un solo objetivo: Vivir en Cristo, por Cristo y para Cristo.  Todo lo demás viene dado por añadidura: la entrega, la generosidad, la fraternidad, la solidaridad, la vocación al sacerdocio, a la vida religiosa de consagración, al santo matrimonio… Por eso no has de mirarte a ti mismo sino has de mirar cara a cara a Cristo y decirle sin miedos, ni temores: “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”. Y Cristo te dirá: “Proclama la buena noticia a toda criatura” ( Mc 16, 15).

Queridos jóvenes, misioneros de la esperanza, la esperanza está en el centro de nuestra vida de seres humanos y de nuestra misión de cristianos, sobre todo en la época que nos toca vivir. Vosotros alimentáis grandes ideales en vuestra vida y os hacéis muchas preguntas: ¿Por qué estoy en el mundo? ¿Qué sentido tiene vivir? ¿Qué sucederá en mi vida? ¿Cómo ser feliz? ¿Cómo vencer el sufrimiento, la angustia, el dolor en todos sus matices? ¿Qué hay después de esta vida? Preguntas que son apremiantes y que vienen forzadas por situaciones que parecen insuperables: dificultades en el estudio, problemas familiares, falta de trabajo, incomprensiones, crisis de todo tipo, falta de recursos ante la situación que pasa la sociedad.

Queridos jóvenes, misioneros de la esperanza, parafraseando a Benedicto XVI en su encíclica Spe Salvi (la esperanza que salva), os digo que la experiencia demuestra que las cualidades personales y los bienes materiales no son suficientes para asegurar esa esperanza que el ánimo humano busca constantemente. La política, la ciencia, la técnica, la economía o cualquier otro recurso material por sí solos no son suficientes para ofrecer la gran esperanza a la que todos aspiramos. Esta esperanza “sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar” (n. 31).

Una de las consecuencia del olvido de Dios o de no contar con él o marginarlo como si fuera un intruso en la vida y en la libertad del hombre, produce desorientación, que se muestra en la soledad y en la violencia, en la angustia vital y en la falta de sentido de vivir (¿para qué vivir?). Esta crisis afecta a los jóvenes. “Pienso en tantos jóvenes coetáneos vuestros heridos por la vida, condicionados por una inmadurez personal que es frecuentemente consecuencia de un vacío familiar, de opciones educativas permisivas y libertarias, y de experiencias negativas y traumáticas. Para algunos –y desgraciadamente y no pocos- la única salida posible es una huída alienante hacia comportamientos peligrosos y violentos, hacia la dependencia de drogas y alcohol, y hacia tantas otras formas de malestar juvenil. A pesar de todo, incluso en aquellos que se encuentran en situaciones penosas por haber seguido los consejos de ‘malos maestros’, no se apaga el deseo del verdadero amor y de la auténtica felicidad” (Benedicto XVI).

Queridos jóvenes, misioneros de la esperanza, ¿cómo podéis anunciar la esperanza al mundo juvenil de hoy? Siendo auténticos testigos del Amor de Dios que es el único que puede realizar lo impensable y lo imposible. Sólo, desde el amor a Dios y al hermano, se pueden conseguir los milagros de una nueva humanidad más solidaria y más humana. Ahí tenéis a los misioneros que llevan el pan de la Palabra y el pan del alimento material. Hoy se requiere una nueva evangelización y vosotros sois los mejores evangelizadores de los jóvenes. No tengáis miedo de anunciar a Jesucristo, no tengáis miedo de poner y exponer vuestras vidas por el evangelio. No tengáis rubor en vivir como auténticos discípulos del Señor. Llevad el amor fraterno a todos, el amor que hace nuevas todas las cosas. Y ayudad a los más pobres faltos de amor y de pan. Miremos a los que sufren en África y desde todas las instancias y medios (Cáritas, Manos Unidas, Obras Misionales y demás organizaciones) llevemos, con nuestros misioneros, la fraternidad solidaria, tal y como hará la JMJ.

Queridos jóvenes, misioneros de la esperanza, confiad en la Virgen María. Ella desde su sencillez y pobreza cantó: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva… dispersó a los de corazón soberbio. Derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió vacíos”  (Lc 1,47-48). Ella nos enseña a ser misioneros de la esperanza, porque “hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo” (I Tim 4, 10). El “Dios vivo” es Cristo resucitado y presente en el mundo. Él es la verdadera esperanza: Cristo que vive con nosotros y en nosotros y que nos llama a participar de su misma vida eterna. Si no estamos solos, si Él está con nosotros, es más, si Él es nuestro presente y nuestro futuro, ¿por qué temer? ¡No tengáis miedo! Sois no sólo los centinelas de la mañana sino los misioneros de la esperanza y mensajeros de la paz.