CORAZÓN1

Amor, paz y perdón (experiencia de los santos)

Recuerdo siempre con gran gozo lo que aprendí, desde pequeño en mi familia y en mi pueblo, que los seres humanos necesitamos vivir en sintonía con el amor, la paz y el perdón. No eran muy entendidos en letras pero eran sabios como los sencillos de corazón. Este lema he querido siempre llevarlo bien cobijado en mi corazón. Ciertamente que muchas veces no lo he cumplido con precisión y con harto dolor he debido acudir a la misericordia de Dios; si no lo he cumplido es por falta de nobleza interior y por juzgar a los demás según los cálculos de una mentalidad y racionalismo recortado.

Comprendo que no hay mejor ofrenda que el vivir al estilo de Cristo: “Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros” (Jn 13, 34). No hay ley más grande que esta, de tal forma que Cristo la convierte en la “ley nueva”, es decir, que sirva para siempre y para todos los tiempos.

Si marginamos el amor, la paz y el perdón estamos dejando de lado a Dios y la argumentación es muy sencilla porque nada se asemeja a él como la belleza, la armonía y la bondad
Con los sentimientos de los demás no se puede jugar pero sí que se puede conjugar cuando el amor, la paz y el perdón forman una cadena de relaciones auténticas y armoniosas. Los Santos nos muestran este rostro amable de Cristo; por ellos mismos no lo pueden hacer si no han sido traspasados por el fuego amoroso de Dios. Necesitamos poner en acto el siempre nuevo modo de vivir. Se ha de ir pasando de una santidad individual a una santidad colectiva porque el único que resplandecerá será Cristo que ha prometido vivir siempre en medio de los suyos.

Cuando aquél monje, padre Abad, estaba turbado y preocupado porque en el Monasterio las cosas no iban bien, alguien le dijo: “tenéis al Mesías disfrazado y no le habéis reconocido”. Pusieron en acto el amor, la paz y el perdón y aquella comunidad comenzó a resplandecer de alegría, de solidaridad y de fraternidad sincera. En ella brillaba una Luz, Cristo, que nadie podía eliminar a no ser que la oscuridad del individualismo, del egoísmo y del pecado la marginara. Entre nosotros está y a veces no lo reconocemos.

Si marginamos el amor, la paz y el perdón estamos dejando de lado a Dios y la argumentación es muy sencilla porque nada se asemeja a él como la belleza, la armonía y la bondad. Emanan de él como si de un sol emanaran los rayos de luz y calor. Los santos son un reflejo vivo y una expresión fehaciente de este estilo de vida que luce sin lucirse, es decir no se exponen a sí mismos sino que muestran al que les ha atraído hacia sí, a Cristo, la única Luz del mundo.

Los santos no se quedan mirando sus propios logros sino que “están unidos con todo el Pueblo de Dios en el misterio de la salvación de Cristo, el Redentor… que su testimonio, de su vida generosamente ofrecida por amor a Cristo, hable hoy a toda la Iglesia, y su intercesión la fortalezca y la sostenga en su misión de anunciar el Evangelio al mundo entero” (Benedicto XVI, Homilía en Plaza de San Pedro de Roma, 21 de octubre 2012).

Ese día canonizó a siete beatos, entre ellos estaba Santa Carmen Sallés y Barangueras que fundó a la Congregación de Religiosas Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza. Aquí, en Navarra, tenemos a algunas de sus hijas y que están realizando su apostolado en Marcilla. No sólo las felicitamos sino que deseamos crezcan en vocaciones para que “sigan dando abundantes frutos entre la juventud a través de su entrega generosa” (Ibd.)

En este mes que celebramos la victoria y fiesta de todos los Santos y que hemos iniciado el Año de la Fe, no podemos pasar de largo ante la llamada de Jesucristo que nos invita a ser testigos valientes y evangelizadores de nuestro tiempo. El Beato Juan Pablo II decía que “toda persona tiene derecho a escuchar la Buena Nueva de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación” (Cfr. Redemptoris missio, 46). Vivamos con ilusión y con entusiasmo este tiempo de gracia y de esperanza.