Inauguración del curso en el Seminario y en los centros de estudios diocesanos 2013 – 2014

DSC_2911La Palabra de Dios nos muestra que la sencillez del niño ha de invitarnos para mejor acercarnos a Dios y a su Palabra. Nos ponemos al fuego del Espíritu Santo en este nuevo curso. Hoy viene a nuestra memoria la figura austera, penitente y admirable de San Jerónimo. La iconografía más conocida nos lo ha presentado en la gruta de Belén donde pasó los últimos 35 años de su vida como un eremita. El gran maestro de arte Francisco Salcillo tiene una talla llena de espiritualidad y mística muy sugerente. Aparece el santo penitente con el torso descubierto, con el brazo derecho extendido apretando una piedra en la mano en actitud de golpearse el pecho, mientras tiene en la izquierda el crucifijo, que contempla fijamente con admiración y adoración. El crucifijo se apoya en la Vulgata que él tradujo del griego y el hebreo al latín; detrás se ve una calavera humana. Él está arrodillado sobre un león, ya que se cuenta que le curó una pierna atravesada por una espina y el león le acompañó en su gruta. En la parte inferior, arrojados a sus pies se ven el cappelo y las vestiduras, signos de la dignidad cardenalicia que le concedió el papa San Dámaso de quien fue secretario, y un libro de literatura de autores paganos, que tanto le había gustado leer.

Esta bella imagen está llena de símbolos que sirven para nuestra reflexión en este día al iniciar un nuevo curso académico en el Seminario, en el CSET, en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Sabiduría, humildad y amor obediencial a la Iglesia pueden ser las notas sobre las que podemos reflexionar en este día

 

SABIDURÍA

San Jerónimo fue un estudioso de las ciencias humanas y divinas. Se dedicó a un estudio constante y absorbente que le llevó a convertirse en doctor y maestro. Leía, con fruición, la literatura de los clásicos antiguos de quienes aprendió la belleza del lenguaje y los criterios metodológicos fundamentales para analizar textos. Así dominó perfectamente el latín y el griego. Para poder acercarse a las fuentes bíblicas originales se propuso aprender el hebreo que, confiesa, le resultó muy difícil: “¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y también los que vivían junto a mí. Y ahora doy gracias al Señor que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembré durante aquellos amargos estudios”.

Los Seminarios y los Centros de Estudios Eclesiásticos son ámbitos en los que se adquiere la sabiduría. Ésta consiste no sólo en hacer acopio de conocimientos de la ciencia sino en aprender a vivir, a saborear la vida. En el lenguaje bíblico, la “sabiduría” no es cosa solo de la cabeza, sino que es un conocimiento que viene desde el corazón, misterioso e intuitivo. Es el conocimiento-experiencia, que da sentido a la vida humana. Para la Sagrada Escritura esta sabiduría es saber y saborear.

Este centro y este curso son el lugar y el tiempo adecuados para asimilar la verdadera sabiduría que es cultura en conjunción armoniosa con la fe, que ilumina los interrogantes fundamentales del ser humano. Con la oración litúrgica de esta celebración pedimos que San Jerónimo nos contagie el amor a la verdad buscada en un estudio constante que nos permita adquirir unos fundamentos sólidos para potenciar y desplegar una evangelización misionera. Si enseñamos, si estudiamos, no es para inflarnos de soberbia sino para evangelizar. Pedimos que arda en nosotros aquel amor tan intenso por la Sagrada Biblia que tuvo San Jerónimo, que nos lleve a estudiar, amar, enseñar y practicar la Palabra de Dios. “Ama la sagrada Escritura y la sabiduría te amará; ámala tiernamente y te custodiará; hónrala y recibirás sus caricias” (Ep., 130,20). “Ama la ciencia de la Escritura, y no amarás los vicios de la carne” (Ep., 125,11).

HUMILDAD

El torso descubierto, la piedra en la mano, la mirada al crucifijo y la calavera humana de la escultura del Salcillo nos hablan de humildad. Nos acercamos a la verdad sin los vanidosos ropajes de las capacidades humanas, con sencillez, asumiendo con fortaleza y perseverancia la dureza del estudio, mirando a Cristo Crucificado en su anonadamiento, pensando en la futilidad pasajera de la vida.

El mejor método para acercarse a la investigación de la verdad de Dios es la humildad que consiste en reconocer que somos pobres creaturas, llenos de limitaciones e incapaces de penetrar los misterios. Dice San Agustín: “Si me preguntáis qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo, os responderé: lo primero la humildad, lo segundo la humildad y lo tercero la humildad” (Epístola 118). Decía Santa Teresa: “La humildad es la verdad”. Cuanto más humilde es una persona mejor comprende la realidad. A veces la vanidad de la ciencia obceca y vuelve necios y petulantes a los estudiosos. Recordamos cómo Dios “ha escondido la sabiduría verdadera a los sabios y entendidos y la ha revelado a la gente sencilla y cómo eligió a los débiles del mundo para confundir a los fuertes” (1 Cor., 1, 27).

Es conocida la anécdota que cuenta cómo una noche de Navidad Jerónimo conversaba con el Niño Jesús que le decía: ¿Qué me vas a regalar en mi cumpleaños? Jerónimo le ofreció su salud, su fama, su honor, sus bienes, el tiempo empleado en estudiar las Sagradas Escrituras, sus oraciones, penitencias y privaciones, su vida entera desgastada por Dios. Jesús le dijo: “Regálame tus pecados para poder perdonártelos”. Fue un buen correctivo de su engreimiento. La humildad lleva a la penitencia, que es saber pedir perdón por las deficiencias, fallos y debilidades. La penitencia siempre aterriza en propósito de la enmienda, de superarse, corregirse y mejorar.

AMOR OBEDIENCIAL A LA IGLESIA

Finalmente miremos los objetos que aparecen en el suelo del conjunto escultórico que hoy contemplamos: las insignias cardenalicias y un libro de autores clásicos paganos. No expresan desprecio ni de la organización de la Iglesia ni de la cultura. Indican desapego de los honores por amor, obediencia y fidelidad y orden de los valores de la cultura ante la fe y el Evangelio. Estos signos nos hablan de amor obediencial a la Iglesia.

Cuando San Jerónimo tuvo que intervenir en disputas doctrinales y disciplinarias le escribió dos cartas al Papa San Dámaso: “Estoy con quien esté unido a la cátedra de Pedro”. “Ordenadme, si tenéis a bien, lo que yo debo hacer”. Su método de exégesis e interpretación de las Sagradas Escrituras tenía como fundamento estar en sintonía con el Magisterio de la Iglesia Católica y en armonía con la fe. La fe tiene su parte de conocimiento pero su fundamento es el encuentro amoroso y obediencial a Dios y al Magisterio de la Santa Madre Iglesia. Por eso la enseñanza y el aprendizaje es sin personalismos ni deformaciones, manteniendo una exposición fiel, sistemática, clara y coherente para dotar de una base intelectual seria.

San Jerónimo es un buen prototipo para iniciar el curso académico. Nos invita a buscar la verdadera sabiduría con humildad y amor obediencial a la Iglesia. Tratemos de aprender en la tierra las verdades cuya consistencia permanecerá también en el cielo. Que Jesús nuestro único Maestro, y María, la sede de la sabiduría, nos acompañen siempre.