HACER EFECTIVO EL EVANGELIO

1.- Es curioso constatar cómo los santos y en este caso San Vicente de Paúl en una frase supo implicar a sus seguidores, en momentos bastante difíciles por los que se pasaba en París, y era la urgencia de adherirse con más profundidad al evangelio. Les instaba e insistía: “Haced efectivo el evangelio”. Son cuatrocientos años del carisma de la Familia Vicenciana y lo hemos podido constatar en Madrid el día 11 de noviembre de este año en la beatificación de los mártires vicentinos. La Familia Vicenciana está presente en los cinco continentes con diferentes ministerios: desde las misiones, pasando por las obras de salud, la atención a las personas en situación de calle, a los refugiados, a los niños abandonados, a las madres solteras, la educación, la formación y las obras de promoción y desarrollo. Y San Vicente incansable por su entrega generosa y por su fe inquebrantable decía: “Si viésemos en la tierra el lugar por donde ha pasado un mártir, nos acercaríamos a él con respeto y lo besaríamos con gran reverencia” (A las Hijas de la Caridad, 19 de agosto 1646).

Es hoy lo que queremos hacer desde nuestro más profundo amor a los cuarenta Misioneros Paúles, a las dos Hijas de la Caridad, a los trece laicos de las Asociaciones Vicentinas y a los cinco sacerdotes diocesanos de Murcia (asesores de las Asociaciones). La fiesta en el Cielo tuvo que ser para San Vicente y Santa Luisa un gozo que es imposible describir. Lo fue para todos nosotros y siempre recordaremos la alegría que nos proporcionaron los Beatos que supieron ser fieles hasta el último momento y además perdonando a sus verdugos. ¡La emoción se veía en nuestros rostros! La entrega por amor a Jesucristo lleva consigo la pérdida de uno mismo a fin de que sólo Cristo reine. “Con Cristo estoy crucificado, vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2, 20). Los Beatos vivieron al pié de la letra y supieron dar una respuesta tan generosa que el Señor está compartiendo con ellos la alegría de haber sido fieles hasta el final. Así lo expresaba San Vicente: “Para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo”. Sólo quien esté enamorado de Cristo prefiere morir antes que apostatar.

2.- ¡Qué bien nos recuerdan, las Lecturas de la Palabra de Dios que hemos escuchado, la vivencia de los mártires que hoy honramos! “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios; porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que adorna con sus joyas” (Is 61, 10-11). Ante una sociedad necesitada de esta nueva savia y necesitada de encontrar orientación en su vida, hoy los mártires nos enseñan a poner la mirada en algo más alto y más sublime que las ideologías que rastrean a nivel de tierra y no lo logran levantar el vuelo. La sociedad está sedienta de testigos vivificadores que articulan su existencia no por razones inconsistentes e insustanciales sino por razones transcendentales. Jesucristo sigue iluminando el camino del ser humano y las ráfagas de esta luz son los santos. “El amor es inventivo hasta el infinito” decía con gracia San Vicente de Paúl. Por eso nunca hemos de cansarnos de amar puesto que la libertad sólo se encuentra en el amor de Dios.

Recuerdo que en una visita que realicé a Roma, le pregunté al Papa Francisco cuál había sido la razón por la que escribió la Exhortación Apostólica sobre el “Gozo del Evangelio” (Evangelii Gaudium); a lo que me respondió con cierto gracejo: “No anunciaremos el evangelio si no lo anunciamos con alegría y con gozo”. La alegría que San Pablo proclama e invita a los tesalonicenses no es una alegría sentimental o meramente formal, es una alegría que nace de una experiencia gozosa en comunión con Jesucristo. “Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias por todo, porque eso es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús. No extingáis el Espíritu, ni despreciéis las profecías; sino examinad todas las cosas, retened lo bueno y apartaos de toda clase de mal” (1Tes 5, 16-22). Con la tristeza, con el pesimismo, con los juicios inmisericordes y con la teoría sin incidencia en el obrar se extingue al Espíritu. Como exhortaba San Vicente de Paul: “Tened cuidado, no vayáis a deshacer con vuestra conducta lo que edificasteis con vuestra predicación”.

3.- Hace cuatro siglos que el carisma vicentino sigue marcando un camino de esperanza y sigue gritando en medio de esta sociedad que Dios está vivo. “Para poder celebrar este cuatrocientos aniversario, hay que comenzar agradeciendo a los miles de personas que antes que nosotros encarnaron ésta espiritualidad. Hoy somos los que somos gracias a ellos. Nuestra misión es adaptar este carisma a nuestros tiempos y ayudar a las generaciones futuras a encarnarlo en los nuevos tiempos” (Superior General P. Tomaz Mavric). Este carisma se ha sostenido gracias a la fuerza de tantos mártires beatificados y otros anónimos que pusieron en práctica el consejo de San Vicente de Paúl: “No podemos asegurar mejor nuestra felicidad que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres”. Puesto que creyeron en que “en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron” (Jn 1, 4-5). No cabe duda que si hay algo que caracteriza a la Congregación de la Misión y a la Compañía de las Hijas de la Caridad es ser luz en medio de las tinieblas de la miseria y de la pobreza.

Hoy es urgente iluminar tantos ambientes oscuros y vosotros tenéis una fuerza carismática que no puede desaparecer. Seguid anunciando que “Dios ama a los pobres y por consiguiente a quienes aman a los pobres” (San Vicente de Paúl). Me podéis objetar que ya sois mayores, que van desapareciendo ámbitos donde estabais, que las vocaciones son menos y que ya hay otras instituciones. No os dejéis llevar por el desánimo y muchos menos por la falta de confianza en la Providencia. En el ámbito natural podemos constatar que de una gran fogata posteriormente se apaga y quedan los rescoldos. Tal vez el Señor quiere que del rescoldo vuelvan de nuevo las llamas. ¡No apaguemos el rescoldo! Son pruebas que Dios permite para hacernos comprender que nosotros no somos los protagonistas sino los servidores pobres y sencillos que ponemos nuestra confianza en Él. “San Vicente no quiso nunca ser un protagonista o un líder, sino un granito de mostaza. Estaba convencido de que la humildad, la mansedumbre y la sencillez son condiciones esenciales para encarnar la ley de la semilla que da vida muriendo (cf. Jn 12, 20-26), esta ley que hace fecunda la vida cristiana, esta ley por la que se recibe dando, se encuentra perdiendo y que brilla ocultándose” (Papa Francisco, Mensaje a la Familia Vicenciana con motivo de los 400 años de su fundación, 27 de septiembre 2017)

Ruego a la Virgen Milagrosa que llene nuestros corazones de alegría, gozo y esperanza. Que nos ayude a venerar con gratitud a San Vicente de Paúl, a Santa Luisa de Marillac y todos los santos y beatos de la Congregación de la Familia Vicenciana, sabiendo que nuestros amos son los pobres.