Carta Arzobispo

EVANGELIZAR DESDE EL TESTIMONIO

Hoy se habla mucho de anunciar el Evangelio y sin darnos cuenta creemos que dicho anuncio se pueda llevar a cabo simplemente con palabras, que son importantes pero no suficientes. Pero más bien sucede que aquello que de verdad convence es el testimonio. Para eso los niños tienen un arte especial y unos sentimientos que nos conmueven. Ya lo decía Jesús: ”En verdad os digo, si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 3). Los niños perciben el cariño, perciben la lealtad, perciben si es verdad lo que uno dice, perciben si sus padres se quieren, perciben los manejos de los adultos… Y con su sabia ingenuidad lo expresan cuando se les pregunta.

Hoy se requieren testigos más que anunciadores de palabras y palabras. Hace unos meses se anunció desde la Congregación para la Causa de los Santos, de Roma, que el P. Tomás Morales ya era Venerable y esto es requisito previo para seguir en el proceso de Beatificación. Escribió un libro muy interesante que se titula ‘Forja de hombres’ y que ha ayudado a tantas personas que siguen la estela de su espiritualidad. En dicho libro afirma: “Al joven, al hombre, le cuesta menos hablar que hacer. Se muestra ardoroso en hablar de sus ideas, sobre todo cuando, poseyendo un gran corazón, se enamora de la visión cristiana de la vida, del amor, de la mujer, de la familia. Hasta entonces es un militante magnífico. Pero, cuando llega el momento de estudiar o trabajar sin tener ganas, de hacer oración cuando parece que le están pinchando para salir de la iglesia, de reprimir su genio o ejercitar la paciencia, entonces se olvida de la hermosura de las ideas que le cautivaron. De militante se convierte en un vulgar vegetante de la vida fácil. ¡Qué difícil persuadirle de que las ideas hay que defenderlas y propagarlas, sobre todo con la vida ejemplar! Puede ayudar para ello el insinuarle, mediante hechos concretos, que los hombres están hartos de palabras oídas o escritas, y están ansiosos de vidas que encarnen las ideas, porque las palabras convencen pero los ejemplos arrastran” (P. Tomás Morales, Forja de hombres, 140-141).

Creo que todos estamos de acuerdo, pero para conseguir dicho fin se ha de vivir desde la humildad. No hay proceso espiritual, ni madurez humana si la sencillez -que está revestida de humildad- no se pone en actuación concreta. Pero la humildad no debe confundirse con sometimiento a las ideas que puedan ir acercándose como aquellas que no tienen, en su contenido, la verdad. Humildad ciertamente; ingenuidad del que se deja llevar por las corrientes imperantes no tiene nada que ver con la humildad. El testimonio es auténtico cuando nace de la nobleza interior y parte de la verdad que es la medida del juicio bien garantizado. Cuando oímos la experiencia de Santa Teresa de Calcuta uno se conmueve puesto que se siente que sus palabras nacen de una convicción real. Un día la Madre Teresa acudió a solicitar una ayuda al edificio principal de la administración del estado de Bengala Occidental en Calcuta. El funcionario reaccionó de una manera muy hostil y humillante a la solicitud. Pero más tarde, el superior jerárquico de ese funcionario estudió la solicitud y decidió acogerla. Cuando ella fue a recibir la suma concedida, el funcionario displicente le espetó: “Este dinero es para usted”. A lo que ella respondió inmediatamente: “No, este dinero es para los pobres. Para mí era su comportamiento del otro día”.

Lo santos tienen una sabiduría excepcional y saben criticar a aquellos que son racionalistas hasta en el modo de expresar su fe. Cuentan que un teólogo que visitaba a las Misioneras de la Caridad consideraba sus enfoques espirituales y pastorales propios de tiempos anteriores al Concilio Vaticano II. Al despedirse de ellas, no pudo reprimir el decírselo: “Lo que están haciendo ustedes es admirable, pero teológicamente están en hace doscientos años”. La respuesta de Madre Teresa fue instantánea: “Peor aún. En hace dos mil años”. Cuando el testimonio precede no hay raciocinio que lo tumbe, más bien todo lo contrario. Y es que el testimonio evangeliza.