Que Haití no caiga en el olvido

Leer la prensa, oír la radio o mirar la televisión es entrar en un torbellino de noticias que se suceden con la velocidad de un rayo. Puede que la vorágine mediática, la multiplicación de las urgencias, no nos permita auscultar el quejido de un pueblo que viene padeciendo desde hace tiempo. Me estoy refiriendo a Haití, una tierra martirizada por enormes dificultades.
El jueves 4 de noviembre 2021 una radio local haitiana difundía la noticia de un alumno herido en el colegio Thomassin Victor, en Puerto Príncipe, la capital del país. El niño recibió una bala en el brazo mientras estaba en su escuela. No se conocen más detalles, aunque lo más probable es que nadie sepa nunca la procedencia del proyectil, ni quién lo disparó, ni el porqué.
Es un triste ejemplo del nivel de absurdo al cual la situación haitiana nos tiene acostumbrados. Una situación cada vez más deshumana e insostenible, como lo han denunciado repetidamente el Santo Padre, el Secretario General de la ONU, el presidente de la Conferencia Episcopal Haitiana y un sinnúmero de voces a partir de la sociedad civil, la comunidad internacional, la Iglesia, las oenegés y los medios de comunicación.
Las contrariedades que laceran Haití son tan numerosas y crueles que su territorio parece concentrar la saña simultánea de todas las plagas de la humanidad: deterioro macroeconómico, con inflación creciente y poder adquisitivo en plena erosión; inestabilidad política; malestar y falta de cohesión social; infraestructuras escasas, pobres y obsoletas; servicios básicos insuficientes o inaccesibles a la gran mayoría de la gente; carencia estructural de recursos fiscales y de inversión internacional (en 2020, la República Dominicana atrajo 25 veces más inversiones extranjeras que Haití); pérdida continua de recursos humanos cualificados y/o aptos para el trabajo, ya sea por razones migratorias o por la tentación de ganancias fáciles por vías criminales. Son desdichas que soporta una nación en la que el 25% de su población vive con menos de dos dólares al día. Toda esa gente quedó atónita el pasado 7 de julio al enterarse de que su presidente, Jovenel Moïse, era asesinado en su propia residencia por manos que, meses después, siguen siendo ignotas. A pocas semanas del magnicidio, un terremoto de 7,2 grados Richter afectó a unas 800.000 personas, causó 13.000 heridos y más de 2.200 muertos en el sur del país, donde ahora se encuentra un millón más de personas privadas de lo necesario para sobrevivir.
Este cúmulo de factores sería fatal para cualquier país del mundo, ya que son hontanar de un círculo vicioso de pobreza y desventura. Por desgracia, los problemas más devastadores e infaustos de esa región caribeña no han quedado registrados en la lista anterior. Haití es el país más vulnerable del mundo a eventos naturales extremos, si se considera también su capacidad de resiliencia. La variante Delta está golpeando a la población que, hasta ahora, parecía haber sido milagrosamente olvidada por el COVID-19. La peste porcina, contra la cual no existe remedio, se está difundiendo y acabará con los últimos ahorros de los pequeños agricultores familiares haitianos, cuya producción ya no llega a cubrir ni la mitad de la demanda interna. Por último, y no por ello menos importante, los haitianos conviven con azotes de violencia abrumadores. Estamos hablando del primer país en el mundo por secuestros de personas. Su población entera es rehén de bandas armadas y de criminales sin escrúpulos. Algunos de ellos quieren ser tratados como líderes políticos; otros, que sus bandas sean reconocidas como organizaciones terroristas, para ganar la atención de financiadores más poderosos todavía y acceder a mercados de armas de guerra aún más sofisticadas y asesinas. Las bandas armadas están conduciendo a Haití a la parálisis económica y social.
El secuestro de 17 ciudadanos norteamericanos y canadienses, a mediados del pasado mes de octubre, ha colocado en la vanguardia de la atención pública internacional un problema que, desde años y con intensidad creciente, está masacrando a la entera población, condenándola a vivir en la angustia y el terror. Cada cual, al salir de su casa por la mañana, no sabe si podrá regresar a salvo a su hogar por la noche. El transporte público se ve cada día más en el punto de mira. Las bandas se están apoderado del tránsito de combustibles, de los que depende el país entero: transporte, luz, electricidad, teléfonos, wi-fi, respiradores, todo. Los hospitales no tienen ya reservas para hacer andar los generadores durante las cirugías. Las unidades de cuidado intensivo no pueden funcionar sin luz y la luz depende del combustible fósil. La única fábrica de oxígeno del país ha dejado de producir.
Lo que se está consumando en esa tierra caribeña es una tragedia silenciosa, desgarradora e interminable. En este contexto de inseguridad y de penuria económica, la malnutrición y el hambre hacen estragos. El país ya tenía alrededor de 4,4 millones de habitantes en situación de inseguridad alimentaria aguda a mediados de 2021. Hablamos de más del 40% de la población de Haití. De ellos, 1.160.000 personas se enfrentaban a niveles de debilidad extrema, o sea, se encontraban en riesgo real de morirse de hambre o de sus consecuencias directas. La mortalidad infantil es igualmente alarmante: 72 de cada mil niños fallecen antes de cumplir su primer lustro de vida.
