San Fermín

LA FE DE SAN FERMÍN REFERENTE DE VIDA CRISTIANA

1.- Saludamos con gozo a todos los que os habéis acercado, por medio de esta magna procesión, que desde la parroquia de San Lorenzo (donde está enclavada la Capilla de San Fermín) hasta la Catedral de Pamplona queréis mostrar que la fe ha de movernos a ser fieles discípulos de Jesucristo como lo fue San Fermín. Una procesión que también se tuvo el 9 de mayo de 1922, acompañado de San Miguel de Aralar y de Santa María la Real, y formaron la comitiva que acudió a recibir la reliquia –del brazo- de San Francisco de Javier que había llegado desde Roma para conmemorar el centenario de la canonización del Santo –por excelencia- de Navarra como nuestro patrón y patrón de las Misiones a nivel mundial y eclesial.

Hoy de modo especial tenemos a la imagen de San Fermín puesto que el papa Francisco nos ha concedido una Año Jubilar de San Fermín. Así me dirigía a los diocesanos de Navarra: Es para todos nosotros un buen momento de gracia divina que podamos celebrar, con gozo y esperanza, este “Año Jubilar de San Fermín”. Así nos lo ofrece el papa Francisco que paternalmente nos lo ha concedido. Sabemos que el Patrón de una comunidad cristiana debe ser contemplado en su triple dimensión: como modelo al que imitar, como cauce de tantos beneficios que agradecer y como protector al que acogernos. A San Fermín, como modelo, quisiéramos imitarle en su preocupación por las necesidades del prójimo. A San Fermín, le damos gracias por tantos beneficios que recibimos: por nuestra fe, por nuestra salud, por tantas gracias recibidas de lo alto, incluso las que no sabemos valorar. Y, por último, también debemos “importunarle” con nuevas peticiones. En fin, el testimonio de aquellos que murieron, como el obispo y mártir San Fermín, o están muriendo hoy por amor a Cristo, a quien siguen ejemplarmente y mueren perdonando debe de ser un impulso mayor para la renovación de la auténtica vida cristiana. Un corazón apasionado por amor a Jesucristo y gozoso por la entrega a los demás, es un tesoro que nada de lo material puede llenar.

La sociedad contemporánea necesita un impulso de mayor conversión y la fuente está en la espiritualidad que sabe perfumar la vida a la luz del evangelio: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc 9, 23-24). Con qué acierto pone Jesucristo la esencia de nuestra generosa entrega. No ha lugar para poner el egoísmo como motor de nuestros actos. El negarse a uno mismo no quiere decir que pierda su propia personalidad, es todo lo contrario, es la más alta expresión de madurez humana. Este es el gran reto de hoy. Una humanidad narcotizada en sí misma no madura, se degenera. Una humanidad cerrada en sus propias ideologías sin transcendencia, se paraliza y banaliza. Una humanidad que deprecia y desprecia la vida, se autodestruye. Una humanidad que margina a Dios, se deshumaniza.

2.- Hoy la Palabra de Dios que hemos escuchado nos sorprende con la presencia de Jesucristo entre sus discípulos y les indica cómo han de reconocerle en medio de ellos. Lo primero que les ruega es que para vivir, con la honradez evangélica, han de buscar tener un mismo corazón y una misma alma. Todo lo ponían en común, es decir, “compartían todas las cosas” (Act 4, 32). Y ya no sólo los bienes efímeros o que pasan sino también poner en común todas las obras de misericordia tanto las corporales como las espirituales (Visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los encarcelados, enterrar a los difuntos /// Enseñar al que no sabe, corregir al que se equivoca, dar buen consejo al que lo necesita, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, rogar a Dios por los vivos y difuntos). En estos gestos de amor se concreta cuál era el termómetro de su puesta en común. Hoy también la Iglesia se caracteriza por estos gestos y así lo podemos ver en muchas instituciones y personas que se dedican a embellecer este testimonio en nombre de Jesucristo.

San Fermín –en su tiempo tan convulso- supo poner estas claves evangélicas en su vida y sobre todo no sólo perdonó a sus verdugos y a quienes dieron el decreto de martirio sino a todos los que intervinieron. Esta es la categoría de los santos que han de ser para nosotros referentes de vida cristiana. Por eso hoy hemos unido nuestras plegarias con el salmo: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117). Si queremos conocer y profundizar en nuestra vida cristiana nos hemos de preguntar: ¿Perdono a quien me haya ofendido? y ¿Pido perdón a quien ofendí? En la respuesta no existe la ambigüedad, o hay un sí o hay un no. De ahí que el Señor nos vuelve a recordar: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Porque el amor de Dios consiste precisamente en que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son costosos, porque todo el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe” (1Jn 5, 2-4).

3.- Hoy, no olvidamos, que es el domingo de la Divina Misericordia. El papa San Juan Pablo II así lo recordó en la canonización de Santa Faustina Kowalska en el año 2000 y ese mismo año instituyó la solemnidad del Domingo de la Divina Misericordia, para que se celebrara cada año el domingo siguiente al Domingo de Resurrección. Nuestro Señor Jesucristo se apareció desde el año 1931 a 1938 a la religiosa Santa Faustina, confiándole la difusión de la devoción a su Divina Misericordia. Estas revelaciones las escribió Santa Faustina en un diario, por indicación de su director espiritual. La imagen de la Divina Misericordia representa a Jesús en el momento que se aparece a los discípulos en el Cenáculo, después de la Resurrección, cuando les da poder para perdonar o retener pecados: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos” (Jn 20, 22). Es el momento en el que instituye el sacramento de la Penitencia. Por este hecho tan significativo la Iglesia siempre ha considerado que los Apóstoles y sus legítimos sucesores tienen la potestad de perdonar o de retener los pecados para reconciliar a los fieles que han caído en pecado después del bautismo.

Por eso dada la importancia de esta fiesta como sucede en el año Jubilar de San Fermín hoy la Iglesia ofrece una indulgencia plenaria para hacer que los fieles vivan con intensa piedad esta celebración y para que todos puedan recibir con más abundancia el don de la consolación del Espíritu Santo y cultiven una creciente caridad hacia Dios y hacia el prójimo. Sabemos que para lucrarse de esta indulgencia plenaria se requiere: -Confesarse. –Acudir a Misa en esta fiesta y comulgar. –Tener disposición interior de un desapego total del pecado. –Rezar por las intenciones del Papa (Padrenuestro y Avemaría). Como dice el Papa Francisco: “Permanezcamos con el corazón abierto, para que el Espíritu Santo pueda transformarlo; y así, perdonados, reconciliados, inmersos en las llagas del Señor, seamos testigos de la alegría que brota del encuentro con el Señor Resucitado, vivo entre nosotros” (Ángelus, 2 de abril 2016).

Concluyo invocando a Santa María Virgen del Sagrario y a todas las advocaciones de María en nuestra Diócesis para que nos lleve por el camino de la santidad y a imitación de los santos y en este día de modo especial San Fermín nos impulsen a la nueva evangelización sin miedos y sin cobardías puesto que sólo el amor y la misericordia que Jesucristo a depositado en nuestras vidas, vencerán.