Homilía del 28 de enero, en el Seminario de Pamplona, con motivo de la fiesta de Santo Tomás de Aquino

 

Hoy celebramos la fiesta de Santo Tomás de Aquino y bien sabemos que tuvo un carisma especial puesto que asimilaba la Sagrada Escritura y llevaba, con sus estudios, a saborearla con inteligencia y sabiduría. Su ciencia no se la retenía para sí sino que lo primero que hacía era ponerse de rodillas ante el Señor Sacramentado y posteriormente a redactar lo que sentía en su interior para escribir con humildad las inspiraciones del Buen Pastor. Recuerdo que cuando yo era seminarista la experiencia de Santo Tomás me conducía como una luz especial en mis pobres estudios. Muchas veces con mis apuntes me ponía delante del Santísimo y leía ante él lo que mis profesores me habían procurado. Muchas veces hemos caído en la tentación de buscar la sabiduría por caminos de racionalización tan enclaustrada que lo único que ha podido provocar es la ciencia fría y  seca que se convierte en un campo estéril. Cuando, por el contrario, dejamos actuar al Espíritu Santo que derrama sus dones entonces la ciencia, la sabiduría y la inteligencia se iluminan de tal forma que no dejan espacio para la autocomplacencia sino para la auténtica teología.

A Dios se le conoce no por nuestros méritos sino por nuestra admiración y disponibilidad ante el gran misterio y ante el don de la razón que ha puesto Dios como semilla que vislumbra ya lo que la fe afirma y clarifica. El buen teólogo se realiza como tal cuando vive humildemente lo que ha aprendido y no convierte su saber en un ídolo oculto. “No hay que temer a la razón ni hay que temer a la fe: de la relación inseparable entre ambas está la grandeza y la elevación de la humanidad hacia sus cotas más altas” (Juan Pablo II, Fides et Ratio, 5). Santo Tomás de Aquino considera que existe un doble orden de verdades relativo a Dios: Las que sobrepasan la capacidad de la razón humana (que Dios es uno y trino, por ejemplo) y las que puedan ser alcanzadas por la razón natural (como la existencia de Dios).

Teniendo en cuenta este doble orden de conocimiento podemos distinguir dos tipos distintos de teología (aunque a Santo Tomás le gustaba más decir ‘doctrina sagrada’ o ‘doctrina cristiana’): La teología racional o natural que intenta llegar a Dios a partir de las fuerzas meramente naturales como es la razón y la teología sobrenatural o teología de la fe que tiene como fundamento las verdades reveladas y la fe. No hemos de olvidar que “la fe y la razón son como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón humano el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo” (Juan Pablo II, Fides et Ratio, 1).

Ahora bien ¿cuál es el motivo que nos hace vibrar a la hora de anunciar a Jesucristo como el Salvador de la humanidad? El saber compartir estos dos potencias que poseemos por gracia de Dios en nuestra naturaleza. La auténtica pastoral se basa en lo que hemos escuchado en el profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61, 1) y me ha ungido para mostrar como mensajero, a semejanza del legado real en tiempos de guerra, el traer buenas noticias: anunciar la redención a los cautivos y la libertad a los prisioneros. Este mensaje equivale a anunciar un nuevo orden de cosas donde no será necesaria la represión y reinará la concordia y el bienestar. Por eso en este contexto y ante esta realidad la Iglesia se presenta en el mundo como servidora de la verdad que ha encontrado en una persona real y muy concreta de nuestra historia: Jesucristo. La Iglesia, “experta en humanidad”, vive la certeza, que acompaña al ser humano, de que en el corazón de toda persona humana se halla profundamente enraizada la exigencia de la Verdad última, unitaria y total, de la Verdad que libera al ser humano de temores y esclavitudes.

Hace veinticuatro años el Papa Juan Pablo II escribió la Carta Encíclica “Fides et Ratio” muy en consonancia con el pensamiento de Santo Tomás. Un Papa al que no puedo olvidar. Su testimonio fue una verdadera encarnación de lo que dice en esta Carta Encíclica sobre la relación inseparable entre fe y razón, y por ello podemos apreciar en él al testigo del Dios vivo, amigo fuerte de Dios y defensor del ser humano y de su dignidad. Trabajador incansable en los duros trabajos del Evangelio, evangelizador hasta los confines del mundo, infatigable luchador por una nueva cultura de la vida y de la solidaridad y por una civilización del amor, buen samaritano que se acercó e inclinó con ternura y amor al ser humano maltrecho y malherido. Por ser fiel a la razón y a la fe luchó hasta el final sin dejarse llevar por los males que su enfermedad le provocaba.

Viene bien recordar la lectura del evangelio que hemos proclamado: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye…Tengo otra ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn 10, 11-16). Para esto se requiere tener buen juicio, saber discernir y no dejarse llevar por las modas de ideologías que sustentan el poseer más que el servir.

Desde la razón y acompañados por la luz de la fe todo adquiere su justo y auténtico lugar. Tenemos la responsabilidad de acompañar y evangelizar sin miedos y con la sencillez de saber que nuestro Maestro es el Buen Pastor. “Recuerden los presbíteros que su ministerio sacerdotal (…) está ordenado, de manera particular, a la gran solicitud del Buen Pastor, que es la solicitud por la salvación de todo ser humano. Todos debemos recordar esto: que a ninguno de nosotros es lícito merecer el nombre de mercenario, o sea, uno que ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, porque es asalariado y no le importan las ovejas (…) La solicitud de todo buen pastor es que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia, para que ninguno se pierda, sino que tengan la vida eterna. Esforcémonos para que esa solicitud penetre profundamente en nuestras almas: tratemos de vivirla. Sea ella la que caracterice nuestra personalidad, y esté en la base de nuestra identidad sacerdotal” (Juan Pablo II, Carta a todos los sacerdotes, n. 7). Poco más se puede añadir a esta solicitud pastoral que nos pide nuestro propio ministerio que por gracia divina hemos recibido.

Roguemos a Santa María Sede de la Sabiduría que nos acompañe en esta gran responsabilidad que tenemos y Ella como Madre nos oriente en estos momentos de incertidumbre para ser solícitos y alentar, animar y conducir al camino de la Salvación a aquellos que se nos han confiado. Hoy pedimos a Santo Tomás que nos ilumine para seguir llevando desde la razón y desde la fe el mejor mensaje que el ser humano puede recibir. Me ayuda esta oración del Doctor Angélico donde se aprecia su fe viva y su piedad fervorosa: “Concédeme, te ruego, una voluntad que te busque, una sabiduría que te encuentre, una vida que te agrade, una perseverancia que te espere con confianza y una confianza que al final llegue a poseerte”.   ¡Felicidades rectores, formadores, directores espirituales,  profesores y seminaristas. Que la Gracia de Jesucristo os guíe y acompañe siempre!

 

 

 

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