Monseñor Francisco Pérez, nos anima a consagrarnos al Corazón de Cristo

En lo que se refiere a mi corazón, soy propiedad total del Corazón de Jesús. “Amor con amor se paga” dice la sabiduría del refranero castellano y esto para expresar que el amor verdadero requiere ser correspondido. La respuesta consecuente al amor de Cristo es la entrega total a Él. Ésta es la auténtica alma del que desea consagrarse. “Con la Consagración ofrecemos al Corazón de Jesús nuestras personas y todas nuestras cosas, reconociéndolas recibidas de la eterna caridad de Dios” (Pío XI). Cuando era niño el mes de junio tenía un sabor especial. Mi padre, el carpintero del pueblo, siempre llevaba uno de los banzos de la andas que trasportaban al Sagrado Corazón de Jesús. Un día le pregunté y me dijo: “Mira hijo en la vida hemos de confiar mucho en Dios, Él nos ayuda puesto que tiene un corazón muy grande que nos ama. Hago la promesa, todos los años, de llevar el banzo de las andas porque sé que Él nos ayudará a toda la familia”.

En mi mente de niño y después de adulto he vivido estos momentos con honda devoción. Sabemos que por el Bautismo hemos sido ofrecidos a Dios y por lo tanto consagrados. Por ello el Apóstol San Pablo nos recuerda la verdad entrañable de que: “Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor” (Rom 14, 8). Pero ocurre con frecuencia que, por nuestros pecados y miserias, pretendemos olvidar o romper esa entrega de nuestras personas a Dios por el Bautismo. Por eso el Señor nos pide consagrarnos como en su día le pidió a Santa Margarita María: “Dame tu Corazón”. Cuentan de la Beata Madre Teresa de Calcuta, que se entregó a los más pobres de la tierra, que un día sintió en un diálogo o momento de oración: “Le digo que mi corazón está libre de todo y que entonces le pertenece completamente a Él y sólo a Él. Él me puede usar como mejor le plazca. La única alegría que busco es agradarle a Él”. La Beata Madre Teresa se presentaba así: “de sangre, soy albanesa; de ciudadanía, india… En lo que se refiere a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús”.

Consagrarse es, pues, ponerse totalmente a disposición de Cristo en un acto serio y bien meditado. Esto lleva consigo que, como lo decía la Beata Madre Teresa de Calcuta, “es preciso decir que sí cada día. Entregarse totalmente. Estar donde Él quiera que estés: aceptar lo que Él quiera dar y lo que Él quiera llevarse con una gran sonrisa. Ésta es la entrega a Dios: aceptar que te corten en trocitos y que cada trocito le siga perteneciendo únicamente a Él. Esa es la entrega: aceptar a la gente que venga a ti y el trabajo que te surja hacer. Puede que hoy comas bien y mañana no tengas qué comer… Hay que dar todo lo que Él nos pida.” (P. KOLODIEJCHUK Brian, Ven, sé mi luz.).

El Señor, no se deja ganar en generosidad, si yo me cuido del Corazón de Jesús y de sus cosas, Él se cuidará de mí y de las mía. Por eso promete el Señor a Santa Margarita: “Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia. Las almas tibias se volverán fervorosas. Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección. Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento”.

El Señor sigue actuando, sigue llamando a la consagración, y sigue cumpliendo sus promesas. Conocimos, hace un tiempo, por los medios de comunicación la liberación del cautiverio de la política colombiana Ingrid Betancourt, y cómo a continuación acudió a la basílica del Sacré-Coeur de París, para “dar gracias al Sagrado Corazón”. Así lo contaba ella: “El 1 de junio escuchaba yo Radio Católica Mundial, y me enteré de que en junio se celebra el Sagrado Corazón. Pues bien, la última vez que ví a mi padre, estábamos sentados en su habitación, bajo una imagen del Sagrado Corazón. Papá me tomó de la mano, observó la imagen y dijo: “Sagrado Corazón, cuida de mi corazón, cuida el de mi hija”. Así que cuando hablaron del Sagrado Corazón presté atención. En aquel entonces aún no conocía bien la historia de Santa Margarita María, de hecho acabo de conocer su nombre ahora. Pero sí sabía que los que se consagraran como ella al Sagrado Corazón recibían bendiciones. Me acuerdo de una en particular, en que Jesús prometía tocar los corazones duros que nos hacen sufrir. Entonces oré: Jesús mío, nunca te he pedido nada porque eres tan grande que me da vergüenza pedirte. Pero aquí te voy a pedir una cosa muy concreta. No sé lo que significa exactamente consagrase al Sagrado Corazón, pero si me dices, a lo largo de tu mes, el mes de junio, en qué fecha seré liberada, seré toda tuya. Y sucedió que el 27 de junio un comandante de las FARC vino a decirnos a los prisioneros que seríamos liberados. El hecho es que Jesús cumplió su palabra: he vivido un milagro”.

El Señor no sólo quiere la consagración de cada individuo, también quiere que las familias se consagren a Él. Por eso promete el Señor a las familias que se entreguen a Él: “Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida. Les daré paz a sus familias. Las consolaré en todas sus penas. Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte. Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas, Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada”. Os invito, queridas familias de nuestra diócesis, a hacer esta consagración de vuestras casas al Corazón de Jesús, recibiréis muchas bendiciones. Juan Pablo II decía a los recién casados: “A vosotros os dirijo la exhortación paternal de que tengáis fija la mirada en el Sagrado Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones. Aprended de Él las grandes lecciones del amor, bondad, sacrificio y piedad, tan necesarios en todo hogar cristiano. Sacaréis de Él fuerza, serenidad, alegría auténtica y profunda para vuestra vida conyugal. Atraeréis su bendición si su imagen está siempre expuesta y honrada entre las paredes domésticas” (Audiencia General 13-VI-1979).

No olvidemos los momentos difíciles por los que estamos pasando. Hay familias que sufren y a ellos hemos de poner ante el Sagrado Corazón de Jesús. La Iglesia, como Madre, ofrece su solidaria fraternidad a través de Cáritas, del voluntariado, de personas que desde el silencio apoyan a los más pobres y de personas consagradas que ofrecen sus vidas por aquellos que nos recuerda el Señor: “Tuve hambre y me diste de comer, estaba desnudo y me vestiste, en la cárcel y fuiste a visitarme…” (Mt 25, 31-46). Hagamos de este mes un tiempo de consagración al AMOR DE DIOS, manifestado en Jesucristo. “Que todas las cosas del cielo y de la tierra tengan por cabeza a Cristo” (Ef 1,10).