Homilía ofrecida por nuestro Arzobispo don Francisco, el pasado 14 de marzo, en la Catedral de Santa María la Real de Pamplona, con motivo de la clausura del Milenario del nacimiento de San Veremundo

 

Hoy tenemos la dicha de clausurar el milenario de San Veremundo, gran monje benedictino que fue abad del Monasterio de Irache (Navarra) donde se distinguió por el amor a los pobres y su entrega a los peregrinos del Camino. De joven, a la muerte de su tío Abad Munio, lo nombraron Abad del Monasterio. Ahí destacó por su labor en el florecimiento del Monasterio y por el apoyo al Hospital del peregrino. Recibió numerosas donaciones y favores por parte de personajes de la Corte de Navarra, como fue el caso del Rey Sancho Garcés IV. Más tarde, debido a su reconocida sabiduría y santidad, llegaría a ser consejero del Rey Sancho Ramírez. Durante lo 42 años que duró su mandato en el Monasterio, Irache se convirtió en un foco de actividad cultural y religioso. Así fue parada obligatorias para los peregrinos para reponer fuerzas físicas y espirituales en su recinto. Cabe destacar su defensa por el rito mozárabe y por la minuciosidad en el desarrollo de los oficios religiosos diarios. Se le atribuyen varias acciones milagrosas, principalmente con la entrega de alimentos a los peregrinos del Camino. Fue muy devoto de la Santísima Virgen, muy esmerado en la liturgia y libros sagrados, llegando a introducir la reforma de Cluny. Estos pequeños trazos para saber quién era y cómo vivía San Veremundo. Y ya es muy común decir: “Mientras el mundo sea mundo, el 8 de marzo San Veremundo”.

A la luz de la Palabra que hemos escuchado: “Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por las obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”. Este podríamos decir es el modo de vivir de los Benedictinos. No por menos San Benito tiene aquella profunda intuición carismática de Ora et Labora (Reza y Trabaja).

El Ora es la plegaria que realiza un encuentro de diálogo con Dios. San Benito quiere que la oración ocupe el primer lugar en el monje y por ello le dice “que nada se anteponga a la obra de Dios, o sea al Oficio Divino y que sean las alabanzas cotidianas a Dios, de día y de noche. Se reúnen siete veces al día para rezar en comunidad, además de la oración privada. En el capitulo 48 de la Regla de San Benito pide que los monjes se dediquen todos los días, en horas concretas, a la Lectio Divina.

Y el Labora es tan importante como el orar. En el mismo capítulo 48 de la Regla insiste a los monjes que deben ser diligentes en el trabajo que les sea asignado. El propio Cristo santificó el trabajo en su oficio artesano. Si el trabajo se cumple bien, éste no les distraerá de la presencia constante de Dios.

San Veremundo se dedicó de modo especial a los pobres y a los peregrinos que iban hacia Santiago de Compostela. Aquí hemos de rogarle que nos ayude, aunque estamos en circunstancias muy especiales a causa de la pandemia, de seguir el espíritu de San Veremundo. Vosotros, Cofradía de San Veremundo, lo sabéis muy bien y agradezco que sigáis con este mimo espíritu. Esta es la labor fundamental de vuestra Cofradía.

Cuentan que un día San Veremundo recibió a un grupo de peregrinos y al preguntarles de dónde venían y qué habían visto por el Camino, no supieron contestar, ya que no se habían fijado en nada de lo que habían visto. Veremundo muy dolido por tanta indiferencia hacia las maravillas que Dios  había creado, exclamó: “¡Veré mundo!”. Hoy también podremos, muchas veces, admirarnos ante las situaciones de indiferencia de todo tipo. No obstantes que el Señor, como hemos escuchado en el evangelio siga afirmando en nosotros y ayudemos a quienes se acerquen: “El que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”. Todos estamos llamados a llevar la Luz de Cristo. Así lo vivió San Veremundo y así se lo pedimos a él en este día que se concluye el milenario de su nacimiento. Que Santa María la Virgen y San José nos animen, nos alienten y nos empujen para llevar en nuestros corazones el fuego del Amor de Cristo y como consecuencia transmitirlo a los demás.

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