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Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

En el año de la fe y después de haberse celebrado el sínodo de los obispos sobre la Nueva Evangelización en Roma (5-26-X-2012), el tema del ecumenismo reclama una atención muy especial. El ecumenismo estuvo incluido, como algo esencial, entre los temas del último sínodo de obispos en Roma. En el aula se afirmó que la Nueva Evangelización y el ecumenismo van juntos. Así mismo, el año de la fe proclamado por el Papa tiene una necesaria dimensión ecuménica, ya que recordamos los cincuenta años del Concilio Vaticano II que tuvo la unidad de los cristianos como uno de los principales objetivos. Por eso este año la Semana de Oraciones por la Unidad de los Cristianos cobra una dimensión singular.

Hace más de un siglo que se celebra este octavario de oraciones. El padre Paul Wattson, fundador de una comunidad religiosa anglicana, que posteriormente entró en la Iglesia católica, comenzó la iniciativa en el año 1908. Después, diversos papas la fueron impulsando hasta nuestros días. El abad Couturier, entusiasta propagador del ecumenismo, afirma que esta semana de oración universal permite “entrar y penetrar en todo el Cuerpo cristiano”. Debe crecer hasta convertirse en “un grito inmenso, unánime, de todo el pueblo de Dios”, que pide este gran don.

Los creyentes hemos conocido por la fe lo que está bien. Este conocimiento pide una conversión de vida coherente con lo que se cree
Estamos convencidos de que la oración es el mejor camino y el más importante para llegar a la comunión plena. Tenemos un cierto remordimiento de conciencia y una preocupación hiriente puesto que no estamos respondiendo a los deseos de Cristo. La eficacia de la Nueva Evangelización corre peligro porque no podemos dar un testimonio convincente si estamos divididos. Dice el Beato Papa Juan Pablo II: “Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de la comunidad de sus discípulos. Pertenece, en cambio, al ser mismo de la comunidad” (Enc. Ut unum sint, 9). Por lo tanto es un reto que compromete a todos los cristianos a anunciar unidos la verdad del único y común Evangelio de Jesucristo. El mundo está esperando una respuesta unánime a sus problemas espirituales.

Precisamente en esta línea de examen de conciencia sobre la profundidad, importancia y entusiasmo de nuestra respuesta al ecumenismo está el lema de este año. Nos invita a seguir en el esfuerzo común por la unidad y lo hace con una pregunta. “¿Qué exige el Señor de nosotros?” Inmediatamente pensamos que se nos pide mejorar en claridad, autenticidad, confianza, apertura, colaboración, compresión, buena voluntad y en definitiva más oración y caridad.

Existe siempre en la respuesta religiosa del hombre a Dios una tensión entre las expresiones externas y las actitudes internas. Los profetas y Nuestro Señor Jesucristo cuestionaron el culto externo sin el corazón convertido, el culto como un negocio entre el hombre y Dios que los antiguos definían con un aforisma: “do ut des” (“te doy para que me des”). En cambio la respuesta religiosa ha de ser como la de Dios, gratuita, generosa, libre de condicionamientos, por amor. Amor con amor se paga.

¿Qué es lo que agrada de veras al Señor? ¿Los sacrificios y holocaustos externos o el interior del corazón que practica la justicia y la misericordia? El profeta Oseas afirma: “Misericordia quiero, y no sacrificios, y conocimiento de Dios más que holocaustos”. (Os 6, 6). Jesucristo, en sus confrontaciones con los fariseos, expresa en muchas ocasiones cuál es el culto que Dios quiere. No se trata del frío y farisaico cumplimiento de lo exterior sino de presentarse ante Dios con un corazón “humillado y contrito” como el del publicano que subió a rezar en el templo y salió justificado (Lc 18, 9-14), de tener unas entrañas de misericordia como las del buen samaritano (Lucas 10, 25-37), de la búsqueda de la justicia y el derecho, de la vivencia de la caridad sincera. Nos invita como invitó a la samaritana en el pozo de Sicar a ofrecer a Dios un culto “en espíritu y verdad” (Jn 4, 7-15) El culto externo encuentra su sentido auténtico cuando es “en espíritu y verdad”, que significa que está motivado e imbuido por el derecho, la justicia y la caridad.

La eficacia de la Nueva Evangelización corre peligro porque no podemos dar un testimonio convincente si estamos divididos
¿Cómo hay que hacer para que el Evangelio de Cristo sea en la Nueva Evangelización atractivo para los hombres y mujeres de nuestros días? Benedicto XVI cuando promulgó la exhortación apostólica “Ecclesia in oriente” (14-9-12) dijo que deseaba “contribuir a un ecumenismo lleno de fervor humano, espiritual y caritativo, en la verdad y el amor evangélico” Ésta es la actitud que nos pide la semana de oración por la unidad de los cristianos respondiendo a la pregunta: “¿Qué exige el Señor de nosotros?”

Los creyentes hemos conocido por la fe lo que está bien. Este conocimiento pide una conversión de vida coherente con lo que se cree. No significa sólo adoptar un núcleo de creencias, sino transformarse en una nueva persona en comunión con Dios y con otros por medio de Jesucristo. Significa “caminar humildemente con tu Dios” (Mi 6,8) andar con Dios, dejarse guiar por Él, para hacer “lo que el Señor exige de nosotros”. Así es como debe ser el camino del ecumenismo, una respuesta a la pregunta: ¿qué me pide Dios que haga? Y la respuesta es la más preciosa que aparece en el Antiguo Testamento en palabras del profeta Miqueas. Es además la respuesta más evangélica que Jesús da al proponer una religión práctica que consiste ante todo en tener relaciones justas con los demás, añadiendo la misericordia que compensa a la justicia y la humildad que acepta en igualdad a todos. Éste debe ser el camino de los discípulos de Cristo hacia la unidad plena pues pide practicar la esencia misma del cristianismo.