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Ordenación de cinco nuevos diáconos

La ceremonia de ordenación de estos cinco seminaristas tuvo lugar el pasado domingo, solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, en la Catedral de Santa María la Real de Pamplona. El acto de ordenación diaconal fue presidido por el Señor Arzobispo, Mons. Francisco Pérez, quien estuvo acompañado por el Obispo Auxiliar, Mons. Juan Antonio Aznárez, así como por numerosos sacerdotes.

La Seo pamplonesa se llenó de fieles, entre los que se encontraban familiares y amigos de los cinco seminaristas, que quisieron acompañar a José Antonio Apecechea, natural de Goizueta de 55 años; Javier Domínguez, natural de Barañáin de 26 años; Íñigo Serrano, natural de Sesma de 30 años; Alejandro Zuza, natural de Pamplona de 31 años y Pablo Serrano, natural de Torrent (Valencia), en esta ceremonia de ordenación.

Durante la homilía, el Señor Arzobispo recordó la importancia de las familias cristianas, lugar donde surgen las vocaciones sacerdotales. Además, les explicó los dos aspectos más destacados del diaconado: la promesa del celibato y su vocación de servicio. “Vuestra diaconía tiene como objeto los más necesitados, los que sufren, los que se sienten solos; en este servicio se pone de manifiesto nuestro amor a Dios y al prójimo” afirmó don Francisco.

Ya en el acto propio de la ceremonia de ordenación, el Señor Arzobispo realizó una serie de preguntas a los cinco candidatos: Si querían abrazar el diaconado, si querían abrazar la promesa de celibato, si tenían el compromiso de rezar la liturgia de las horas, etc. Tras contestar a estas preguntas, arrodillados ante el Arzobispo, los candidatos hicieron la promesa de obediencia. Después se tumbaron en el suelo y se entonó la letanía de los santos, pidiendo que intercedieran por ellos y por el nuevo servicio que iban a hacer a la Iglesia. Posteriormente, el Señor Arzobispo les impuso, individualmente, las manos. Y tras este gesto, se realizó la Oración Consagratoria, en la que Don Francisco pidió al Espíritu Santo que llegara hasta los candidatos para hacerles diáconos. Finalmente, los cinco nuevos diáconos se colocaron las vestiduras propias del diaconado, la estola cruzada y la dalmática, y se abrazaron al Arzobispo, quien les entregó el libro de los evangelios.

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