El sacerdote a la medida del corazón de Cristo

Ordenación sacerdotal de Héctor Arratibel, Jorge Tejeroy Manuel Fajardo, el pasado 21 de junio, en la Santa Catedral de Pamplona

 

En la historia de la Iglesia no han faltado las persecuciones. Ya desde sus primeros días, en Jerusalén, Esteban muere apedreado, Pedro es crucificado en Roma y tantos otros apóstoles dan testimonio con su sangre en todo el mundo. El mártir se asocia a la cruz de Jesucristo y revive lo que él testificaba y decía: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10, 28). El Concilio Vaticano II afirma que el Espíritu Santo nos ha regalado como luz, para estos tiempos de oscuridad,  el martirio que es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivamos preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia (Cfr. Lumen Gentium, n. 42).

Pero existe un martirio que no derrama sangre. Consiste en derramar la propia vida, día tras día, dando testimonio de la fe con obras. Pero esto no se consigue por propio voluntarismo sino confiando y poniendo y exponiendo la propia vida en la manos de Dios. “A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32). Este es el espíritu que ha de tener un sacerdote y que hoy vosotros vais a recibir. Ya no os pertenecéis, sois propiedad de Dios. Por esta pertenencia viviréis la OBEDIENCIA, el CELIBATO y la POBREZA. Son los consejos evangélicos que marcarán vuestra vida espiritual y pastoral.

Tal vez por el ambiente secularista que hoy nos rodea no se entiende lo que significa la OBEDIENCIA. Resulta hasta una palabra ofensiva para los oídos de un estilo de vida que se mueve por deseos y sentimentalismos. Y si a esto se añade que la creencia o la fe son algo fuera del contexto social para un ateísmo ideológico o sistemático, entonces la obediencia es algo fuera del tiempo. Sin embargo la filología de la palabra es hermosa: ob-audire, es decir en todo escuchar a Dios. La obediencia por lo tanto es la forma concreta de renovar permanentemente la propia vocación. Si amamos a Dios, le obedeceremos. Por eso antes de realizar cualquier obra o acción, lo primero que hemos de preguntarnos: ¿Estoy cumpliendo la voluntad de Dios? ¿Obedezco a Dios? Cuando obedecemos a Dios, llegamos a vivir una vida de alegría, de libertad y de responsabilidad pastoral. Y todo esto es para dar Gloria a Dios. Quien obedece no se da gloria a si mismo sino a Dios. Deja obrar a Dios. El testimonio de santidad de un sacerdote es un fuerte testimonio de amor y sabiendo que Dios está en él y obrando en el mundo.

Sabiendo que no sois propietarios de vosotros se os ofrece también la castidad en el CELIBATO. Tampoco es entendido y suena mal hablar u optar hoy por la castidad de vida y en el celibato. El hedonismo ha favorecido un estilo de vida que elimina la pureza de corazón. Sin embargo la castidad vivida en el celibato construye la vocación con una belleza y fulgor espiritual que dignifica al cuerpo como templo del Espíritu Santo. El celibato – a la luz de lo que nos habla el Concilio Vaticano II- tiene mucha conformidad con el sacerdocio. Porque toda la misión del sacerdote se dedica al servicio de la nueva humanidad, que Cristo, vencedor de la muerte, suscita en el mundo por su Espíritu. Gracias al celibato, los presbíteros adhieren a Dios más fácilmente con un corazón indiviso y se dedican más libremente en Cristo y por Cristo al servicio de Dios y de los hombres, sirven más expeditamente a su reino y a la obra de regeneración sobrenatural. ¡Cuidad, con esmero, vuestro celibato! Las tentaciones son muy sutiles puesto que el Maligno utiliza sus artimañas para confundir y para engañar. Aún más, invita a la mediocridad y a la inmadurez. Acudid a la Virgen María con el rezo del rosario y dejaros ayudar por sacerdotes sabios y expertos en la vida espiritual. Recibid asiduamente el sacramento de la reconciliación. Sed expertos en oración. El celibato es un regalo y una gracia que Dios concede. Démosle gracias y confiemos en él que nos ayudará.

Ante un materialismo tan feroz donde el dinero se convierte en una obsesión e incluso en un estilo de vida y más aún como forma exclusiva a la que dedicar la vida, hoy también se os recuerda que la POBREZA es vivir con austeridad y con la mirada puesta en los más necesitados. Vivamos con dignidad pero no con indiferencia hacia las necesidades de los fieles que se nos han encomendado. “El sacerdote sabe que su misión, como la de la Iglesia, se desarrolla en medio del mundo, y es consciente de que los bienes creados son necesarios para el desarrollo personal del ser humano. Sin embargo, el sacerdote ha de usar estos bienes con sentido de responsabilidad, moderación, recta intención y desprendimiento” (Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, nº 83, Roma, 11 febrero 2013). La pobreza va asistida por saber desoír los poderes del mundo y saber que la meta definitiva es el Cielo. La pobreza se asocia al bien y a la belleza de vida que es Dios. Y con la responsabilidad pastoral que se tenga, también se asocia a tener un orden en las cuentas parroquiales y en la comunión diocesana de bienes.

Estamos impresionados por los momentos dolorosos y purificadores por las que estamos pasando. La pandemia, el Covid19, está dejando un rastro de miedo y de preocupación existencial. En muchos se ha instalado el miedo al nuevo contagio, la sospecha sobre el otro, que puede ser portador de virus, lo que se llama el síndrome de la cabaña. Se nos clava tanto en los sentimientos y en las vivencias de cada día que podemos dejar de lado la vida interior a la que, sin duda, el Señor con su cuidado delicado nos advierte e invita a seguir profundizando. “Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado. Allí Dios atiende más a la intención que a la exterioridad de nuestras obras. Por esto, ya sea que por la contemplación salgamos de nosotros mismos para reposar en Dios, ya sea que nos ejercitemos en la práctica de las virtudes o que nos esforcemos en ser útiles a nuestro prójimo con nuestras buenas obras, hagámoslo de manera que la caridad de Cristo sea lo único que nos apremie” (San Lorenzo Justiniani, Sermón 8, en la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen: Opera 2, Venecia 1751, 38-39). Por eso invito a todos los que estamos celebrando esta hermosa liturgia, en la que tres de nuestros diáconos van a ser ordenados presbíteros, que nos pongamos la mano en el corazón y le digamos al Señor que sea él con su amor quien inunde nuestras ocupaciones y preocupaciones.

Invito también para que recemos por los nuevos presbíteros y de modo especial por los Seminarios Mayores Diocesanos de San Miguel y de Misiones Redemptoris Mater a fin de que jóvenes que se estén planteando la vocación se animen a seguir la llamada del Señor. Ruego a la Virgen Madre de los sacerdotes que nos ayude a ser misioneros proclamando las grandezas del Señor y alegrándonos de haber sido salvados por su Hijo Jesucristo.