San Sebastián

LA ORACIÓN QUE AGRADA A DIOS

Hoy la ciudad de Tafalla se viste de gala al celebrar la fiesta de San Sebastián. Sabemos que la fiesta y si es de un santo, mucho mejor, nos ayuda a mirar –como con un scanner- el nivel de nuestra fe. Los cristianos tenemos una gran responsabilidad en la sociedad y es la de anunciar y hacer palpable la presencia de Dios. Alguno me dirá: ¿Y eso cómo lo hago? Pues con la mirada y el corazón centrados en Dios y en el servicio de amor a los demás. He sabido que este año queréis profundizar en la oración y lo habéis titulado: “Un curso para vivir conectados”. Os doy la enhorabuena puesto que lo más importante en la vida es seguir conectados a Dios que es nuestro Creador y dejar que Él fluya por nuestra vida de cada día. Los grandes expertos en el conocimiento de la sicología están afirmando que “Estamos en unos momentos en la sociedad que se requiere restablecer y recuperar el sentido religioso de la vida” (Universidad de California-USA).

1.- Celebramos la fiesta de San Sebastián. Nació en Narbona (Francia) en el año 256, pero se educó en Milán (Italia). Cumplía como buen militar, pero no participaba en los sacrificios paganos por considerarlos idolatría. Como cristiano, ejercitaba el apostolado entre sus compañeros, visitando y alentando a otros cristianos encarcelados por el hecho de ser cristianos. Es lo que está sucediendo actualmente en medio Oriente. Así me lo dicen los Obispos de Irak y de Siria cuando hablo con ellos en Roma. San Sebastián acabó por ser descubierto y denunciado al emperador Maximiano (muy amigo de Diocleciano), quien le obligó entre ser soldado o ser discípulo de Jesucristo. El santo escogió seguir a Cristo. Decepcionado, el emperador lo amenazó de muerte, pero Sebastián se mantuvo firme en la fe. Los soldados del emperador lo llevaron al estadio, lo desnudaron, lo ataron a un poste y lanzaron sobre él una lluvia de flechas. Esta es la fuerza que da la auténtica fe. ¡No se avergonzó de ser cristiano! ¡Cuánto hemos de aprender de los mártires!

Nos parece un relato imaginado por los que buscan aventuras virtuales y no es verdad. Lo mismo que sucedió en el s. III, está sucediendo hoy. Hemos escuchado:”¿Quién nos apartará del amor de Cristo?¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? Como dice la Escritura: Por tu causa somos llevados a la muerte todo el día, somos considerados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo, Señor nuestro” (Rom 8, 35-39). La oración que agrada a Dios es la disponibilidad de la que nos habla este texto sagrado. Tal vez hemos sentido la crítica de quien piensa que creer hoy ha pasado de moda; de quien nos critica porque ya no se puede vivir, en una sociedad moderna, con los principios que nos marcan los Diez Mandamientos; nos tachan de anticuados cuando pronunciamos el nombre de Dios.

Puede llegar un momento que todo esto nos puede retraer y hasta nos hace sufrir. Pues este es el momento de ofrenda y oblación ante Dios como hizo Jesús y como nos demuestran los testimonios de los santos que han seguido el ejemplo del Maestro. Quien persevera en la oración gusta en todo momento asociar su propia voluntad a la voluntad de Dios. Como Jesús en Getsemaní hemos de orar poniendo todo en manos de Dios y confiándole nuestros deseos y voluntades, sin pretender que Dios se amolde a nuestras opiniones y exigencias, a nuestros deseos y pareceres. ¡La oración nunca manipula a Dios! ¡La verdadera oración se amolda y cumple la voluntad de Dios! Es el momento más importante en la oración puesto que deben desaparecer nuestros sentimientos para dejar paso al designio de Dios. Cuántas veces nos ocurre que por buscar nuestra propia voluntad estamos empecinados y a la postre nos crea interiormente una desazón que no esperábamos, pero si cumplimos con lo que Dios quiere inmediatamente el gozo inunda nuestra vida. Así hizo San Sebastián, se podía haber quedado cómodo ante la propuesta del emperador, pero él escogió seguir siendo cristiano aunque esto supusiera morir físicamente. Su cuerpo murió por amor a Cristo y su alma resplandeció de la Gloria de Dios.

2.- En el evangelio con mucha claridad nos habla el Señor: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga” (Lc 9, 23). Para la mentalidad de la mundanidad son palabras muy duras. Cuando se pretende poner en el centro de todo el egoísmo, esta propuesta de Jesucristo no se entiende. “Aquel que ama los placeres, que busca sus comodidades, que huye las ocasiones de sufrir, que se inquieta, que murmura, que reprende y se impacienta porque la cosa más insignificante no marcha según su voluntad y deseo, el tal, de cristiano sólo tiene el nombre; solamente sirve para deshonrar su religión” (San Juan Bautista María Vianney, Sermón sobre la penitencia del miércoles de ceniza). No cabe duda que la fuerza de Dios en nosotros es mucho más liberadora que el servilismo de nuestro egoísmo. Al final sólo queda aquello que hemos construido en Dios, lo demás es humo que arrebata el viento.

En este año que estáis meditando y reflexionando sobre la belleza y la grandeza de la oración como la mejor experiencia del amor de Dios en la vida, no podemos olvidar que la santidad debe ser el anhelo fundamental para recrear lo más humano en el corazón. Un humanismo que margina o desoye a Dios, es un humanismo que se deteriora. Por el contrario un humanismo que se centra en Dios hace la vida más humana. Ya nos lo demuestra con su vida San Sebastián en el siglo III y en el siglo XVI (1525) fue San Francisco de Javier que oyó en su interior: “Porque ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero si se destruye a sí mismo o se pierde? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo de Dios” (Lc 9, 25). Fue tal el impacto que sintió San Francisco de Javier que cambió totalmente su vida. De buscar honores, glorias personales, vivir cómodamente… se convirtió en ser testigo del evangelio y conquistar, con su entrega generosa, de todo el Oriente. No por menos la Iglesia le considera ‘patrón de las misiones’.

Creo que si algo está ansiando el ser humano en esta época es la añoranza de Dios. Las preguntas que nos hacemos son muchas: ¿Por qué hay tanta desazón en la sociedad? – ¿Por qué el materialismo, el hedonismos y pansexualismo tiene como consecuencia la destrucción síquica y afectiva y no proporcionan la felicidad? -¿Por qué hay tantas depresiones anímicas que llevan al suicidio? -¿Por qué hay tantas adicciones que esclavizan el cuerpo y el alma? Sin duda que la respuesta la encontramos en la Palabra de Dios y en la experiencia de los santos como al que hoy honramos: San Sebastián.

Os deseo, queridos fieles de Tafalla, que pongamos todo el empeño para seguir con fidelidad las enseñanzas del Maestro que es Jesucristo. Que María, su Madre, nos ayude a ser sencillos y humildes para que escuchemos como ella la Voz de Dios y la cumplamos.