Jornada Mundial de los Pobres

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

Coincidiendo con el 33º domingo del Tiempo Ordinario, este 15 de noviembre de 2020 celebramos la IV Jornada Mundial de los Pobres, convocada por el papa Francisco con el lema «Tiende tu mano al pobre», inspirado en el libro del Eclesiástico o Sirácida (7,32). Aprovechemos esta ocasión para avivar nuestra conciencia, nuestra cercanía y nuestro compromiso con los pobres. Sugiero hacerlo a partir de la reciente encíclica Fratelli Tutti, sobre la fraternidad y la amistad social.

Acojamos, de entrada, las palabras que el Sucesor de Pedro dirige a los movimientos populares, sintiendo también nosotros la llamada a ser «poetas sociales, que trabajan, proponen, promueven y liberan» (FT 169). De este modo, sigue diciendo Su Santidad, «será posible un desarrollo humano integral, que implica superar esa idea de las políticas sociales concebidas como una política hacia los pobres pero nunca con los pobres, nunca de los pobres y mucho menos inserta en un proyecto que reunifique a los pueblos» (FT 169). En estas preposiciones encontramos un dinamismo movilizador, que no es otro que la dinámica expansiva del amor universal (cfr. FT 91).

En primer lugar, pues, somos invitados a salir hacia los pobres. Sabemos que el amor cristiano mana «de una unión que inclina más y más hacia el otro considerándolo valioso, digno, grato y bello, más allá de las apariencias físicas o morales. El amor al otro por ser quien es, nos mueve a buscar lo mejor para su vida» (FT 94). «Hay un reconocimiento básico, esencial para caminar hacia la amistad social y la fraternidad universal: percibir cuánto vale un ser humano, cuánto vale una persona, siempre y en cualquier circunstancia» (FT 106). ¿Qué podemos hacer, en estos momentos para crecer en esta conciencia de la dignidad sagrada de los pobres, de nuestra profunda hermandad con cada uno de ellos? «Desde la intimidad de cada corazón, el amor crea vínculos y amplía la existencia cuando saca a la persona de sí misma hacia el otro» (FT 88), impulsándonos a seguir una ley de éxtasis. «El amor nos pone finalmente en tensión hacia la comunión universal» (FT 95). Un ejemplo luminoso, mencionado por el Papa al final de la encíclica, es el del beato Carlos de Foucauld, que quiso ser «el hermano universal. Pero sólo identificándose con los últimos llegó a ser hermano de todos» (FT 287).

Si vivimos este movimiento de salir hacia el otro en necesidad, llegaremos también a ser una Iglesia con los pobres. El papa Francisco, con su sencillez y profundidad habituales, nos recuerda: «El sentarse a escuchar a otro, característico de un encuentro humano, es un paradigma de actitud receptiva, de quien supera el narcisismo y recibe al otro, le presta atención, lo acoge en el propio círculo» (FT 48). Y añade: «cuando se acoge de corazón a la persona diferente, se le permite seguir siendo ella misma, al tiempo que se le da la posibilidad de un nuevo desarrollo» (FT 134). Por eso «la procura de la amistad social no implica solamente el acercamiento entre grupos sociales distanciados a partir de algún pe­río­do conflictivo de la historia, sino también la búsqueda de un reencuentro con los sectores más empobrecidos y vulnerables» (FT 233). «Como enseñaron los Obispos latinoamericanos, solo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres» (FT 234). De la cultura popular y de la tradición cristiana podemos recoger un ejemplo: «La hospitalidad es un modo concreto de no privarse de este desafío y de este don que es el encuentro con la humanidad más allá del propio grupo» (FT 90).

Ojalá que esta Jornada se convierta para nuestra conciencia creyente en un aliciente, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda.

