2795431 - a sad man praying for his problems to be resolved

CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA

1. Estamos celebrando el tiempo de Pascua en una situación inédita. La pandemia que padecemos y sus consecuencias sociales y económicas son fuente de sufrimiento y nos interpelan profundamente. Este escenario requiere una serena reflexión a la luz del misterio pascual de Cristo que ilumine las sendas por las que caminar. Necesitamos la luz de la esperanza que nos ayude a afrontar los desafíos presentes. También nos urge reflexionar sobre algunas cuestiones de fondo que se nos plantean en estas circunstancias: cómo percibir el amor de Dios en esta difícil situación; cómo entender este amor ante el mal y el sufrimiento; desde qué claves evangélicas podemos afrontar estos desafíos; cómo vivir hoy las bienaventuranzas en estas circunstancias concretas.

2. Dios nos ha creado por amor. Es el mensaje que surge en los primeros versículos del libro del Génesis y que se prolongará a lo largo de toda la Sagrada Escritura. Y esta realidad ilumina y da sentido a nuestra vida. Efectivamente, la creación del ser humano a imagen y semejanza de Dios es un misterio de amor: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo Dios: Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gen 1, 27-28). El segundo relato de la creación pone de manifiesto la comunicación del aliento de vida que Dios insufla en el ser humano, situándolo de modo singular en el contexto de la creación y estableciendo una relación especial con él: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo. Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado» (Gen 2, 7-8).
3. Pero junto a este misterio de amor, aparece el misterio del mal y del pecado, manifestado en el relato de la caída de Adán y Eva (cfr. Gen 3). Este misterio nos acompaña durante nuestra existencia y se ha manifestado crudamente en este tiempo de pandemia. Aun así, Dios no abandona a quienes ha creado por amor: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Dios nunca abandona al ser humano, ni abandonó al Pueblo elegido, sino que, al contrario, se mantiene fiel a la alianza establecida. Precisamente sus obras en favor de Israel se dirigieron a restablecerlo en este pacto de amor por medio de la misericordia. Dios tampoco hoy nos abandona.

I. El misterio del mal que genera sufrimiento en nuestra vida

4. En este tiempo, el mal y el sufrimiento han aparecido dolorosamente en nuestras vidas. Se contabilizan miles de fallecimientos. En muchos casos sin la posibilidad de ser acompañados por sus seres queridos en el momento de la muerte. Hemos visto el sufrimiento de las personas mayores, muchas de ellas en las residencias que, por prevención, tenían restringido el acceso de familiares. Las medidas sanitarias que se han tomado alteran profundamente nuestras vidas. Hemos vivido la experiencia inédita del confinamiento; la suspensión presencial de la actividad escolar. Hemos percibido la vulnerabilidad personal y social. Muchos profesionales de la salud y personas cuidadoras han fallecido atendiendo a los enfermos. Se está dando una drástica caída de la actividad productiva que ha ocasionado el cierre de empresas y ha destruido cientos de miles de empleos. Asistimos con dolor a la clausura de comercios que con tanta ilusión se crearon y la pérdida de trabajo en tantos empleados que sostienen con su esfuerzo la creación de bienes y servicios. Vemos cómo muchas familias no llegan a fin de mes y, obligadas a recurrir a ayudas que nunca pensaron que necesitarían, afrontan el futuro con temor y desesperanza. El esfuerzo económico necesario para hacer frente a esta crisis agrava el endeudamiento familiar, empresarial e institucional. Y esto ocurre no sólo en nuestro entorno, sino también, en mayor o menor medida, en países vecinos y en todas las naciones en general. El panorama que se nos presenta es duro y requiere afrontarlo unidos, con realismo, esfuerzo y responsabilidad.

5. Por eso, en este primer apartado quisiéramos reflexionar sobre la duda que puede surgir en el corazón ante esta situación: si Dios es bueno, ¿por qué permite estas calamidades? Si nos ama de verdad, habría creado el mundo de otra forma, sin la presencia del mal que tanto nos hace sufrir. En el fondo es la pregunta que autores como Hume y Dostoievski se plantearon de forma dramática: ¿no debería un Dios bueno y omnipotente haber creado un mundo exento de mal? Si no ha podido, le falta poder. Si no ha querido, le falta bondad.

