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En la historia de la humanidad suceden acontecimientos de todo tipo y los peores son la intriga, la conjura y la trampa. Hay un salmo que lo describe de forma majestuosa. Es el salmo 64. Entremos hasta la médula de este profundo y clarísimo discernimiento que pone en tela de juicio todas las mentiras que se proclaman como la mejor forma del proceder humano. Comienza, el salmista, rogando a Dios que escuche sus lamentos y que le proteja del terror del enemigo. Muchas veces nos vemos amenazados por los que propician sus artimañas para aterrorizar y así conseguir sus fines que no son otros sino el pretender amedrentar y llevar a cabo sus objetivos malévolos: “Escóndeme de la intriga de los malvados, de la agitación de los malhechores” (Sal 64, 3). No es necesario recurrir a esclarecer dichos modos de actuar puesto que muchas veces lo podemos comprobar en las experiencias de todo tipo y en las comunicaciones sociales que airean, hasta con orgullo, este estilo de comportamiento. Hasta la misma sicología suele afirmar que ya no sólo existen enfermedades de sicopatología sino que en lo más íntimo de la persona se anidan muestras del mal que se alimenta con frecuencia haciendo el mal por el mal. Pensemos en ciertas violencias que hoy se llaman “violencias vicarias”, es decir, que el padre para vengarse de la madre utiliza como arma asesinar a los hijos y no a la madre que los engendró.

Como recurso para seguir ejercitando la maldad se utiliza “la lengua como espada y lanzan palabras venenosas como flechas para herir al inocente a escondidas” (Sal 64, 4). Muchas veces hemos oído decir que las palabras pueden matar más que los cuchillos. Son esas palabras venenosas que entran como sables en lo más íntimo del alma. Y una de ellas es la calumnia. ¡Cuánto mal hace la calumnia! Por eso se comprueba que en todas las épocas ha habido circunstancias dónde se ha sufrido a causa de las palabras corrosivas o la lengua viperina que envenena por donde quiera que pasa. Decía Eurípides que “la lengua es más poderosa que la espada”. También con otra terminología decía Napoleón Bonaparte que “cuatro periódicos hostiles son más de temer que mil bayonetas”. No es un plato de buen gusto cuando la crítica destructiva hace que la persona criticada se vea afectada, más que con cualquier enfermedad corporal que le hubiera podido ocurrir.

La técnica que realiza el malvado se convierte en obstinación. Es una técnica muy apropiada para el ataque. “Se obstinan en su acción malvada, hacen cálculos para tender trampas ocultas; se dicen: ¿Quién las podrá ver?” (Sal 64, 6). El pulpo cuando ataca no sólo lo hace con su tinta para ofuscar, sino con sus tentáculos para derrotar. Es su forma de actuar y va avanzando, con sus artimañas, para vencer. Es un plan bien urdido el que ejercita el malvado. Pensemos en tantas situaciones dolorosas que ocurren en la sociedad contemporánea y que no tienen ninguna justificación: el terrorismo, los ataques informáticos de noticias falsas, las ideologías que malversan la naturaleza y la antropología humana… Además se manipula todo con tal de conseguir los objetivos ya planificados. Y sigue diciendo el salmo: “¡El interior del hombre, su corazón, es un abismo!” (Sal 64, 7). Es un vacío tan grande que fenece en el más absoluto nihilismo.

Ahora bien no todo está perdido y menos aún ya nada tiene sentido o es un fracaso. Al contrario, es el momento de la puesta en marcha de la auténtica reconstrucción humana: La confianza en Dios. Todo aparentemente había fracasado en la Cruz y desde ella la humanidad se ve elevada porque Cristo, asumiendo todos los fracasos y pecados de la humanidad, ensalza, hasta la misma divinidad, la vida del hombre concediéndole la fuerza de la gracia. “Todos los hombres temerán, anunciarán las obras de Dios y entenderán sus acciones. El justo se alegra en el Señor, en él busca refugio y se glorían todos los rectos de corazón” (Sal 64, 10-11). Es el momento para rogar a Dios que nos proteja puesto que confiamos en él. Es el refugio en Dios el que alienta, anima y fortalece. Por eso no se ha de temer porque es más real la victoria en Dios que las urdimbres del enemigo.

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