¿Cómo ha podido darse tan macabro espectáculo en el corazón de un continente tan próspero y dinámico, a un puñado de millas de las costas norteamericanas? Es un argumento de no fácil comprensión, intrincado en su análisis por el marasmo de su complejidad. Sin duda, el pueblo haitiano ha aguantado un sinnúmero de injusticias en sus 215 años de andadura, una vez alcanzada su independencia. A pesar de los muchos esfuerzos realizados, parece seguir en búsqueda de su propio equilibrio interno, de un benéfico proyecto común, compartido serenamente por la mayoría de su gente. Elaborarlo exige grandes dosis de estabilidad social, política y económica; reclama un panorama de seguridad y de certeza jurídica. Son condiciones indispensables para el despliegue de cualquier fórmula de crecimiento político, económico y social, también de conciencia colectiva, de convivencia de un pueblo.
En esta coyuntura la comunidad internacional, unas veces con más éxito y otras con menos, ha tendido su mano, pero las necesidades se multiplican, pues no se trata de interferir en las decisiones internas de la política nacional. Los organismos de Naciones Unidas concentran la mayor parte de sus iniciativas en la asistencia humanitaria: vacunas, alimentos, medicinas. En ocasiones han de enfrentarse a grandes dilemas, por ejemplo, en la importación de alimentos frente a graves carestías, cuando esas importaciones minan la producción local. Según el PMA, importar una tonelada de arroz cuesta entre 600 y 900 dólares, mientras que comprar la localmente cuesta entre 1.300 y 2.000 dólares. ¿Qué priorizar entre la respuesta al hambre de hoy y la capacidad de eliminarla mañana?
La FAO, el PMA, el FIDA, ACNUR, la OIM, UNICEF y otras agencias de la ONU llevan lustros ocupándose de esta sacrificada tierra, dedicando fondos tanto para las emergencias como para el desarrollo inclusivo, resiliente y sostenible de la zona.
Variadas entidades públicas y privadas también realizan allí su quehacer o han patrocinado proyectos agrícolas, educativos, sanitarios, etc.
La Iglesia no queda a la zaga a la hora de salir al encuentro de los menesterosos. Ella lleva a cabo una enorme labor a través de asociaciones parroquiales y diocesanas, institutos de vida consagrada y agencias católicas como Caritas, Catholic Relief Services, Manos Unidas, el Comité para las intervenciones caritativas a favor de los Países del Tercer Mundo de los Obispos Italianos, etc. No solo apoya a los más débiles con ayudas económicas. Se implica además mostrando su cercanía y ternura a todos con la solicitud de una madre. No son simples limosnas las que distribuye, sino que las comunidades cristianas quieren construir un futuro mejor para los hijos de esa tierra.
La Iglesia en Haití, que ha visto cómo sacerdotes, religiosos y laicos han perdido su vida en el ejercicio de su misión, desea ser un faro de luz en medio de la adversidad, un espacio de fraternidad y acogida, una fuente de esperanza que no se agota a pesar de los escollos y calamidades. La proverbial tenacidad del pueblo haitiano está fuertemente arraigada en la fe.
De distintas formas, unos y otros, cada cual como puede, no dejan de aportar su contribución, tanto financieramente como con la presencia de personal cualificado. El país, sin embargo, no termina de levantarse del abismo de indigencia en el que se encuentra sumido.
Cabe el peligro de relegar esa tierra, atraídos por otras emergencias. No podemos sucumbir a esta tentación. La magnitud de los problemas que afligen a Haití hoy en día es de tal calibre que toda ayuda es poca. Los jóvenes y los ancianos, las madres de familia, los niños de esa nación no pueden valerse por sí solos, no logran salir autónomamente de su postración. Precisan de nuestra generosidad para vivir con dignidad y mirar al porvenir sin inquietud. Se requiere para ello férrea voluntad, nobleza de espíritu, un suplemento de solidaridad, una batería de medidas incisivas y eficaces, acciones a corto y largo plazo que acaben con los flagelos que fustigan a tanta gente como se encuentra allí, abatida por la miseria.
Responder al grito desesperado del pueblo haitiano es realmente urgente. Nos alienta en esta dirección el Papa Francisco, que en un tweet del 31 de octubre pasado, volvía a dirigir su mirada a esa nación, animando a escuchar el clamor de los haitianos y salir en auxilio de su tribulación: “Pienso en la población de Haití, que vive en condiciones extremas. Les pido a los líderes de las naciones que apoyen a este país, que no lo dejen solo. Cuánto sufrimiento, cuánto dolor hay en esta tierra. ¡Oremos juntos por Haití, no los abandonemos!”. Y cuando el 15 de diciembre se produjo una terrible explosión en Cabo Haitiano, segando la vida de innumerables personas, entre ellas muchos niños, el Obispo de Roma dijo con gran pesar: “Pobre Haití, una detrás de otra, es un pueblo en sufrimiento. Recemos, recemos por Haití, es gente buena, gente buena, gente religiosa pero está sufriendo mucho. Estoy cerca de los habitantes de esa ciudad y de los familiares de las víctimas, como también de los heridos. Os invito a uniros a la oración por estos hermanos y hermanas, tan duramente probados”. Que sus palabras no caigan en el olvido. ❏

 

Mons. Fernando Chica Arellano

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