6. La cuestión del origen del mal y del sufrimiento siempre ha interpelado al pensamiento humano. Algunas culturas de la antigüedad lo explicaban partiendo de una cosmovisión dualista, según la cual el bien y el mal manifiestan el influjo de divinidades buenas y malas. Sócrates (s.V a.c.) analizó el fenómeno del mal moral y lo atribuía a la ignorancia: si el ser humano fuera consciente de que vivir éticamente es la mejor manera de vivir, la más feliz, no optaría por la maldad. Para el pensamiento gnóstico y los espiritualismos de tipo platónico o neoplatónico, el mal procede del mundo de la materia, de la que hay que liberarse, frente a la bondad del mundo del espíritu. En el mundo clásico, Plotino (s. III d.c.) profundiza en esta cuestión y esboza una reflexión que será tenida en cuenta en todo el pensamiento posterior: el mal es la privación o falta de un bien. Ya en épocas más recientes, el racionalismo lo remite al carácter inacabado e imperfecto de la realidad. Y así, el poeta y ensayista inglés del siglo XVII John Milton indica en su obra «El paraíso» que la raíz del mal moral es nuestro libre albedrío, afirmando que el mal existe porque somos libres, puesto que Dios quiso que no fuéramos encadenados. Es el precio de elegir libremente el bien o el mal. Y los filósofos de la dialéctica, principalmente Hegel (s. XVIII-XIX) entienden el devenir de la realidad como la lucha entre extremos, un continuo movimiento de tesis, antítesis y síntesis.

7. También el pensamiento cristiano ha abordado la cuestión del mal y del sufrimiento. Es una realidad que aparece en la Sagrada Escritura prácticamente desde el inicio, como hemos visto anteriormente. La literatura sapiencial profundiza en esta cuestión. El libro de la Sabiduría realiza una afirmación fundamental: «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes, sino que todo lo creó para que subsistiera» (Sab 1, 13-14). Es decir, Dios no es el origen del mal ni autor del sufrimiento. Partiendo de esta afirmación, podemos ver en el libro de Job una profunda reflexión sobre el mal y el sufrimiento del justo. Job sufre toda una serie de calamidades: enfermedades, fallecimiento de sus seres queridos, pérdida de sus haciendas y bienes. El texto sapiencial se pregunta acerca de la causa de estos males, siendo Job un hombre justo y recto. La tesis de los tres amigos de Job, que defendían la creencia de que el mal de Job habría de ser consecuencia de algún pecado oculto, es rechazada con contundencia por Yahveh. Este libro también hace referencia a la influencia del Maligno en el mundo y su influjo sobre el ser humano1. Efectivamente, la persona, en el uso de su libertad, es capaz de elegir realizar el mal, incluso en ocasiones bajo la apariencia de bien. Somos conscientes de que parte del sufrimiento presente en el mundo lo causamos nosotros mismos. El libro de Job subraya que, aunque Dios misteriosamente permite el sufrimiento del justo, le pone un límite. Job, que defiende su inocencia, a pesar de todo y, sobre todo, confía en Dios. Al final, después de defender incansablemente su inocencia y luchar contra el Señor, se encuentra con un regalo inesperado: Dios le revela su rostro y esto le lleva a proclamar: «Sólo te conocía de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (Job 42, 5). Paradójicamente, la oscuridad del sufrimiento ha permitido a Job experimentar profundamente la verdad del amor de Dios. El sufrimiento que estamos padeciendo durante este tiempo, ¿no puede ser también ocasión para descubrir la presencia de Dios que, por encima de todo, cuida siempre de nosotros incluso en medio de estas calamidades, y que nos sacará de ellas?

8. La literatura profética profundiza en la cuestión del mal, concretamente del sufrimiento del justo, relatada en los cuatro cánticos del Siervo de Yahveh del profeta Isaías, verdadera profecía de Jesucristo. Nos gustaría detenernos en el tercer cántico del Siervo que dice así: «El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento… El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás… El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.» (Is 50, 4-7). Este cántico nos habla de un siervo – discípulo, enviado para ofrecer la palabra de consuelo que tanto necesitamos estos días. Es la Palabra creadora que llena de sentido todo lo humano. Esta Palabra se ha hecho carne en Jesús, Hijo de Dios, Palabra encarnada. Y esta Palabra se adentra en todo sufrimiento, asumido admirablemente en la Pasión del Señor. Jesús asume nuestros males y dolores, incluso la muerte. También los de este tiempo de pandemia. Y nos ofrece una palabra de aliento y de esperanza.