Un tercer paso nos llevará a ser, cada vez más auténticamente, una Iglesia de los pobres. Porque, si hay verdadero encuentro y auténtica amistad, la realidad va transformándose, haciéndose más inclusiva. «La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida» (FT 215). El Obispo de Roma ha insistido en la importancia de «desarrollar una cultura del encuentro», es decir, de lograr que «el encuentro se haga cultura». Esto supone reconocer que «de todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible. Esto implica incluir a las periferias» (FT 215). Pero aún hay más: «La palabra ‘cultura’ indica algo que ha penetrado en el pueblo, en sus convicciones más entrañables y en su estilo de vida. Si hablamos de una ‘cultura’ en el pueblo, eso es más que una idea o una abstracción. Incluye las ganas, el entusiasmo y finalmente una forma de vivir que caracteriza a ese conjunto humano. Entonces, hablar de ‘cultura del encuentro’ significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos. Esto se ha convertido en deseo y en estilo de vida. El sujeto de esta cultura es el pueblo, no un sector de la sociedad que busca pacificar al resto con recursos profesionales y mediáticos» (FT 216).

Al comienzo de la encíclica, el Papa se refiere explícitamente a la experiencia vivida por San Francisco de Asís: «En aquel mundo plagado de torreones de vigilancia y de murallas protectoras, las ciudades vivían guerras sangrientas entre familias poderosas, al mismo tiempo que crecían las zonas miserables de las periferias excluidas. Allí Francisco acogió la verdadera paz en su interior, se liberó de todo deseo de dominio sobre los demás, se hizo uno de los últimos y buscó vivir en armonía con todos» (FT 4).

Que el ejemplo de este insigne santo nos impulse también a nosotros a imitar a Jesús, que no se dedicó a elaborar teorías, fabricar estrategias o redactar discursos sobre la pobreza, sino que asumió la condición de siervo y amó hasta el extremo a los pobres, que somos todos los necesitados de su redención. Lo hizo de verdad, sin alambicadas retóricas.

Ojalá que esta Jornada se convierta para nuestra conciencia creyente en un aliciente, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Busquemos auxiliar a los débiles y necesitados, sabiendo que de este modo estamos siguiendo las huellas del divino Maestro, que supo cuidarlos realmente.

Que sea el amor al Hijo de Dios el que nos impulse a ponernos en el lugar de los menesterosos y a aliviar sus padecimientos. Veamos en los desfavorecidos el rostro de Cristo y los ayudaremos con decisión y humildad. Nos pueden inspirar las palabras de san Agustín: «La imagen del César está en la moneda, la imagen de Dios está en ti. Si lloras cuando pierdes la moneda, por haber perdido la imagen del César, ¿no lloras cuando adoras un ídolo porque dañas en ti a la imagen de Dios?» (Sermo 113A: Misc. Ag. 1, 149). Cuidemos, pues, la imagen de Dios en nosotros y en nuestros hermanos; haciéndolo, encontraremos asimismo fuerzas para socorrerlos y no simplemente para hablar de ellos, como hacen las estadísticas o las encuestas.

Ser auténticos discípulos del Señor comporta no quedarnos lastrados por la avidez y que nuestras manos se distingan por una particular atención a los marginados. Quedar magnetizados por el ejemplo del Redentor significa trabajar para que los desvalidos recobren su dignidad. De la gracia del Salvador brota inspiración, vigor y aliento para ser cada vez más miembros de una Iglesia hacia, con y de los pobres. En este camino nos encontraremos con la compañía de la Virgen Santísima, a la que podemos invocar confiadamente como «Madre de los pobres». Ella conoce de cerca las penurias y contrariedades de quienes están marginados. Ella supo lo que es el rechazo y la insensibilidad, dando a luz al Hijo de Dios en un establo, sufriendo la amenaza de Herodes, huyendo con José y Jesús a otro país. Recurramos a su poderosa y materna intercesión, para que los indigentes de este mundo descubran en nuestra mano tendida un abrazo de sincera fraternidad y renovada comunión.

Artículo publicado en el Semanario La Verdad de la diócesis de Pamplona-Tudela
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