Si tuviéramos que definir actualmente y socialmente el sentido de la Navidad bien podríamos aplicar el adagio: “Por Navidad cada oveja a su corral”. Todo viene medido según los consejos y hasta las obligaciones que marca la autoridad en salud pública. Los transeúntes por las calles dejan de pasar puesto que el horario de confinación es a tal hora de la noche. Y así cada día va marcando un modo de vida que puede causar desazón y hasta malestar anímico. Tal vez no nos hemos dado cuenta del todo hasta dónde puede llevar un simple virus para pasar de la normalidad a la anormalidad. Muchas costumbres han cambiado y ciertas formas de relación personal se han perdido por respeto al virus que puede llegar a pasar mala factura. Y así podríamos seguir dando formas y estilos de vida que antes desconocíamos. Por ahora sin duda que estamos sorprendidos de muchos hábitos que antes eran impensables. Marca tanto esta pandemia y de estas características que nos preguntamos: “¿Pasará pronto esta fuerte pesadilla?”. Las respuestas son tantas como personas puedan responder.

A pesar de tal situación podríamos afirmar que la Navidad no tiene nada que ver con la confinación. Es libre por si misma porque no se somete a los cálculos ni sociales, ni personales. La Navidad está en lo más íntimo del ser humano y todo porque el Hijo de Dios ha nacido en un pobre y humilde pesebre. Este es el lugar elegido por Dios. No hay fronteras ni confinaciones perimetrales. Se sustenta, a través de los siglos, por lo que es y no por lo que promueve la sociedad apoyada, muchas veces, por el materialismo consumista y narcotizada, en otras, por sus propios modos de ver superficiales y hedonistas. Cada ser humano es un signo vivo y palpable de la Navidad porque ha sido representado por un Niño que siendo Dios ha roto todos los esquemas de la fragilidad y de la limitación humana, superando sus obstáculos y dificultades e incluso, lo más importante, sus pecados. Ni el mismo Herodes logró apresar al Niño-Dios por mucho que se lo propuso.

Todos nos preguntamos: “¿Cómo voy a celebrar esta Navidad?” Y hay una razón fundamental que nos lleva a ser realistas y coherentes ante tal interrogante puesto que la Navidad va por dentro. No es el frenesí de los colores que iluminan las calles y las plazas, ni son los cantos que evocan un momento de fiesta, ni los regalos que adornan los árboles, ni las comidas que con tanto esmero han cocinado, ni los aplausos de paz y felicidad. Es la presencia, casi imperceptible, de un Niño que duerme en lo más profundo de nuestro ser. Es una presencia que no se siente por los resortes exteriores sino por un corazón dispuesto a acurrucar, como lo hizo en el pesebre de Belén, al Amor más grande que vino en la historia de la humanidad y que sigue presente porque así nos lo ha prometido: “No os dejaré huérfanos…Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 18-23). Dios mora en los corazones sencillos y humildes. Los pastores que fueron a Belén quedaron extasiados ante la Luz que brillaba en el Niño Dios y nadie les pudo robar esta experiencia de Amor y de Paz.

Pasa la historia, pasan las personas, pasan los acontecimientos gozosos o dolorosos, pasan los horrores de un desastre natural, pasan los avatares de las guerras o epidemias en algunas circunstancias y pasa todo lo temporal pero la Navidad siempre será Navidad porque Dios ni pasa ni se transforma, es siempre el mismo y la razón es que es eterno y su Amor nunca muere. La Navidad de este año es la misma que los años anteriores y seguirá siendo la misma en el tiempo futuro: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). A nosotros solo nos queda corresponder a este amor. “Por eso, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para su eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado” (San Roberto Belarmino, De ascensione mentis in Deum 1). ¡¡¡Feliz Navidad, Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace!!!

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