9. Estas afirmaciones de las literaturas sapiencial y profética, encuentran su sentido pleno en el Evangelio. Son muchos los pasajes que hacen referencia a esta bondad infinita de Dios que nos rescata del mal. Veamos algunos de los más significativos. «No he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo» (Jn 12, 47). «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17). Es decir, el amor de Dios manifestado en Cristo viene precisamente a rescatar al ser humano del mal, incluso del que él mismo ha causado. Su venida no es causa de perdición, sino de salvación.

10. Es de particular interés reflexionar sobre las palabras de Jesús con ocasión de su encuentro con un ciego de nacimiento: «Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios»» (Jn 9, 1-3). Efectivamente, el mal no sólo no procede de Dios, sino que será ocasión para mostrar su bondad y su misericordia. Jesús no teoriza sobre el dolor y el sufrimiento, sino que los asume personalmente abriendo definitivamente a la humanidad a la esperanza y a la vida verdadera. Dios, por tanto, se pone siempre de parte del que sufre. «Estoy crucificado con Cristo y yo no vivo, es Cristo que vive en mí. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mi» (Gal 2, 19-20). Jesús asume los sufrimientos, los dolores y la misma muerte de sus criaturas que no pueden alcanzar su plenitud sin acoger a Quien gratuitamente la puede donar.

11. Insistimos en la certeza de que hemos sido creados por amor, para amar y ser amados; de que Dios no es el autor de la muerte, ni hemos sido creados para la muerte, ni estamos hechos para el sufrimiento. Dios nos creó para la vida, para el amor, para la felicidad, por eso nos cuesta penetrar en este mar de sufrimiento que es la pasión de Jesús, que asume nuestra propia pasión, particularmente manifestada durante estos días. Es natural y humano huir del dolor y de la muerte. También Jesús experimentó este horror: «Padre, pase de mi este cáliz, y sudaba sangre» (cfr. Lc 22, 44). Jesús se entrega decidido a la Pasión con su voluntad de asumir sobre sí los males de la humanidad para transformarlos en vida: «Levantaos, vamos» (Mc 14, 42).2

12. El libro del Apocalipsis recapitula esta revelación del amor de Dios que vence definitivamente el mal. Es la misma petición que realizamos en la conclusión del Padrenuestro cuando decimos: líbranos del mal.3 El Catecismo de la Iglesia Católica resume la cuestión acerca del sufrimiento y el mal afirmando que toda la historia de la salvación es la respuesta amorosa Dios ante este misterio.4 En estos momentos duros, en los que parece oscurecerse la percepción del amor de Dios, no nos dejemos abatir por la desesperanza. Confiemos en Dios y en las muestras de amor que nos ha dado durante estos días mediante el testimonio admirable de tantas personas volcadas en hacer el bien, incluso con el riesgo de sus propias vidas.

II. La Encarnación del Verbo: sacrificio, compasión, consolación y misericordia

13. Vimos en el apartado anterior la figura del Siervo de Yahveh en los cuatro cánticos de Isaías como profecía de Jesucristo. El Verbo de Dios se abaja para asumir todo lo humano llevándolo a su plenitud. Este descenso a lo más profundo asume incluso lo que daña al ser humano y lo hace sufrir. San Pablo reconoce en Cristo al Siervo de Yahveh que carga sobre sí todo lo humano para rescatarlo de la muerte y llevarlo a su plenitud.5 Dios no ha dejado nada humano sin ser asumido por medio de su encarnación. Él asume también el sufrimiento de nuestra época.6

