Carta Arzobispo

La Iglesia es madre y maestra

La Iglesia fue instaurada y fundada por Jesucristo. Él mismo indica a sus discípulos: “Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuento os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20). Ya desde el bautismo somos hijos de Dios e hijos de la Iglesia como Madre y Maestra. La garantía de la misma no somos sus miembros sino Jesucristo. Por eso Cristo y la Iglesia se relacionan mutuamente, de tal forma que quien niega a Jesucristo niega a la Iglesia y viceversa.

Es Jesucristo quien ha prometido permanecer entre nosotros. “Aunque no es propio de esta vida, sino de la eterna, el que Dios lo sea todo en todos, no por ello deja de ser ahora el Señor huésped inseparable de su templo que es la Iglesia, de acuerdo con lo que Él mismo prometió al decir: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Por ello, todo cuanto el Hijo de Dios hizo y enseñó para la reconciliación del mundo, no sólo podemos conocerlo por la historia de los acontecimiento pasados, sino también sentirlo en la eficacia de las obras presentes” (San León Magno, Sermo 12 in Passione Domini, 3,6).

Somos la familia de los hijos de Dios y por ello todos los años, recordamos, en la Jornada de la Iglesia Diocesana, que salimos al encuentro del género humano para invitarle a reconocer que lo más propio del mismo es ser familia. Se anuncia el evangelio de Jesucristo y se invita a vivir en Él a través del bautismo y de los demás sacramentos, culminando en la Eucaristía que es centro y apoyo de la vida cristiana. Jesús llama a la conversión y todos estamos necesitados de ella. San Ambrosio decía que en el camino hacia la conversión dentro de la Iglesia “existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia” (Epistula extra collectionem, 1-41-, 12).

Por eso este año 2016-2017 deseamos que caminemos juntos para, desde el Plan de Pastoral Diocesano, crezcamos en el amor a Jesucristo y a su Iglesia. “Como católicos hacemos parte de una gran familia, sostenida por la misma comunión. Os animo a vivir vuestra fe en la oración, en los sacramentos y en servicio generoso hacia los que están necesitados y sufren. Y os exhorto a ser sal y luz en medio de las circunstancias en las que vivís, con vuestro modo de ser y obrar, al estilo de Jesús, y con gran respeto y solidaridad a los hermanos de otras iglesias y comunidades cristianas y hacia todas las personas de buena voluntad” (Papa Francisco, Ángelus, Malmö. -Suecia- 1 de noviembre 2016). No serán los métodos, ni las líneas conductoras, ni los cuestionarios… quienes convertirán nuestros corazones, si fríamente los recibimos; será el amor y la pasión que pongamos en nuestra oración ante el Señor y en el quehacer de cada día como camino de perfección donde brillará la caridad. Y todo desde la unidad y comunión entre nosotros.

El cristiano, nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, realiza su vocación en la Iglesia, en comunión con todos los bautizados. De la Iglesia recibe la Palabra de Dios, que contiene las enseñanzas de la “ley de Cristo”. De la Iglesia recibe la gracia de los sacramentos que le sostienen en el camino. De la Iglesia aprende el ejemplo de la santidad; reconoce en la Bienaventurada Virgen María la figura y la fuente de la santidad; la discierne en el testimonio auténtico de los que la viven; la descubre en la tradición de espiritual y en la larga historia de los santos que le han precedido y que la liturgia celebra a lo largo del santoral.