Revolución francesa, revolución franciscana

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Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

Libertad, igualdad, fraternidad”. Con este conocido lema se puede resumir la propuesta de la Revolución Francesa de 1789. En los dos siglos posteriores la política internacional ha basculado entre quienes subrayan, sobre todo, la libertad y los que son, más bien, partidarios de la igualdad (aunque, por supuesto, no se oponen ambas). En el camino casi todos parecen haber olvidado la importancia de la fraternidad, que constituye precisamente el foco de la encíclica Fratelli Tutti, publicada por el papa Francisco en el mes de octubre de 2020. Haciendo, pues, un sencillo juego de palabras, podríamos hablar de la revolución franciscana, en contraste con la añeja Revolución Francesa. Veámoslo con algo más de detalle.

Sobre la libertad
En el capítulo quinto de la Fratelli Tutti se dedica una sección a analizar los “valores y límites de las visiones liberales” (FT 163-169). Allí se aleja de “las visiones liberales individualistas, donde la sociedad es considerada una mera suma de intereses que coexisten. Hablan de respeto a las libertades, pero sin la raíz de una narrativa común” (FT 163). Por el contrario, la visión cristiana subraya la necesidad de respetar siempre la dignidad humana, lo cual “exige un Estado presente y activo, e instituciones de la sociedad civil que vayan más allá de la libertad de los mecanismos eficientistas de determinados sistemas económicos, políticos o ideológicos, porque realmente se orientan en primer lugar a las personas y al bien común” (FT 108).
Es decir, que la encíclica (como siempre ha hecho la Doctrina Social de la Iglesia) valora la libertad y, al mismo tiempo, pide una visión correcta de la misma, advirtiendo de sus posibles interpretaciones unilaterales o interesadas. “El derecho de algunos a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima de los derechos de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres, ni tampoco del respeto al medio ambiente, puesto que quien se apropia algo es solo para administrarlo en bien de todos” (FT 122). Dos ejemplos concretos de la historia reciente lo muestran con crudeza. Tras la crisis de 2007-2008, “parece que las verdaderas estrategias que se desarrollaron posteriormente en el mundo se orientaron a más individualismo, a más desintegración, a más libertad para los verdaderos poderosos que siempre encuentran la manera de salir indemnes” (FT 170). La actual crisis del coronavirus muestra que “la fragilidad de los sistemas mundiales frente a las pandemias ha evidenciado que no todo se resuelve con la libertad de mercado y que, además de rehabilitar una sana política que no esté sometida al dictado de las finanzas, tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos” (FT 168).
Más allá del ámbito económico, la encíclica advierte del riesgo de una información sin sabiduría, de las ambigüedades de los medios de comunicación social, que se han visto agudizadas por el uso aplastante de Internet. En este contexto, el Papa señala que “la libertad es una ilusión que nos venden y que se confunde con la libertad de navegar frente a una pantalla. El problema es que un camino de fraternidad, local y universal, solo puede ser recorrido por espíritus libres y dispuestos a encuentros reales” (FT 50).

Sobre la igualdad
También la igualdad sirve como principio orientador de la convivencia y como reto que nos obliga a mirar con ojos críticos nuestro modelo de sociedad. Sabemos que la ciudadanía “se basa en la igualdad de derechos y deberes bajo cuya protección todos disfrutan de la justicia” (FT 131) y que, por tanto, “no hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales” (FT 209). Pero, en la práctica, “muchas veces se percibe que, de hecho, los derechos humanos no son iguales para todos” (FT 22) y podemos preguntarnos, con razón, “si verdaderamente la igual dignidad de todos los seres humanos, proclamada solemnemente hace 70 años, es reconocida, respetada, protegida y promovida en todas las circunstancias. […] ¿Qué dice esto acerca de la igualdad de derechos fundada en la misma dignidad humana?” (FT 22).
Como en el caso de la libertad, puede haber errores y desenfoques en el modo de entender la igualdad. Por ejemplo, no se trata de proponer “un universalismo autoritario y abstracto, digitado o planificado por algunos y presentado como un supuesto sueño en orden a homogeneizar, dominar y expoliar. Hay un modelo de globalización que conscientemente apunta a la uniformidad unidimensional y busca eliminar todas las diferencias y tradiciones en una búsqueda superficial de la unidad” (FT 100). Por el contrario: “Cuánto necesita aprender nuestra familia humana a vivir juntos en armonía y paz sin necesidad de que tengamos que ser todos igualitos” (FT 100).
“Tampoco la igualdad se logra definiendo en abstracto que ‘todos los seres humanos son iguales’, sino que es el resultado del cultivo consciente y pedagógico de la fraternidad” (FT 104). De hecho, “el individualismo no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. La mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad. Ni siquiera puede preservarnos de tantos males que cada vez se vuelven más globales. Pero el individualismo radical es el virus más difícil de vencer. Engaña. Nos hace creer que todo consiste en dar rienda suelta a las propias ambiciones, como si acumulando ambiciones y seguridades individuales pudiéramos construir el bien común” (FT 105).

Sobre la fraternidad
Toda la encíclica Fratelli Tutti es un canto a la amistad social y a la fraternidad. Recojamos, ahora, solo algunas frases que ayuden a iluminar nuestro tema. En el nivel práctico, es claro que “los sueños de la libertad, la igualdad y la fraternidad pueden quedar en el nivel de las meras formalidades, porque no son efectivamente para todos” (FT 219). En el plano teórico, además, sabemos que “la razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad” (FT 272).
“La fraternidad no es solo resultado de condiciones de respeto a las libertades individuales, ni siquiera de cierta equidad administrada. Si bien son condiciones de posibilidad no bastan para que ella surja como resultado necesario. La fraternidad tiene algo positivo que ofrecer a la libertad y a la igualdad. ¿Qué ocurre sin la fraternidad cultivada conscientemente, sin una voluntad política de fraternidad, traducida en una educación para la fraternidad, para el diálogo, para el descubrimiento de la reciprocidad y el enriquecimiento mutuo como valores? Lo que sucede es que la libertad enflaquece, resultando así más una condición de soledad, de pura autonomía para pertenecer a alguien o a algo, o solo para poseer y disfrutar. Esto no agota en absoluto la riqueza de la libertad que está orientada sobre todo al amor” (FT 103).

No olvidemos estas palabras. Interioricémoslas y recemos a su luz, con toda humildad, pidiendo a Dios que derrame abundantemente su amor en nuestros corazones, para que, como hijos suyos, tratemos a los que nos rodean como auténticos hermanos.

Artículo publicado en el Semanario La Verdad de la diócesis de Pamplona-Tudela
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