14. El profeta Isaías, tras relatar el sufrimiento del Siervo de Yahveh, nos desconcierta con su rotunda afirmación: «Mi Siervo tendrá éxito» (Is 52, 13). ¿Cómo que tendrá éxito? ¡Si van a torturar al inocente, va a ser coronado de espinas y clavado en la cruz! ¿Es posible esperar el éxito a partir del sufrimiento? ¿Podemos entrever algún signo de esperanza en estos tiempos de pandemia? Isaías concibe el éxito del Siervo como la capacidad de generar vida asumiendo el sufrimiento. De este modo podemos comenzar a comprender cómo el amor de Jesús se convierte en sacrificio. Sacrificio es el amor capaz de asumir un mal por el bien de la persona amada. Esta realidad la vivimos también durante estos días, cuando muchas personas se están «sacrificando por nosotros». ¿Qué significa esta expresión? La podemos comprender con un ejemplo: muchas veces nos ha ocurrido que hemos asistido a un funeral y hemos oído exclamar a algún familiar: «Ojalá hubiera muerto yo en vez de él». Se refiere a la capacidad de asumir por amor al ser querido su sufrimiento e incluso la muerte.7 San Juan de la Cruz decía que «el amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en tener grande desnudez y padecer por el Amado».8 Esto lo experimentamos en lo cotidiano de nuestra vida. Y precisamente el sufrimiento con sentido se llama sacrificio. Eso no significa quererlo en sí o buscarlo, sino la voluntad libre de asumirlo para procurar el bien de las personas que amamos. En esta época de pandemia no dejamos de contemplar agradecidos cómo muchas personas se sacrifican admirablemente por los demás, es decir, asumen sufrimientos y riesgos, incluso mortales, para amar sirviendo a los demás.

15. El sacrificio asume libre y activamente la compasión y es fuente de consolación. Compasión viene del latín compassio, es decir, padecer con el otro, compartir su pasión, sus sufrimientos. Estos días también contemplamos numerosos episodios de compasión. Jesús no solo padece con nosotros, sino que, además, asume en sí nuestros padecimientos, los carga sobre sí. Jesucristo asumió todos nuestros dolores y pecados cuando gritó en la cruz, en el momento de mayor soledad: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34). Todos los gritos, pasados, presentes y futuros del ser humano, están asumidos en este grito de Cristo. Todos tenemos la experiencia de que el sufrimiento genera una angustiosa sensación de soledad, porque en el fondo nos vemos encerrados en el dolor, replegados sobre nosotros mismos. Pero junto a esto, también tenemos la experiencia de que el amor es capaz de penetrar en la persona que sufre y abrir su soledad a la compañía y a la ternura haciendo brotar la luz brillante de la esperanza y el consuelo. Acoger a la persona que sufre significa asumir su soledad. Ya no está sola ante el sufrimiento; ahora su sufrimiento es consolado.9

16. Y por esto, el amor, ante la debilidad y el sufrimiento, se transforma en misericordia porque tiene la capacidad de rehabilitar y restaurar a la persona que sufre. La misericordia en la Biblia remite siempre a la fidelidad de Dios que no nos abandona en la caída, sino que nos restablece en la alianza que ha hecho con nosotros. El Hijo toma nuestra carne herida, manifestando su fidelidad, para comunicar su vida, insuflar esperanza, y dar a nuestra naturaleza un nuevo vigor: «No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno» (Hb 4, 15-16).10 En estos tiempos de pandemia, Jesús una vez más se vuelca sobre la humanidad herida. La parábola del buen samaritano es el paradigma de esta misericordia. Tras el relato, Jesús pregunta: «¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo»» (Lc 10, 36-37). Este tiempo de pandemia es también tiempo de misericordia de Dios para con nosotros y de cada uno de nosotros con nuestros prójimos. Misericordia que, sin lugar a dudas, hemos visto reflejada durante estos días en tantas personas que están haciendo mucho bien entregándose incansablemente al servicio del prójimo.

III. La nueva creación en Cristo, fuente de vida y esperanza

17. La historia de la salvación no tiene su punto final en la muerte, sino en la plenitud de la nueva vida. Efectivamente, la Resurrección de Jesús nos habla de recreación y novedad de vida. Es la realidad que, en este tiempo de Pascua vivida en el contexto de la pandemia, queremos de modo singular experimentar y testimoniar: «El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3, 5-6.8). En efecto, quienes han sido bautizados en Cristo, han sido sepultados con Él, para que una vez muertos al pecado, caminen en una vida nueva según el Espíritu. Por eso, en este tiempo somos invitados a recomenzar desde Cristo y despojarnos del hombre viejo, de las costumbres, hábitos y estructuras que nos alienan, que avejentan el mundo, que nos hacen infelices y generan injusticias, hambrunas y muertes.

18. La renovación de la creación parte de la recreación del corazón humano operada por el Espíritu Santo. De este modo, el Espíritu genera una nueva forma de relacionarnos; engendra una nueva comprensión del tejido social que posibilita la edificación del Reino de Dios y un cuidado responsable de la casa común que nos hospeda. Un corazón renovado llamado a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo, que, en esta paternidad común, se hace hermano. Se trata de colaborar con el plan de salvación que Dios ha trazado para la humanidad. A esta edificación hemos sido convocados en el trabajo diario y constante, de modo particular en estos tiempos. Cada uno participa en la edificación de esta nueva morada de Dios en medio de nosotros, dejándose inspirar y conducir por el Espíritu Santo.

