Felix 02

Los laicos en las misiones

felix 02Todos los cristianos están llamados a evangelizar movidos por el Espíritu de Pentecostés. Cada uno muestra en el ambiente que le toca vivir el fuego del Espíritu que le impulsa a ser misionero dando un ejemplo de vida cristiana y proclamando el Evangelio de Jesucristo con la caridad de sus obras. Todos podemos y debemos ser misioneros.

Algunos se sienten llamados a dar testimonio y van a las misiones. Los laicos siempre han sido pioneros, junto con los religiosos y sacerdotes en la tarea evangelizadora. En nuestros tiempos crece de forma clara en número de voluntarios que van a las misiones porque sienten en su corazón un impulso del Espíritu muy especial.

Desde Navarra siguen saliendo cada año un buen número. Unos son más estables y otros más temporales. Hay  entre ellos matrimonios y familias  enteras, laicos no casados, jóvenes estudiantes, profesionales recién titulados, especialmente en el campo de la educación, la medicina y  las artes y oficios.  Los jóvenes aprovechan los meses de vacaciones veraniegas para hacer experiencias inolvidables que marcan sus vidas. Quieren hacer algo por los demás para evangelizar.

Resulta que siempre vuelven evangelizados por los pobres y sencillos. Estas experiencias revitalizan nuestras comunidades cristianas porque perciben de primera mano que la evangelización corresponde a todos los cristianos y que se puede realizar de muchas maneras. Santa Teresita del Niño Jesús nunca fue a las misiones, sin embargo es copatrona junto con San Francisco Javier.

Así se puede decir que las señoras de nuestro ropero misionero son misioneras, lo mismo que la dependienta de la tienda de ropa de niños que se las arregla para enviar vestidos, o los chicos de los colegios que recogen alimentos, o los farmaceúticos que guardan medicinas para enviar contenedores. En esta lista de misioneros están también las personas que rezan por los misioneros y con su pensamiento les acompañan para que sean valientes. Ni que decir tiene, que los enfermos que ofrecen sus dolores, unidos a los de Cristo, son la palanca misionera más potente. Cuando las comunidades cristianas tienen espíritu de misión, realizada cerca o lejos, demuestran que están vivas. Cuando viven mirándose a sí mismas, dice el Papa Francisco, se quedan marchitas.
Un matrimonio, ambos enfermeros, del Alto Adige (Italia), que no conseguían tener hijos, se lanzaron a la aventura de las misiones. Comenzaron abriendo una posta sanitaria en un arenal rodeado de casas de barro, paja, cartón y hojalata. Más tarde aquella posta se convirtió en un hospital excelente, que ellos abandonaron cuando funcionaba bien y se fueron a iniciar un orfanato. En medio de tantos “hijos adoptivos” Dios les bendijo con una querida hija de sus entrañas. Volvían de tanto en tanto a su tierra.

Los lugareños ponderaban su trabajo en las misiones. Ellos respondían que su mayor satisfacción era haber hecho de su comunidad de origen una Iglesia con conciencia misionera.

No sólo les habían enseñado a ser generosos con sus euros para construir  la posta, el hospital y el orfanato sino a sentirse hermanos de quienes gracias a ellos iban creyendo en Jesucristo. La actividad de los dos enfermeros llenó de vitalidad su parroquia.

Como estos laicos hay muchos por todo el mundo. Les decía un misionero a unas chicas que volvían de una experiencia veraniega en las misiones: Si habéis aprendido a cambiar algunos criterios ya habéis misionado bien.
Una de ellas afirmó que las tiendas de ropa de marcas no la iban a volver a ver. Otra dejó en la misión sus variadas camisetas de colores con firma de autor y hasta sus zapatillas de deportes. Volvió en chancletas. En su casa entendieron muy gozosos lo que había pasado. Después vieron que todas las comidas le parecían excelentes y que le parecía un insulto  que le preguntasen qué comida le apetecía más.

Son pequeños milagros de las misiones. O quizás grandes… Porque ¿quién sabe qué porvenir tan maravilloso le espera al laico que lleva encendido en su corazón el Espíritu de Pentecostés, el espíritu de las misiones? n

Félix García de Eulate, desde Benín