Seminaristas

SEMINARISTAS, ESPERANZA DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Homilía de la Misa celebrada en la Capilla de San Fermín el día 29 de noviembre, con motivo de la peregrinación de los seminaristas que estudian en Pamplona para ganar el Jubileo de San Fermín.

Hoy celebramos la fiesta de San Saturnino, maestro y evangelizador del que se sirvió el Señor para convertir a Fermo y a su esposa, padres de San Fermín. Nos encontramos en esta Capilla dedicada a San Fermín. Hace 300 años se dedicó y consagró esta Capilla en su honor. Por eso el papa Francisco nos ha concedió un año de gracia Jubilar. Hoy deseamos ganar esta indulgencia jubilar para bien personal y bien del Cuerpo Místico de Cristo y en aplicación a las almas del Purgatorio para que se liberen de la pena temporal. Para lucrarnos de la gracia de la indulgencia se requiere: No tener afición o dependencia del pecado, reconocer los pecados y confesarse sacramentalmente, participar y comulgar a Cristo Eucaristía y rezar un Credo por las intenciones del Papa. Con esta gracia jubilar se consigue una mayor purificación –de la pena temporal- a fin de entrar a participar de la Gloria de Dios en el Cielo. Como ponemos en una bolsa común dichas gracias, no sólo se lucra la persona, es decir cada uno de nosotros, sino que la ofrenda se hace también extensiva en beneficio de las almas del Purgatorio.

1.- Hemos escuchado las lecturas y en la primero se nos invita a ser misioneros evangelizando a los pobres (cfr. Is 61, 1-3). San Saturnino siendo obispo de Toulouse a mediados del siglo III vino hasta nuestras tierras de Navarra y evangelizó a multitud de paganos que encontraron el sentido a su vida a través de la fe en Jesucristo. Entre ellos estaba la familia de San Fermín y bautizó a muchos en el “pocico”, delante de la puerta de la Parroquia de San Saturnino en Pamplona. Muchas veces, tal vez, habéis pasado por esa calle que tiene ese sabor a la evangelización de San Saturnino. Nosotros también debemos tener un espíritu misionero. Esto no significa que tengamos que marchar a tierras lejanas o a otros Continentes a proclamar el evangelio. Debemos ser misioneros en nuestro entorno, en nuestra familia, con nuestros compañeros, con nuestros feligreses, en nuestros estudios… Ellos pueden descubrir el gozo de creer gracias a nuestro testimonio. No olvidéis, queridos seminaristas, que ser sacerdote (vosotros os vais formando) es ser viva expresión del amor a Jesucristo. Todo ser humano es pobre de algo. Con él hemos de caminar sin hacer distinciones y menos buscar lugares paradisiacos virtuales. El momento presente es el lugar y tiempo que Dios nos pide.

2.- La segunda lectura nos recuerda la faceta de pastor. “Como una madre que da alimento y calor a sus hijos, así, movidos por nuestro amor, queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestras propias vidas, ¡tanto os llegamos a querer!(1Tes 2, 7-8). San Saturnino mostró el cariño, el amor y el cuidado pastoral que nos dice el apóstol San Pablo. San Saturnino actuó siguiendo la voluntad de Dios, sin tener en cuenta el parecer de los hombres. Nosotros, en nuestra vida actuamos muchas veces no como corresponde a nuestra condición cristiana sino siguiendo los criterios del mundo. ¡Cuidado con la mundanización! Tenemos la tentación de movernos según los criterios del mundo, tal y como marca la sociedad, que está ausente de los planteamientos cristianos. Hay unas palabras que hacen mucho daño y que se han puesto como criterio de actuación: “En todo ser políticamente correcto”. Si San Saturnino hubiera ofrecido el toro al dios Júpiter no le hubieran atado al mismo que debía sacrificar y hubiera tenido a los ojos de la multitud un aplauso que a la postre hubiera sido vano y falso. “¿Cuál ha de ser nuestro ideal? El intentar siempre lo mejor, pero sin cansarse jamás de intentarlo…” (San Agustín, In ps. 38).

3.- El Evangelio nos muestra la faceta del mártir. El evangelio que hemos proclamado nos pone una metáfora muy existencial que podemos comprobar en los campos de nuestra tierra: no hay espiga si previamente no ha muerto en sí el grano de trigo. Jesucristo es el ejemplo más preclaro puesto que tuvo que morir a sí mismo, en la Cruz, para dar vida y en abundancia. La salvación en Cristo no es un acto heroico y ¡basta! Es un modo de vida donde el ejemplo de entregar la vida provoca una vida más gloriosa. “Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6, 8). Aparentemente el grano de trigo deja de ser él mismo y muere formalmente pero su entrega es tan grande que la vida resurge con tal vitalidad que nace algo nuevo: la espiga. Vivir en Dios es morir a nuestro egoísmo y de ahí que surja lo que llama San Pablo el hombre nuevo, “así también nosotros caminemos en una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Cristo con una muerte como la suya, sabiendo esto: que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, para que fuera destruido el cuerpo del pecado, a fin de que ya nunca más sirvamos al pecado. Quien muere queda libre del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6, 4-7). Su amor revelado en la cruz, nadie lo puede detener. Nos guía de manera impresionante hacia la vida íntima de Dios y hacia lo más profundo del corazón de nuestro prójimo.

Esta peregrinación que habéis realizado nos debe mover para mirar la experiencia de los santos y de modo especial de los mártires que pusieron en primer lugar a Dios, antes que a sus propios intereses. San Saturnino fue fiel a Cristo hasta el extremo de dar la vida por él. Invitado a sacrificar a los ídolos en el Capitolio de Toulouse. Él se negó. Y seguidamente ataron sus pies a la cola de un toro, que iban a sacrificar, y arrastrado por el animal se le abrió la cabeza de un golpe en las escaleras del Capitolio. La fe que hemos recibido es de precio tan alto que muchos cristianos, como San Saturnino o San Fermín, han llegado a dar la vida por ella. ¡Antes morir que apostatar de la fe! Nosotros debemos valorarla, cultivarla y alimentarla. Es un tesoro que llevamos en vasijas de barro. Estamos inmersos en el Jubileo de San Fermín. Pidámosle que nos fortalezca y que nada ni nadie pueda hacernos caer en la cobardía. Que Santa María de la Esperanza nos ayude a vivir con gozo y alegría el regalo que nos ha dado su Hijo Jesucristo Sacerdote.