Don Antonio, el cura de la Cárcel

Hay personas que no deberían morir nunca. Una de ellas, sin duda, fue D. Antonio Azcona Munilla, simplemente, D. Antonio, como todos le conocíamos. Entre otras encomiendas pastorales, fue capellán de la cárcel de Pamplona, dedicado a la labor evangélica de atender humana y espiritualmente a las personas privadas de libertad, a los presos y presas que por allí pasaron. Dedicó más de treinta años a escuchar, a valorar, a compartir su vida y a querer con locura a todas aquellas personas que un día erraron en su vida y dieron con sus huesos en la cárcel.

“Cuando le conocí lo que más me llamó la atención fue su limpia y abierta sonrisa y sobre todo cómo le brillaban los ojos cuando hablaba de los internos de la cárcel de Pamplona, se sentía padre y pastor de todos y cada uno de ellos” El evangelista Mateo nos dice que si vestimos al desnudo, damos de comer al hambriento, visitamos al que se encuentra enfermo, se lo hacemos al propio Jesús; pero a veces se nos olvida que estos versículos también dicen que si visitamos al encarcelado visitamos al mismo Jesús. Y esto es lo que hizo D. Antonio, atender al indigente, al enfermo, al que se encuentra solo, al toxicómano, en una palabra, al preso y ver en ellos el rostro sufriente de Jesús. Estaba enamorado de ellos, porque lo estaba de Jesús de Nazaret, a quien un día él le dijo “sí” en su ordenación sacerdotal.

Treinta y dos años de capellán de la cárcel, con sus meses y sus días, cargando con el dolor y pesar de tantas personas a las que entregó su amor y su amistad. Pero lejos de pesarle como una losa sus problemas, miserias y pecados, él estaba feliz, inmensamente feliz, sabía lo que hacía y éste era su camino. D. Antonio supo de la crueldad humana, pero también de su bondad, de su pobreza y arrepentimiento y de mucha, mucha soledad…

Cuando le conocí lo que más me llamó la atención fue su limpia y abierta sonrisa y sobre todo cómo le brillaban los ojos cuando hablaba de los internos de la cárcel de Pamplona, se sentía padre y pastor de todos y cada uno de ellos. Al tiempo, me hice voluntaria de la Pastoral Penitenciaria y pude comprobar in situ, todo lo que voy recordando de él. Recuerdo cómo en cuanto él entraba a la galería, todos querían hablar con él, abrazarlo, contarle cómo iban sus cosas, sus recursos, sus familias. En definitiva, un padre que entrega amor a todos sus hijos.

“Y esto es lo que hizo D. Antonio, atender al indigente, al enfermo, al que se encuentra solo, al toxicómano, en una palabra, al preso y ver en ellos el rostro sufriente de Jesús”
Hay muchas anécdotas de mis años junto a él, que quedan en la memoria personal, pero lo que siempre recuerdo son sus frases siempre llenas de certeza y experiencia. Solía decir que “la cárcel no sirve para nada, que lo único que rehabilita al ser humano es el amor” lógicamente el Amor de Dios y no lo decía por decir, tuvo muchos años para comprobarlo. También yo lo pienso, sólo añadiría que lo que verdaderamente ayuda cuando una persona entra en la cárcel es que se encuentre consigo mismo y con Dios y esto sí que cambiará su vida.

En sus charlas también solía contar una anécdota. Un día él entraba en la cárcel, como cada día y por allí pasó una madre con una niña. La niña, al ver la cárcel, preguntó a su madre qué era aquel edificio y la madre le contestó que era una cárcel y que allí se encontraban los malos. Y D. Antonio decía que no, que allí no estaban los malos, sino los pobres. Éste es un bonito tema para reflexionar.

Otra de sus frases favoritas que repetía fue una del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, que dice: “No tenéis ternura, sólo tenéis justicia, por eso sois injustos”. Y es que una justicia separada del amor, corre el peligro de ser inhumana, vacía…

D. Antonio ha sido ejemplo de cristiano comprometido con los que más necesitan de nuestra ternura, apoyo, comprensión y compañía para salir del bache y del error que un día cometieron para poder llegar a ser personas nuevas integradas en el mundo.

D. Antonio, gracias por el gran testimonio de amor que nos dio. Descansa en paz.

Paloma Pérez Muniáin, Voluntaria Pastoral Penitenciaria