Frente al hambre, nuestras acciones son nuestro futuro

El Día Mundial de la Alimentación, que cada año tiene lugar el 16 de octubre, en esta ocasión se ha celebrado con el lema “Nuestras acciones son nuestro futuro. Mejor producción, mejor nutrición, un mejor medio ambiente y una vida mejor”. Dicha iniciativa internacional nos alienta a presentar algunos datos del último informe publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), titulado “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2021”, al tiempo que ofrecemos algunas reflexiones de la mano del magisterio del Papa Francisco.

Necesitamos ante todo una mejor producción de alimentos para lograr el objetivo n. 2 de la Agenda de la ONU en orden a alcanzar el Hambre Cero en el año 2030. Ahora bien, junto al aumento de la producción, se requiere asimismo un mejor acceso y distribución de los alimentos, así como la preservación de la biodiversidad. Por ello, señala el Obispo de Roma, “es imperioso promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial. Por ejemplo, hay una gran variedad de sistemas alimentarios campesinos y de pequeña escala que sigue alimentando a la mayor parte de la población mundial, utilizando una baja proporción del territorio y del agua, y produciendo menos residuos, sea en pequeñas parcelas agrícolas, huertas, caza y recolección silvestre o pesca artesanal” (Laudato Si’, n. 129). En este sentido, uno de los datos más clamorosos del citado Informe de la FAO se refiere a la persistencia de las desigualdades regionales. Más de la mitad de la población subalimentada en nuestro planeta se concentra en Asia (418 millones) y más de un tercio, en África (282 millones). Cerca de una de cada cinco personas (el 21% de la población) padeció hambre en África en 2020, más del doble que en cualquier otra región; además, esa cifra ha aumentado 3 puntos porcentuales en un año. En su Mensaje para el Día Mundial de la Alimentación 2021, el Papa indica sin rodeos que “la lucha contra el hambre exige superar la fría lógica del mercado, centrada ávidamente en el mero beneficio económico y en la reducción de los alimentos a una mercancía más, y afianzar la lógica de la solidaridad”.

En segundo lugar, necesitamos una mejor nutrición. Alrededor del 10% de la población mundial, unos 811 millones de personas, está desnutrida. Si nos fijamos en el número de personas que no obtiene una alimentación sana y adecuada, la cifra asciende a unos 2.400 millones, lo cual significa casi una tercera parte de la población mundial. Concretamente, y debido al impacto de la pandemia en la economía mundial, el número estimado de personas que sufrirán desnutrición en 2030 aumentará en 30 millones. Según el Informe de la FAO en 2021, el 42% de la población mundial (3.000 millones de personas) no puede acceder a dietas saludables. En África, esa cifra porcentual es del 80%, mientras que en Asia sudoriental y en el Caribe es casi del 50%. El mismo informe estima que, en 2020, el 22% de los niños menores de cinco años se vio afectado por retraso del crecimiento, el 6,7% por emaciación y el 5,7% por sobrepeso. Esto muestra que, en el mundo, hay más de 340 millones de niños y adolescentes (de 5 a 19 años) con sobrepeso u obesidad.

El tercer aspecto apunta a la necesidad de un mejor medio ambiente. Se trata de un tema acerca del que hemos ido ganando conciencia en los últimos años, pero que también nos recuerda lo mucho que queda para lograr una verdadera conversión ecológica y social. En 2018, el Informe anual de la FAO se centró en mostrar cómo la variabilidad y las condiciones extremas del clima se encuentran entre los principales factores responsables de los recientes aumentos del hambre a escala mundial y entre las principales causas de graves crisis alimentarias, así como entre los factores que contribuyen a los alarmantes niveles de malnutrición de los últimos años. El Informe de este año subraya que la malnutrición sufre el demoledor impacto de tres factores (frecuencia e intensidad de los conflictos; variabilidad y condiciones extremas del clima; desaceleraciones y debilitamientos de la economía), junto con la desigualdad de ingresos, que empeora sus efectos. No es casual, por tanto, que en su Discurso a los participantes en la reunión interparlamentaria preparatoria de la COP26, el pasado 9 de octubre, Su Santidad invitara “a promover la transición a la energía limpia; a adoptar prácticas de uso sostenible de la tierra que preserven los bosques y la biodiversidad; a favorecer sistemas alimentarios que respeten el medio ambiente y las culturas locales; a continuar la lucha contra el hambre y la malnutrición; y a apoyar estilos de vida, consumo y producción sostenibles”.

En definitiva, todo esto apunta a la necesidad de una vida mejor. Vida sana, vida abundante, vida plena, vida para todas las personas. Palabras bonitas que anhelamos, pero que lamentablemente aún están lejos de hacerse realidad en nuestro mundo. El Informe de la FAO advierte que la inseguridad alimentaria moderada o grave lleva seis años aumentando lentamente y afecta ahora a más del 30% de la población mundial (y al 60% de la población africana). Sí, el hambre está golpeando con más ferocidad y a más personas, en vez de retroceder. Es un auténtico fracaso de la humanidad conocer esto. No podemos llamarlo de otro modo. Y son muchas las personas de buena voluntad que gritan con fuerza para zanjar esta injusticia. Que la humanidad esté dando pasos veloces y notorios en la conquista del espacio estelar, que se estén incrementando en numerosas naciones los fondos destinados al desarrollo armamentístico o a financiar cuestionables campos científicos y técnicos, mientras que el hambre sigue martilleando funestamente a los más débiles de nuestro mundo, ampliando su nociva incidencia en vez de erradicarla de una vez por todas, es un escándalo enorme del que las generaciones futuras nos pedirán cuentas. En cambio, esta lacra se vería aminorada, o vencida totalmente, si reconociéramos que nuestras vidas están entrelazadas: “Cada persona que nace en un contexto determinado se sabe perteneciente a una familia más grande sin la que no es posible comprenderse en plenitud” (Fratelli Tutti, n.149). Solo podemos aspirar a una vida mejor si esta llega a todos, si nadie queda atrás, tirado en la cuneta de la vida, al margen de la dignidad propia de todo ser humano.

Para que tomemos más en serio la lucha contra el hambre y la miseria, poniendo de nuestra parte lo mejor de nosotros mismos, viene bien no olvidar las siguientes palabras del Sucesor de Pedro en su Mensaje para el Día Mundial de la Alimentación 2021: “Me gustaría señalar cuatro ámbitos en los que es urgente actuar: en el campo, en el mar, en la mesa y en la reducción de las pérdidas y el desperdicio de alimentos. Nuestros estilos de vida y prácticas de consumo cotidianas influyen en la dinámica global y medioambiental, pero si aspiramos a un cambio real, debemos instar a productores y consumidores a tomar decisiones éticas y sostenibles y concienciar a las generaciones más jóvenes del importante papel que desempeñan para hacer realidad un mundo sin hambre. Cada uno de nosotros puede brindar su aportación a esta noble causa, empezando por nuestra vida cotidiana y los gestos más sencillos. Conocer nuestra Casa Común, protegerla y ser conscientes de su importancia es el primer paso para ser custodios y promotores del medio ambiente”. Sí, nuestras acciones son nuestro futuro, un futuro que comienza ya hoy con nuestro real compromiso y una generosidad sin fisuras.

 

Mons. Fernando Chica Arellano, Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO

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