19. Por eso, la plena y verdadera esperanza nace del amor de Dios manifestado en Cristo. Es necesario tener en cuenta que la esperanza cristiana, la gran esperanza, difiere del optimismo ideológico que genera esperanzas parciales o limitadas. Esta diferencia es particularmente importante cuando nos enfrentamos a grandes desafíos, como el momento actual: «Debemos prestar atención a la estructura distinta del acto de «optimismo» y de «esperanza» para tener a la vista su esencia relativa. La finalidad del optimismo es la utopía del mundo definitivamente y para siempre libre y feliz; la sociedad perfecta, en la que la historia alcanza su meta y manifiesta su divinidad. La meta próxima, que nos garantiza, por decirlo así, la seguridad del lejano fin, es el éxito de nuestro poder hacer. El fin de la esperanza cristiana es el Reino de Dios, es decir la unión de hombre y mundo con Dios mediante un acto de divino poder y amor. La finalidad próxima, que nos indica el camino y nos confirma la justicia del gran fin, es la presencia continua de este amor y de este poder que nos acompaña en nuestra actividad y nos socorre allí donde nuestras posibilidades llegan al límite. La justificación íntima del «optimismo» es la lógica de la historia que recorre su camino moviéndose inevitablemente hacia su último fin; la justificación de la esperanza cristiana es la encarnación del Verbo y del Amor de Dios en Jesucristo».11

20. El amor de Jesús nos ha mostrado el camino de la plenitud, la gran esperanza. Amar, no lo olvidemos, es entregar la vida: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Y, paradójicamente, de este modo podremos encontrarla: «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará» (Mt 16, 25). Este amor se concreta en el servicio. Jesús nos lo muestra en el lavatorio de los pies.12 Durante estos meses estamos viendo cómo muchas personas se han puesto a los pies de quienes necesitan consuelo y ayuda para servirles con amor. Y se cumple lo que dice el Señor: «El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores» (Jn 14, 12). Pero el servicio también exige la humildad de dejarnos lavar los pies. Esto nos hace tomar conciencia de que, para vivir felices, necesitamos de la ayuda de los demás y, de modo particular, de Dios, fuente del amor y la misericordia.

21. El amor siempre genera vida: cuando somos amados, nuestra vida crece, renace, y la alegría y el gozo florecen en nuestro corazón. Así lo experimentamos en estos momentos duros en los que hemos buscado la cercanía de los seres queridos y hemos echado de menos el no poderlos ver o abrazar. El amor genera comunión y engendra paz. Ese es el saludo del Señor resucitado: «Paz a nosotros» (Jn 20, 21). En el antiguo testamento el concepto de paz, «shalom», es mucho más amplio que la paz social concebida como ausencia de guerra o el simple equilibrio de fuerzas contrarias: hace referencia a una realidad que está curada, que es íntegra, que está ordenada, en armonía. La paz que Jesús nos da, es diversa de la que el mundo puede dar (cfr. Jn 14, 27) y consiste precisamente en la sanación y reconstrucción interior, familiar y social.

22. Esta renovación profunda de la humanidad, fruto de la resurrección del Señor y posibilitada por la donación del Espíritu, ya fue proclamada por Jesús en el sermón de la montaña. Nuestra capacidad de hacer frente al desafío actual dependerá de nuestro sí existencial a las bienaventuranzas; de nuestra capacidad de vivirlas en las circunstancias actuales. Precisamente este ha sido el tema de la última serie de catequesis del Papa Francisco. En la introducción a las mismas nos dice: «Dios, para entregarse a nosotros, elige a menudo caminos impensables, tal vez los de nuestros límites, los de nuestras lágrimas, los de nuestras derrotas. La alegría pascual, de la que hablan nuestros hermanos orientales, la que tiene los estigmas, pero está viva, ha atravesado la muerte y ha experimentado la potencia de Dios. Las bienaventuranzas te llevan a la alegría, siempre; son el camino para alcanzar la alegría».13

