Sin Título 61

La alegría de anunciar el Evangelio

alegría de anunciarEl Papa Francisco ha contado con San José desde el comienzo de su pontificado. En mayo del pasado año le tocó culminar la iniciativa de incluir el nombre del santo patriarca, a continuación de la mención de la Virgen María, en todas las plegarias eucarísticas y, por lo tanto, en todas las misas. Algo más tarde, en julio, consagró el Estado Vaticano a San José y a San Miguel Arcángel. En dicha circunstancia pidió “a San José, el custodio de Jesús, el custodio de la Sagrada Familia, que su presencia nos haga aún más fuertes y valientes en dejar espacio a Dios en nuestra vida para vencer siempre el mal con el bien”.

También nosotros nos acogemos, una vez más, a la protección de este gran intercesor al celebrar la solemnidad de San José el día 19 de marzo y, con ella, el Día del Seminario, que coincide casi con el primer aniversario de la elección del nuevo sucesor de Pedro. Precisamente el retrato del Papa Francisco preside en esta ocasión el cartel del Día del Seminario que podéis ver colocado en la entrada de nuestras iglesias. Además, el lema de este año -“La alegría de anunciar el Evangelio”- está inspirado en su conocida exhortación apostólica El gozo del Evangelio.

A nadie se le escapa que estamos en una situación de gran necesidad: el año pasado fallecieron casi veinte sacerdotes de nuestra diócesis y se ordenaron cuatro. Tenemos una media de ordenaciones de entre dos y tres nuevos presbíteros cada curso. Por eso, a pesar del gran esfuerzo realizado por los sacerdotes, muchos de ellos de edad avanzada, se va notando el acuciante problema de la falta de relevo en la atención de las parroquias, en especial en el ámbito rural. Por diversas razones, pero sobre todo como consecuencia de la profunda oleada secularizadora, las entradas en el Seminario se están dando en números muy bajos. En tales circunstancias oír hablar de “vocación sacerdotal” puede resultar para algunos el eco de una realidad pasada, el “canto del cisne” de un mundo que desaparece.

Propongamos sin complejos la vocación sacerdotal a los niños y jóvenes que tratamos, sean muchos o pocos.
Pero nosotros no podemos “tirar la toalla”, más aún, no tenemos derecho a desistir en este empeño: No perdamos la esperanza y menos nos la roben. Es verdad que el sacerdocio no es lo único en la Iglesia, pero no nos engañemos: sin sacerdocio no hay Iglesia. La presencia y la misión del presbítero son insustituibles, imprescindibles. Sin él no hay Eucaristía, ni sacramento del perdón de los pecados, ni unción de enfermos, ni auténtica vida parroquial, ni presencia actual y viva de Jesús Buen Pastor en medio de su pueblo, ni cuidado pastoral del Pueblo de Dios… Sin sacerdocio no hay futuro, tampoco para nuestra sociedad, que necesita redescubrir la frescura y la novedad de la persona de Jesucristo, más allá de las ideologías que paralizan y asfixian la vida de los hombres, las familias y los pueblos.

Hemos de seguir pidiendo al Señor que nos mande las vocaciones sacerdotales que necesitamos y hemos de trabajar con buen ánimo para facilitarlo. En este sentido, es fundamental que los sacerdotes demos testimonio de la maravilla de esta vocación, de la alegría de una vida entregada al servicio del Evangelio. Propongamos sin complejos la vocación sacerdotal a los niños y jóvenes que tratamos, sean muchos o pocos, en las grandes parroquias de la ciudad y en las pequeñas parroquias rurales, en los grupos, movimientos y nuevas comunidades eclesiales. Para ello no debemos esperar a contar con situaciones ideales, sino que es preciso abrazar aquí y ahora, con generosidad y esperanza, el mundo que nos ha tocado vivir. Y pensar que, más allá de nuestros limitados esquemas y en medio de nuestras pobrezas el Señor sigue buscando a jóvenes que quieran seguirle con todo el corazón.

Como una importante contribución en este empeño estamos intentando sacar adelante el proyecto de un Seminario Menor para nuestra Iglesia diocesana. Nos ha animado a ello el hecho de que la mayor parte de las diócesis españolas cuentan ya con esta institución y la experiencia es muy positiva; por otra parte, creemos que merece la pena ofrecer la ayuda necesaria a las vocaciones en edad temprana, para que tengan la opción de contar con un discernimiento vocacional serio y un apoyo sólido. Yo mismo os puedo decir que a la edad de once años ingresé en el Seminario Menor y nunca dejaré de dar gracias a Dios. Que ninguna llamada se pierda, que ninguna vocación sacerdotal se malogre. Cuento para ello con vuestra oración y vuestra colaboración económica y solidaria por el Seminario.