Tanto se está hablando, comunicaciones hay abundantes, donde se va notando la blasfemia más sutil que se pueda dar y es la de intentar “retar y hacer un pulso a Dios”. Son las normas y leyes nefandas que, incluso se aplauden con regocijo, pero los únicos frutos que se van a conseguir serán agrazones y muy dañinos. “No os engañéis: de Dios nadie se burla. Porque lo que uno siembre, eso recogerá: el que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; y el que siembre en el Espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, porque si perseveramos, a su tiempo recogeremos el fruto” (Ga 6, 7-9). Hay tanta falta de responsabilidad que se ha pensado e incluso ha llegado al momento en el que se potencia la mayor de las idolatrías y que se manifiestan en la soberbia de creer que el ser humano lo puede todo e más aún cree que puede mucho más que Dios. ¿Se le puede retar a un pulso? El desafiar a Dios trae consigo la autodestrucción humana.

Tentar a Dios es desafiar con arrogancia o incredulidad a Dios para que este haga algo en contra de su naturaleza o voluntad. Cuentan de Tancredo Neves, presidente de Brasil, que durante la campaña presidencial, él dijo que si consiguiera quinientos mil votos de su candidatura, ni Dios lo quitaría de la Presidencia. Efectivamente él consiguió los votos, pero se enfermó un día antes de acceder a la presidencia, y murió. El interrogante queda ahí y con el sentido común lo consideramos un pulso absurdo. Esto es lo que hizo Satanás tentando a Cristo en el desierto (Cfr. Mt 4, 1-11). “Si el Señor permitió que le visitase el tentador, lo hizo para que tuviéramos nosotros, además de la fuerza de su socorro, la enseñanza de su ejemplo (…) Ha combatido para enseñarnos a combatir en pos de Él. Ha vencido para que nosotros seamos vencedores de la misma manera” (San León Magno, Sermo 39 de Quadragesima). No cabe duda que el ejemplo de Jesucristo nos pone en el camino justo para no dejarnos llevar por la soberbia de quien piensa que lo puede todo por sus propios deseos y su absoluta voluntad. Hay que tratar a Dios con el máximo respeto. Desafiarle es peligroso. El constructor del Titanic dijo que su barco no lo hundía ni Dios. En su viaje inaugural chocó con un iceberg y se fue a pique, se hundió.

Ahora bien, en las circunstancias actuales, emanan leyes con el título de progresistas y que son aprobadas con aplausos como quien reta con la irracionalidad a la luminosa razón que tiene su fuente en Dios. No quepa la menor duda que la sociedad necesita personas que promuevan y justifiquen que la vida es sagrada y nadie tiene derecho para destruirla al antojo de sus intereses creados de forma torticera y malévola. Hay medios y métodos humanos que pueden ayudar a humanizar puesto que quien se ponga frente a Dios ha de saber que no sólo deshumaniza sino que rompe con el proyecto que tiene sobre la humanidad.

Su proyecto no es otro sino que cada persona viva su propia dignidad de hijo de Dios y viva como hermano de todo ser humano. Es amargo y duro el comentario del Señor: “Que ninguno de los hombres que han visto mi gloria y los signos que realicé en Egipto y en el desierto, y ya me han tentado diez veces, y no han escuchado mi voz, piense que va a ver la tierra que prometí a sus padres” (Nm 14, 22-23). Tentar a Dios en esta perspectiva significa dudar de su amor y de su presencia salvífica. Exigirle que se ponga a nuestras órdenes no sólo es peligroso sino que al final se caerá en el infierno que es la condenación eterna. Solamente se salvará quien ponga su mano sobre su pecho y se convierta de corazón. A Dios no se le puede retar a un pulso puesto que de Dios nadie se burla. Que Jesucristo Resucitado nos ayude a ser firmes y coherentes ante Dios.

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