IV. Bienaventuranzas para este tiempo de crisis sanitaria, económica y social

23. Siguiendo el surco evangélico y el magisterio del Papa Francisco, parece oportuno ofrecer varias propuestas para vivir las bienaventuranzas durante este tiempo de crisis. El mensaje de Jesús no deja de sorprendernos; no cabe otra respuesta que no sea el asombro o la duda ante la posibilidad de ser bienaventurados en la pobreza de espíritu, en el llanto, en el hambre y la sed de justicia, en la persecución… En su estructura se revela su carácter paradójico. Y más aún si consideramos que los frutos de vivir estas realidades son: heredar el reino de los cielos, heredar la tierra, ser consolados y saciados, alcanzar misericordia, ver a Dios y ser llamados hijos de Dios. Recuerdan en cierto modo el «éxito» del Siervo de Yahveh a través del sufrimiento. Las bienaventuranzas son una admirable escuela de esperanza.14 El Señor nos alienta a adentrarnos en la vivencia de las bienaventuranzas experimentando alegría en el presente y aguardando la promesa de la eternidad: «Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5, 12). Es decir, en el presente se nos anuncia una especial cercanía de Dios hacia el que sufre, para sostenerlo en el camino e invitarle a la alegría. Y con respecto al futuro, se nos anuncia la victoria de la vida y del amor, como ya vimos en el libro del Apocalipsis. Por eso, como afirma la carta a los Hebreos, podemos decir que la gran esperanza está anclada en la eternidad.15 Este carácter paradójico de las bienaventuranzas también lo manifiesta San Pablo al describir a los cristianos como: «impostores que dicen la verdad, desconocidos, siendo conocidos de sobra, moribundos que vivimos, sentenciados nunca ajusticiados; como afligidos, pero siempre alegres, como pobres, pero que enriquecen a muchos, como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2Co 6, 8-10). El Sermón de la montaña no es un moralismo impracticable. La clave de su interpretación es Cristo que es pobre, afligido, misericordioso, manso, limpio de corazón, perseguido. Y los seguidores de Jesús están llamados a imitarle unidos existencialmente a Él. Veamos algunas propuestas concretas para vivir las bienaventuranzas, unidos a Cristo, en estos tiempos de pandemia.

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 3).

24. La situación actual suscita muchas preguntas en nuestro interior: ¿qué sentido tiene todo lo que estamos viviendo? ¿De qué modo nos sentimos interpelados en nuestras convicciones más profundas? ¿Cómo realizar una lectura creyente de esta crisis? ¿Qué espera Dios de nosotros en estos momentos? ¿Cómo nos ilumina y nos guía en la situación actual? Somos conscientes de que, de repente, el mundo ha cambiado. Lo percibimos de otra manera. Nos hemos sentido frágiles y vulnerables. El «seréis como dioses» que resonó en el pecado original de Adán y Eva, ha sido puesto en evidencia por un virus. Y podemos entrever que, en el fondo, la pretensión de ser como dioses no deja de ser un engaño que impide al ser humano conocer su propia realidad, siempre frágil y limitada. La aceptación de los propios límites es el principio de la sabiduría.16 Por eso nos encontramos en un momento propicio para buscar el auténtico sentido de la existencia y reorientar nuestra vida personal, familiar y social. Percibimos la necesidad de volver a lo fundamental, de repensar nuestras actitudes existenciales, de renacer a una vida nueva, de enraizar nuestra existencia en una realidad más consistente que las seguridades que el mundo puede ofrecer. Es lo que en lenguaje bíblico se denomina «metanoia» o conversión. Es una ocasión para darnos cuenta de que hemos sido creados por amor y que el amor de Dios siempre nos espera y nos acompaña en todas las contingencias y vicisitudes. Es tiempo propicio para volver a Dios y permitir que su amor inunde nuestras vidas.

25. Esta pandemia también interpela a la Iglesia y a su misión: «El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias» (Ap 3, 4) Hemos visto la respuesta admirable de personas, comunidades e instituciones volcadas en el servicio en múltiples y variadas tareas de testimonio, anuncio y servicio. Pero en esta situación, ¿qué dice el Espíritu a su Iglesia? ¿Cómo leer los signos de los tiempos en el momento actual? ¿Cómo responder eclesialmente a los nuevos desafíos que se nos presentan? ¿Cómo orientar nuestra tarea considerando la incidencia de la crisis en todos los ámbitos de la vida personal, familiar y social? Debemos impulsar creativamente la vida de las comunidades y la tarea evangelizadora durante los próximos meses en esta nueva situación condicionada por la seguridad sanitaria mientras se encuentran soluciones eficaces de protección para la población. Estamos viendo que el impacto social y económico es muy grande, también en la vida de las parroquias, en su misión y en el sostenimiento económico de la acción eclesial. Por eso, es necesario estimular en todos los aspectos la corresponsabilidad generosa de quienes formamos parte del Pueblo de Dios para hacer frente a los nuevos desafíos.

«Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5, 4).

26. La familia vuelve a mostrarse como la institución más importante, donde somos acogidos y amados de modo incondicional. Estos días hemos estado confinados en familia. Hemos echado de menos a quienes en la distancia no podíamos acompañar y abrazar. En la familia hemos sido custodiados y sostenidos. Los creyentes, además, la hemos experimentado como verdadera Iglesia doméstica. Hemos visto el cuidado que con tanto esmero se ofrece en ella a sus miembros más pequeños, a quienes viven con alguna discapacidad o a las personas mayores:17 constituyen un don extraordinario para nuestra vida y para toda la sociedad; agradecemos todo lo que nos aportan y les manifestamos nuestro afecto. En la última crisis económica, la familia se reveló como institución fundamental para amortiguar sus efectos perniciosos. Muchas familias, por ejemplo, pudieron salir adelante con la ayuda de los abuelos, con sus pensiones, con su colaboración en el cuidado de los pequeños. Así mismo, la familia, una vez más, se ha manifestado como hospital más cercano para quienes sufren, compartiendo lo que son y lo que tienen con los más necesitados, mostrando cercanía y ayudando a personas que viven solas o no pueden salir de sus domicilios.18 Pero también vemos cómo muchas familias se asoman a la pobreza, necesitan acudir a las ayudas sociales para llegar a fin de mes, ven con angustia la falta de trabajo y vislumbran el futuro con temor. Por eso necesitamos impulsar las medidas necesarias para sostener a las familias, evitando que caigan en la exclusión o que sufran penosas dificultades económicas o de otra índole que les generan sufrimiento y angustia.

27. Al mismo tiempo, hemos tomado conciencia de la necesidad de cuidar y reforzar nuestras relaciones sociales. Cuando nos ha faltado el contacto con amigos y conocidos, nos hemos hecho más conscientes de su valor insustituible para nuestras vidas. Ante la dificultad de encontrarnos físicamente, hemos desarrollado hábitos nuevos de encuentro que se han mostrado particularmente útiles: las videollamadas, la comunicación a través de redes sociales, la educación on-line, el teletrabajo, las compras on-line. Siendo conscientes del valor que encierran y la enorme ayuda que nos prestan, seguimos echando de menos la experiencia plena de la vida social. También hemos conocido la utilidad de nuevas herramientas tales como la cibervigilancia, el big data y la inteligencia artificial, de gran interés y ayuda en muchos campos y que deben ser utilizadas salvaguardando siempre la intimidad y privacidad de personas e instituciones.

28. Así mismo, somos conscientes de la necesidad de reforzar la cooperación y la comunión entre pueblos y naciones, superando localismos autorreferenciales y valorando el bien que supone la mutua colaboración. Esta dimensión es especialmente importante con respecto a países menos desarrollados, donde las difíciles condiciones de vida se ven agravadas por la pandemia y sus efectos económicos y sociales. Nos acordamos de las Iglesias hermanas de África y América a las que nos unen profundos lazos de fraternidad. Nos llegan noticias preocupantes sobre el agravamiento de la economía precaria de muchas familias a las que les falta lo más básico para vivir. Hemos enviado una primera ayuda de emergencia y pretendemos intensificar esta colaboración a través de Misiones Diocesanas Vascas y de Cáritas Diocesana de Pamplona y Tudela.

29. Como país integrado en la Unión Europea, esta crisis se presenta como ocasión propicia para que Europa manifieste su vocación de ser casa común de colaboración generosa, leal y constructiva entre las naciones que la componen y en el concierto internacional. De este modo seremos capaces de llevar a la práctica lo que soñaron los «padres fundadores», de profundas convicciones cristianas. Ante la crisis económica, necesitamos impulsar una auténtica caridad social contribuyendo responsablemente entre todos a proporcionar la ayuda necesaria a los países que en este momento más lo necesitan.

