Vicencianos

La familia vicenciana rebosa de gozo

Siempre agradeceré a Dios el bien que han hecho las figuras de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac en la Iglesia y también Santa Catalina Labouré, que recibió hermosos mensajes de la Virgen Milagrosa. El carisma vicenciano ha marcado una época larga en medio de la sociedad y de la Iglesia. Estamos celebrando los 400 años de su fundación. “¡Los pobres son vuestros amos!” decía San Vicente de Paúl y ciertamente que así lo viven tanto los Padres de la Congregación de la Misión (los paúles) como la Sociedad de Vida Apostólica que son las Hijas de la Caridad. Y digo todo esto porque lo he vivido y lo veo actualmente como un gran regalo a la sociedad de aquellos que supieron poner la caridad a los pobres como el ADN de su vida apostólica.

Como ya he comunicado muchas veces, relatando mi experiencia cristiana, he contemplado la gracia de tener en mi familia de sangre tres tías carnales, hermanas de mi padre, que fueron Hijas de la Caridad y una de ellas Sor Presentación Pérez está enterrada en Huizi (Navarra) y las otras dos en Madrid y Toledo. Además una de mis hermanas -Sor Carmen Pérez- es también del mismo carisma vicenciano y ejerce su labor al lado de la Superiora General en París (Francia). El día 11 de noviembre tuvimos la gran dicha de festejar a la familia vicenciana con la beatificación de SESENTA mártires y entre ellos cuatro eran de nuestra tierra de Navarra. Estuve toda la celebración emocionado al constatar la belleza de la entrega, por amor a Cristo, de aquellos que supieron ofrecer su vida antes que apostatar. ¡Qué gran don es la fe! Que ellos nos ayuden a poner siempre en primer lugar el amor a Dios antes que nuestros modos egoístas de autocomplacencia.

Entre los asistentes en la beatificación estaba la hija, ya mayor, de un padre de familia y decía: ”Nunca olvidaré a mi madre que, después de haber sido martirizado mi padre, nos instaba todas las noches a rezar la oración del padrenuestro por el asesino de mi padre”. Esto indica la calidad de amor que se alberga en el corazón de los auténticos creyentes. Y esto bien que lo aprendieron los mártires, siguiendo la secuela de San Vicente y Santa Luisa, puesto que supieron abrazar la voluntad de Dios por encima de todo. “La práctica de la presencia de Dios es muy buena, pero me parece que adquirir la práctica de cumplir la voluntad de Dios, en todas nuestras acciones, es todavía mejor; pues esta abraza a la otra” (San Vicente de Paúl).

No hemos de olvidar que la labor fundamental de la familia vicenciana es el servicio a los pobres. Así lo vivía San Vicente: “Cuando se ve sufrir a una persona, sufrir con ella; si llora, llorar con ella. Es un acto del amor que hace compenetrar los corazones el uno dentro del otro y sentir lo que el otro siente, bien distinto del actuar de los hombres que no prueban algún sentimiento cuando ven el destrozo de los afligidos y el sufrimiento de los pobres. El Hijo de Dios tenía un corazón tierno: lo llaman para ver a Lázaro y va; la Magdalena se levanta y corre hacia él llorando; los judíos le siguen lloran también ellos; todos lloran. ¿Qué hace el Señor? Llora con ellos. Esta ternura tiene en el ánimo. Es esta su ternura que lo ha hecho bajar del cielo: veía a los hombres privados de su misma gloria; los acompañó en su desventura. También nosotros como El debemos enternecernos por los sufrimientos de nuestro prójimo y tomar parte en sus penas”.

La familia vicenciana rebosa de gozo no tanto por el éxito de haber conseguido una fama de santidad sino por haber mostrado la belleza de unos hermanos que supieron anteponer a Cristo antes que las insinuaciones perniciosas de los asesinos. El Papa Francisco daba las gracias el día 12 de noviembre, en el Ángelus, desde Roma: “Ayer, en Madrid, fueron proclamados beatos sesenta mártires vicencianos: sacerdotes, novicios y laicos. Todos fueron asesinados por odio a la fe durante la guerra civil española. Demos gracias a Dios por el gran don de este testimonio ejemplar de Cristo y del Evangelio”. Desde nuestra Diócesis también felicitamos a la familia vicenciana y rogamos a Dios que les siga bendiciendo con su gracia y que muchos sigan el ejemplo de los mártires que confiaron plenamente en Dios antes que apostatar.