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Si algo tiene de especial la experiencia espiritual en San Fermín, fue su fidelidad a Dios. Su voz no era bien aceptada puesto que ponía el acento en los mandatos de Dios. Hoy parece lo más novedoso, en muchos ambientes, renegar de Dios y apostatar de él. Le incitaron a San Fermín las autoridades paganas para que apostatara de Dios. Y él prefirió el martirio a ser cobarde. Y esto sólo se entiende desde la entrega generosa al amor que reina en el corazón. Desertar del amor es desertar de su origen que se enraíza en Dios que es amor. “Amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, 7-8). Esto lo mantenía San Fermín y lo vivió como lema de su vida. No se entiende a los mártires si no es por su convicción profunda al amor de Dios y “no se entiende el amor a Dios si no lleva consigo el amor al prójimo. Es como si yo soñase que estaba caminando. Sería sólo un sueño: no caminaría. Quien no ama al prójimo no ama a Dios” (San Juan Clímaco, Scala paradisi, 33). Es la primera condición que, como luz brillante, viven los santos. El amor no tiene cura, pero es la única medicina para todos los males.

Si la caridad como fuente de agua viva se ejercita en los santos, no por menos de la misma forma se ejercita la misericordia. Las pruebas incluso martiriales se valoran en el momento que el cristiano saber perdonar. Es uno de los gestos que más se admira en ellos. “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Lo que más cuesta es saber perdonar las ofensas puesto que estas hieren en lo más profundo de nuestros sentimientos. Las venganzas son signo fehaciente de que no se sabe perdonar. Además siempre se buscan subterfugios para justificar el rechazo y hasta el odio. “El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado. El perdón es además la condición fundamental de la reconciliación, no sólo en la relación de Dios con el hombre, sino también en las recíprocas relaciones entre los hombres” (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 14). San Fermín consciente de que en él existía la verdad, no se doblega y muere mártir, pero consuma la auténtica verdad sabiendo perdonar.

Estamos en la fiesta de San Fermín y en la conciencia de muchos existe un sentido religioso, es decir, que la experiencia del santo impresiona por su fidelidad a Dios. Ahora bien nunca hemos de olvidar que los santos son como el imán que atraen por ser testigos de la presencia de Dios. En una ocasión una persona me espetó con petulante seguridad y firmeza: “Soy ateo y no creo en Dios, pero sí creo en San Fermín”. A lo que le respondí: “Los santos nos ayudan a creer y son mediación para aquellos que nos cuesta creer. De ahí que si crees en el que cree, ya crees”. Se me quedó mirando y se fue confortado. Los santos  no solamente aman y perdonan sino que nos embelesan tanto que, ante ellos,  no podemos resistirnos a no creer. Son como el rayo de luz que procede del sol. No es el sol pero su luz procede del sol.

El santo, al ser luz procedente de la Luz que es Cristo, tiene la cualidad de disipar las tinieblas. “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Cristo deja el testigo, de esta luz, a los santos: “Vosotros sois la luz del mundo…Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14-16). Muchas veces me digo: “¿Cómo es posible que San Fermín se le siga recordando después  de tantos siglos que vivió?” Y la respuesta siempre es la misma: “Porque supo afianzar su vida en Aquel que vive para siempre, en Cristo Resucitado”. He aquí el secreto de San Fermín al que festejamos y admiramos. Que esta fiesta sea para todos un momento de afianzamiento en la fe y que imitando a San Fermín en la fe, el amor y la misericordia le podamos aclamar: “¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!