30. «La política no es el mero arte de administrar el poder, los recursos o las crisis. La política no es mera búsqueda de eficacia, estrategia y acción organizada. La política es vocación de servicio, diaconía laical que promueve la amistad social para la generación de bien común. Solo de este modo la política colabora a que el pueblo se torne protagonista de su historia y así se evita que las así llamadas «clases dirigentes» crean que ellas son quienes pueden dirimirlo todo» (Papa Francisco, Alocución a un grupo de la Pontificia Comisión para América Latina, 4 marzo 2019).

31. «No se puede afirmar que solo dentro de una determinada organización se puede desarrollar la exigencia de la fe. No todo cristiano tiene vocación política, ni el cauce político es el único que lleva a una tarea de justicia. También hay otros modos de traducir la fe en un trabajo de justicia y de bien común. No se puede exigir a la Iglesia o a sus símbolos eclesiales que se conviertan en mecanismos de actividad política. Para ser buen político no se necesita ser cristiano, pero el cristiano metido en actividad política tiene obligación de confesar su fe. Y si en eso surgiera en este campo un conflicto entre la lealtad a su fe y la lealtad a la organización, el cristiano verdadero debe preferir su fe y demostrar que su lucha por la justicia es por la justicia del Reino de Dios, y no otra justicia» (San Óscar Arnulfo Romero, Homilía 6 de agosto de 1978).

32. «La Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblo: «Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois Pueblo de Dios» (1 Pe 2,10). Para ser evangelizadores de alma, hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, descubriendo que es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo, una pasión por su Pueblo» (EG, 268).

33. San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 1.

34. «El Pueblo de Dios, participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así, sea por la oblación o sea por la sagrada comunión, todos tienen en la celebración litúrgica una parte propia, no confusamente, sino cada uno de modo distinto. Más aún, confortados con el Cuerpo de Cristo en la sagrada liturgia eucarística, muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios, significada con propiedad y maravillosamente realizada por este augustísimo sacramento» (LG, 11).

35. Ibid. 3.

36. «No podemos permanecer pasivos ante ciertos procesos de globalización que con frecuencia hacen crecer desmesuradamente en todo el mundo la diferencia entre ricos y pobres. Debemos denunciar a quien derrocha las riquezas de la tierra, provocando desigualdades que claman al cielo…Por ejemplo, es imposible permanecer callados ante las imágenes sobrecogedoras de los grandes campos de prófugos o de refugiados… ¿no son nuestros hermanos y hermanas?… El Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace estar atentos a las situaciones de pobreza en que se halla todavía gran parte de la humanidad: son situaciones cuya causa implica a menudo un clara e inquietante responsabilidad por parte de los hombres» (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 90).

37. «La autoridad política es el instrumento de coordinación y de dirección mediante el cual los particulares y los cuerpos intermedios se deben orientar hacia un orden cuyas relaciones, instituciones y procedimientos estén al servicio del crecimiento humano integral. El ejercicio de la autoridad política, en efecto, «así en la comunidad en cuanto tal, como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral para procurar el bien común —concebido dinámicamente— según el orden jurídico legítimamente establecido o por establecer» (CDSI, 394).

38. «La comunidad política tiende al bien común cuando actúa a favor de la creación de un ambiente humano en el que se ofrezca a los ciudadanos la posibilidad del ejercicio real de los derechos humanos y del cumplimiento pleno de los respectivos deberes» (DSI, 389).

39. «La información se encuentra entre los principales instrumentos de participación democrática. Es impensable la participación sin el conocimiento de los problemas de la comunidad política, de los datos de hecho y de las varias propuestas de solución. Es necesario asegurar un pluralismo real en este delicado ámbito de la vida social, garantizando una multiplicidad de formas e instrumentos en el campo de la información y de la comunicación, y facilitando condiciones de igualdad en la posesión y uso de estos instrumentos mediante leyes apropiadas. Entre los obstáculos que se interponen a la plena realización del derecho a la objetividad en la información, merece particular atención el fenómeno de las concentraciones editoriales y televisivas, con peligrosos efectos sobre todo el sistema democrático cuando a este fenómeno corresponden vínculos cada vez más estrechos entre la actividad gubernativa, los poderes financieros y la información» (CDSI, 414).

40. Papa Francisco, Audiencia general 29 abril 2020.

41. «Estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás, personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza» (EG, n. 86).