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Tenemos ante nuestros ojos la certeza de saber que Dios es Padre y que nos ama con gran ternura y misericordia. Los sicólogos suelen afirmar que uno de los problemas y enfermedades que acosan a la sicología de la persona es el “haber perdido el sentido del padre”. De esta falta surgen dificultades e incluso muy graves como es la violencia y el mismo desprecio de la vida. Recuerdo cuando fui párroco -los primeros años de mi ministerio- que solía visitar, en el Centro Penitenciario de Navalcarnero (Madrid), a los reclusos y pasaba el tiempo -que me dejaban- atendiendo a los más solos y abandonados. Un día se me acercó un hombre muy grande y robusto que me espetó: “Yo nunca recibí cariño de mi padre, es más, me fustigaba y pegaba. Ahora estoy aquí recluido por haber asesinado a una persona y todo fue por el odio que albergaba en mi corazón”. He aquí que entonces comprendí lo difícil que es vivir si no se ha sentido el afecto y el amor, en este caso del padre, y lo difícil que es amar si uno no se ha sentido amado. La causa de la violencia es la falta de amor paterno y materno.

La sociedad en la que vivimos necesita que se refleje, en medio de sus hijos, el amor de Dios que es Padre. Por eso Jesucristo que nos trajo el gran amor y ternura del Padre, ha dejado como huella la gran labor de los sacerdotes que son testigos de la paternidad divina con su ministerio. Estamos celebrando el DÍA DEL SEMINARIO con motivo de la fiesta de San José esposo de la Virgen y padre de Jesús. Y el Papa Francisco ha querido que, durante todo el año, saltemos de Júbilo (Año Jubilar) en honor a San José. Fue Custodio de Jesús en la Familia de Nazaret junto con María. Y ahí vivió Jesús el cuidado de su padre José; es el mismo Jesús el que a los sacerdotes y a los seminaristas confía el cuidado de cada uno de los hermanos que encuentran en su vida. El sacerdote continúa con la misión encomendada por Jesús a los apóstoles, de no abandonar a aquellos que le han sido confiados y vive con la certeza de poder ayudar a todos para que ninguno se pierda. No es otra cosa sino proclamar con la vida y con el ministerio recibido que Dios es Padre y quiere que todos pertenezcan un día a su Reino de Amor.

La paternidad de San José no se centra en sí misma sino que es una imagen de la Paternidad de Dios. Lo mismo sucedió a los apóstoles cuando los iba eligiendo. Su única finalidad era ser servidores de la Paternidad Divina. Ahora los presbíteros y aquellos que se forman para serlo tienen la hermosa misión de ser reflejo de tal paternidad: Con sus gestos, con su testimonio, con la predicación de la Palabra, con el servicio de los sacramentos, con la cercanía a los más necesitados corporal o espiritualmente. Ser testigos del amor paterno de Dios. Cuando yo era seminarista recuerdo lo que un día nos dijo el formador a los seminaristas: ”Mirad os estáis preparando para ser sacerdotes. No olvidéis que la labor sacerdotal es, ni más ni menos, la de ser servidor de todos. Si un día dejáis de ser servidores del Amor de Dios, os convertiréis en unos funcionarios rancios y amargados”. Los representantes de Jesucristo todo lo hacen para su mayor gloria y para que sea reconocido y amado.
Hago una invitación a muchos jóvenes que tal vez sientan en su corazón el querer cambiar esta sociedad. Lo que necesita el mundo de hoy son personas dispuestas a ser no sólo imitadores de Jesucristo, que es muy importante, sino a ser sus apóstoles que entregan su vida para que se reconozca que Dios es un Padre que ama, tiene ternura y es misericordioso. La sociedad necesita reconocer este gran DON: Dios nos ama y quiere que pertenezcamos para siempre a su Reino de AMOR, JUSTICIA, VERDAD Y MISERICORDIA. Y os hago esta pregunta: “¿Quieres ser testigo del Amor Paterno de Dios?”. ¡Ánimo, joven, que nadie, como decís vosotros, os coma el tarro! ¡Harás una gran inversión en tu vida de aquí y de allá!

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