Homilía con motivo de la apertura del Año Santo de Roncesvalles

Hoy abrimos el Jubileo que nos ha concedido el Papa Francisco con motivo de los 800 años de la consagración de la Colegiata de Roncesvalles. Podríamos decir que es el Jubileo junto a una Madre que con ternura mira a su Hijo Jesucristo y nos muestra, con su sonrisa, la alegría de ver a tantos peregrinos que parten de Roncesvalles para, etapa tras etapa, llegar a Santiago de Compostela. ¿Y qué van buscando? Muchos buscan serenar su alma, otros recuperar el tiempo perdido en cosas vanas, otros a vivir la experiencia vital de que somos peregrinos, varios comienzan una aventura paisajista y con el ánimo dispuesto a dar el abrazo al Señor Santiago, otros por razones diversas y salir de lo rutinario… Creo que finalizado el Camino la gran mayoría han experimentado un toque especial que Dios les hace en su interior. Es muy sintomático y así lo he podido comprobar, alguna vez, ejerciendo de confesor en Santiago de Compostela que se acercan muchos y siempre con el deseo de cambiar su vida. Nadie puede cumplir los mejores deseos que anidan en nuestros corazones que el Dios de la Misericordia.

Por eso el Jubileo que hoy abrimos para todos y para los que lo deseen, tiene una sola finalidad: Reconciliarnos con Dios y con los hermanos. No hay gozo mayor en la experiencia humana que sentirse amado y perdonado. Con gran sentido nos lo recuerda la primera lectura que hemos escuchado: “Fuera de ti, no hay otro Dios que cuide de todo…Porque tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace indulgente con todos…y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores” (Sb 12, 13-16). Ahora bien Dios es justo y se ofrece a sanarnos y da la ocasión de que nos convirtamos de nuestras malicias, pero no dejará de darles su merecido a los que se empecinan en su incredulidad y malicia. Este es el justo juicio de Dios.

En estos momentos que el ser humano parece arrogarse que él lo sabe todo y lo domina todo, se encuentra despojado de si por medio de un virus que se ensaña sin medida. Todos queremos que desaparezca cuánto antes y así será con el tiempo, pero tal vez esto nos puede hacer reflexionar y entender que somos vulnerables y muy limitados. Esta pandemia sobre todo nos conciencia que somos seres humanos que hayamos, en la raíz de nuestra propia naturaleza humana, una gran limitación. El Jubileo de Roncesvalles tiene esta finalidad y es la de reconocernos débiles y pecadores. “No presumamos en absoluto que somos buenos y que vivimos sin pecado. Encomiemos de tal forma la vida, que sigamos pidiendo perdón. En cambio, los hombres sin esperanza, cuanto menos piensan en sus pecados, tanto más curiosos son respecto de los ajenos. No buscan algo que corregir, sino algo para poder hablar mal de los demás. Y, como no son capaces de excusarse, están siempre dispuestos a acusar a otros” (San Agustín). El mismo San Agustín nos pone el ejemplo del rey David que no se dedicaba a husmear en los pecados ajenos. Fijaba su atención en sí mismo, y no se contentaba con palparse por fuera, sino que penetraba dentro de sí y descendía a lo más hondo de sí mismo. No pensaba en disculparse y así podía pedir perdón sin insolencia. Por eso con humildad hemos de reconocer que “el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26-27). No estamos solos sino bien acompañados en el camino de la perfección en la caridad que pasa a través de la humildad cuando nos sentimos pecadores.

Es curioso comprobar que las enseñanzas de Jesucristo nos indican las opciones que podemos tomar y hoy en el evangelio se nos recuerda –con parábolas- que Dios siembra la buena semilla pero un enemigo fue y sembró también cizaña en medio del trigo. En el proceso vital y espiritual de nuestra vida tenemos lo bueno y lo malo (el trigo y la cizaña). “Por una parte, el dueño del campo que representa a Dios y esparce la semilla buena; por otra, el enemigo que representa a Satanás y esparce la hierba mala. Los siervos querrían intervenir arrancando la cizaña; pero el dueño, que está preocupado sobre todo por salvar el grano, se opone diciendo “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo’’. Con esta imagen, Jesucristo nos dice que en este mundo el bien y el mal están entrelazados, que es imposible separarlos y extirpar todo el mal. Solo Dios puede hacer esto, y lo hará en el juicio final” (Papa Francisco, Catequesis de los miércoles, 23 de Julio 2017).

Este Jubileo de Roncesvalles ha de ayudarnos para mostrar que la vida cristiana es la mejor opción en el camino de la auténtica humanización que hoy ansía la sociedad. No desistamos de ser buena semilla y buena levadura. Los que buscan manipular, con ideas o gestos de dominio, a las leyes propias de la naturaleza y a la ley de Dios, encizañan y engañan el auténtico sentido de lo que es la verdad y la justicia. Sus propios pasos seguirán pero al final serán juzgados por sus defectos de delirio. Nada ni nadie puede desafiar a Dios, él tiene paciencia como nos muestra el evangelio, pero al final vence la verdad. El gran reto que hoy nos pide la conciencia recta y noble es seguir los caminos de la sabiduría. Y sabio es quien escruta y escudriña hasta lo más profundo de la existencia y saca la conclusión que todo pende y depende de Dios. La mejor inversión que podemos hacer en la vida es ser buena semilla. Todo lo demás sobra y es puro fracaso (pura cizaña).

El Jubileo tiene unas condiciones indispensables para podernos lucrar de él. Hay un recorrido espiritual muy profundo en el Año Jubilar de Roncesvalles. Lo primero de todo nos hemos de sentir pecadores y ejercitando la humildad realizaremos una profunda experiencia de misericordia acercándonos al sacramento de la confesión o penitencia. Las enfermedades se curan con la medicación; lo mismo ocurre con el alma enferma, a causa del pecado, que se cura con la medicina del perdón que procede de Dios en el sacramento de la misericordia divina. Y si nos sentimos débiles y frágiles a causa de nuestras miserias, también se nos ruega (y así lo manifiesta el sentido del Jubileo) que vayamos dejando las afecciones y adicciones al pecado.

Con tal purificación se requiere acercarse al encuentro del Señor en el gran misterio de amor que es la Eucaristía en la que participamos limpios y brillantes. Por eso es muy importante la Comunión sacramental de la Eucaristía. El Jubileo tiene como consecuencia ganar la indulgencia plenaria o parcial que limpia las manchas que deja el pecado. Es como cuando uno saca un clavo de la pared, deja una marca; para que quede sin rastro de mancha la pared conviene que se limpie. La indulgencia es la que deja el alma totalmente limpia. Y se puede aplicar por las almas del Purgatorio para que queden purificadas y pasen definitivamente al Cielo.

En el proceso del Jubileo de Roncesvalles y para conseguir la indulgencia plenaria, posteriormente a las purificaciones que hemos visto, se requiere estar en comunión con la Iglesia y se rezará un Credo por las intenciones del Papa Francisco. Y esto porque nos unimos en la misma fe y en el mismo Señor que nos ha dicho: “No ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra: que todos sean uno: como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17, 20-21). De ahí que un Jubileo es un Año de Gracia que purifica y alimenta el camino hacia la santidad. Deseo que este Jubileo, Año de Gracia en Roncesvalles, sea una luz en el camino de muchos peregrinos o de aquellos que se acerquen a esta hermosa tierra donde la Virgen nos espera, con ternura, en la Colegiata. ¡Feliz Año Jubilar de Roncesvalles!

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