San Saturnino

SAN SATURNINO, OBISPO Y MÁRTIR PATRONO DE LA CIUDAD DE PAMPLONA

1.- Hoy celebramos la fiesta de San Saturnino que según nos dicen las Actas de Surio, predicó en Aquitania durante el Consulado de Grato y Decio, en el siglo III. En Toulouse (Francia) tuvo a un discípulo que se llamaba Honesto, quien se unió a él en el trabajo misionero. En Carcassonne, el prefecto Rufino los encarceló puesto que no se adherían al mensaje pagano de lo políticamente correcto en aquellos momentos. Posteriormente fueron liberados. Honesto fue enviado por San Saturnino a predicar a Pompaelo (la actual Pamplona). Tuvo muchas discusiones con el senador Firmo de tal forma que llamó a San Saturnino y con la fuerza del evangelio, propio de los misioneros, convirtieron y bautizaron a muchos paganos de la ciudad. Entre ellos estaban Firmo y su esposa y el hijo de ambos que se llamaba Fermín. Fue San Saturnino quien les bautizó. Delante de la puerta de nuestro templo está el “pocico” donde fue bautizado San Fermín quien luego sería obispo de Amiens.

La Passio Saturnini relata y narra que Saturnino, habiendo sido nombrado obispo, llegó a Toulouse (Francia) en el año 250. En aquella época, en la Galia había muy pocas comunidades cristianas. En la ciudad había un templo erigido por los romanos y dedicado a su dios Júpiter Capitolino. Saturnino pasaba todos los días delante de este templo para llegar a un pequeño oratorio donde se dedicaba a predicar el evangelio a grupos de personas que se acercaban al mismo. San Saturnino no se acomodaba a los ritos de los paganos y era tachado de insumiso porque no adoraba a los dioses. La multitud se alteró por este motivo y un día le esperó y al pasar por el templo de Júpiter, rodeándole de forma amenazadora, quisieron imponerle que sacrificara un toro al dios romano. Él se negó rotundamente y entonces le ataron al toro que debía sacrificar e incitaron al toro para que corriera por las escalinatas del Capitolio. El cuerpo de Saturnino fue despedazándose a lo largo de la carrera del animal. Cuando paró la espantada, allí quedó abandonado, hasta que unas piadosas mujeres lo recogieron y lo enterraron en una fosa muy profunda. (cfr. Antoine Dégert, “St. Saturninus”. The Catholic Encyclopedia, Vol: 13, New York: Robert Appleton Company 1912).

2.- La historia se repite y podemos comprobar que en nuestra época de forma extraña también observamos que muchos cristianos mueren asesinados simplemente por afirmar que creen en Jesucristo. Pensemos en Oriente y en varias zonas del mundo donde la fe se ha convertido en algo incorrecto que no tiene nada que ver con lo ideológico de ciertas formas de pensar. Hemos escuchado en el apóstol San Pablo que nos decía en la lectura: “Tuvimos confianza en nuestro Dios para predicaros el Evangelio de Dios en medio de muchos combates” (1Tes 2, 2). Por eso no hemos de temer puesto que la verdad se impone por sí misma. “El predicador del evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, ni de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad. No oscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla” (Beato Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, n. 78). La experiencia de San Saturnino nos debe estimular para dejar que sea la fuerza de Dios quien señale los pasos que debemos realizar en nuestro quehacer diario. Los santos nos muestran que bien vale vivir si este vivir se fragua en el amor a Dios y los hermanos que culminan siempre en el perdón.

Pero el evangelio que hemos proclamado nos pone una metáfora muy existencial que podemos comprobar en los campos de nuestra tierra: no hay espiga si previamente no ha muerto en sí el grano de trigo. Jesucristo es el ejemplo más preclaro puesto que tuvo que morir a sí mismo, en la Cruz, para dar vida y en abundancia. La salvación en Cristo no es un acto heroico y basta, es un modo de vida donde el ejemplo de dar la vida provoca una vida más gloriosa. “Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6, 8). Aparentemente el grano de trigo deja de ser él mismo y muere formalmente pero su entrega es tan grande que la vida resurge con tal vitalidad que nace algo nuevo: la espiga. Vivir en Dios es morir a nuestro egoísmo y de ahí que surja lo que llama San Pablo el hombre nuevo, “así también nosotros caminemos en una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Cristo con una muerte como la suya, sabiendo esto: que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, para que fuera destruido el cuerpo del pecado, a fin de que ya nunca más sirvamos al pecado. Quien muere queda libre del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6, 4-7).

3.- Invito a todos los fieles que meditemos y ahondemos en la experiencia del santo patrón. Tal vez envueltos en otras expresiones de tipo cultural o festiva no nos paremos a contemplar la experiencia de San Saturnino. Los santos son un reflejo del amor de Dios y han de ayudarnos a recorrer la vida poniendo la mirada en aquello que merece la pena. Hay muchas cosas que nos impiden escuchar la llamada que, como una voz sutil, resuena en lo más íntimo de nosotros mismos. Y así como todas las cosas tienden a su centro de gravedad, así nuestro corazón ha de precipitarse al Amor inmenso de Dios, como atraídos por un irresistible imán. Decía San Agustín: “Mi amor es mi peso. Por él soy llevado a donde quiera que voy…” (Conf. 13, 9). ¡Cuántos problemas serían despejados simplemente con este modo de vivir y de ser! ¡Cuántas circunstancias no serían un peso difícil de sobrellevar! ¡Cuántos alivios y esperanzas acompañarían nuestro vivir de cada día! No hay peor atadura o esclavitud que depender de uno mismo y nada más. La auténtica libertad se realiza en salir del egoísmo para llegar a la caridad que todo lo cubre y todo lo llena. Os deseo, queridos hermanos, un día feliz. Que San Saturnino nos impulse a ser testigos fieles de Jesucristo como lo fue él. Y también ruego a Nuestra Señora del Camino para que nos eduque en el camino de la perfección del amor y así llegar a participar de la Vida que es su hijo Jesucristo.