Estamos iniciando un nuevo curso que se presenta con grandes retos y grandes momentos de aprendizaje en el camino de nuestra vida cristiana. El estudio nos iluminará para poner bien sustentadas las claves fundamentales de la inteligencia y aprendiendo a dejar que sea la sabiduría quien ilumine nuestra mente. Se suele decir que el conocimiento, es decir el archivar muchos datos, no es suficiente para poder afirmar que uno es sabio. La sabiduría se sustenta en profundizar en lo hondo de la vida que la inteligencia asume y en exponer la razón para que sea iluminada por lo trascendente que tiene su origen en el amor de Dios y viene confirmada con su Palabra. Estamos pasando por unos momentos muy especiales y conviene prepararse bien puesto que las luchas y propuestas sociales son combativas e incluso, muchas veces, agresivas. Nos hallaremos atacados y depreciados porque no estamos en lo políticamente correcto. Es el momento para aprovechar a crecer en Cristo, en momentos de crisis.

Aquí está la fuerza de la sabiduría y es impresionante comprobar que una de las razones fundamentales de la fe es saber aceptar las contradicciones o sufrimientos con la paz que Jesucristo nos muestra desde su estilo de vida y entrega por amor al Padre y a la humanidad. No por menos el apóstol Pedro afirma: “¿Sois celosos del bien?” (1P 3, 13). La esperanza se sustenta en el bien, no en el mal. Hoy tenemos grandes peligros de confusión y uno de ellos es el relativismo que descompone la verdad puesto que la hace a su medida, destruye lo justo porque su medida es el egoísmo y desestabiliza la relación social y personal afirmando que lo más importante es la postura sensible de uno mismo usando como arma la intimidación.

Cuando el apóstol nos recuerda que: “Si tuvierais que padecer por causa de la justicia, bienaventurados vosotros: No temáis ante sus intimidaciones, ni os inquietéis, sino glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; pero con mansedumbre y respeto, y teniendo limpia la conciencia, para que quienes calumnian vuestra buena conducta en Cristo, queden confundidos en aquello que os critican” (1P 3, 14-16). Buen programa de vida para profundizar y ahondar durante este curso que comenzamos. Y esto es muy importante puesto que en nuestro estilo de vida y en nuestra formación no podemos caer en el “todo vale” a lo que nos invitan las ideologías que descomponen la estructura de la misma antropología y que ponen el grito en el cielo por cosas nimias y sin embargo por las esenciales se posicionan afirmando que es progresismo y libertad. Ya lo decían antaño los filósofos afirmando “El hombre es un lobo para el hombre” (“Homo homini lupus”). En el siglo III antes de Cristo en la obra dramática Asinaria, del comediógrafo latino Plauto afirmaba que “lupus est homo homini” (Lobo es el hombre para el hombre). Posteriormente el filósofo inglés del siglo XIII Thomas Hobbes, en su obra el Lebiatán, afirma que el estado natural del hombre lo lleva a una lucha continua contra el prójimo, de ahí que el hombre es un lobo para el hombre. La frase de dicho filósofo, en este sentido, se convierte en la metáfora del animal salvaje que el hombre lleva por dentro, siendo capaz de realizar grandes atrocidades y barbaridades contra elementos de su propia especie.

Y esta no es la única forma de pensar puesto que el apóstol Pablo cuando se dirige en su carta a los efesios les dice: “Para que abandonéis  la antigua conducta del hombre viejo, que se corrompe conforme a su concupiscencia seductora, para renovaros en el espíritu de vuestra mente y revestiros del hombre nuevo, que ha sido creado conforme a Dios en justicia y santidad verdaderas” (Ef 4, 22-24). El hombre por sí mismo no se puede sustentar así mismo como afirman otros pensadores cuando admiten que el “hombre es bueno por naturaleza” (Jean-Jacques Rousseau) y que es la sociedad quien le corrompe. Unos dirán que para dar solución a este drama se requiere un contrato social para lograr una convivencia armoniosa entre los ciudadanos y otros se sitúan en la tesis que la educación tradicional oprime y destruye esa naturaleza de bondad que posteriormente la sociedad corrompe. Sin embargo nos ilumina y equilibra la afirmación contundente del apóstol Pablo, cuando escribe que conviene revestirse del hombre nuevo que es Jesucristo, el único que puede realizar en el ser humano la justicia y la santidad verdaderas. El hombre por sí mismo y consigo mismo se convierte en lobo, sin embargo cuando se asocia a la vida en Cristo se convierte en hermano.

Ahora conviene preguntarse y ¿Cómo se traduce esto? Es Cristo quien nos sitúa en la ley del amor: “Su guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15, 10). Fuera de Cristo el ser humano se deshumaniza, por el contrario cuando vive de Jesucristo se humaniza.  Y esto era tan fuerte en Jesús que lo anteponía a las normas que imponían los maestros de la ley, a la observancia de los fariseos, a la autoridad de los sumos sacerdotes. Esto le costó la vida. Lo central en él era llevar la ley del amor que hace posible una nueva humanidad. Es más se puso en nuestro lugar dando la vida para que vivamos en fraternidad y haciendo de las bienaventuranzas la regla de oro de la vida creyente. Cristo vino a salvarnos de la muerte que provoca el pecado y nos dio las claves para levantarnos con él y resucitar. Además nos manifiesta que la alegría y el gozo se hacen presentes cuando la ley del amor impera: “Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa” (Jn 15, 11). Si estamos asidos a él nada ni nadie nos arrebatarán el gozo y la alegría.

La ley del amor se demuestra cuando, como nos dice el Maestro: “Os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Es la expresión más nítida del verdadero humanismo puesto que desaparece el servilismo: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 15). El fruto llegará si nos comportamos de esta manera y acercamos a los demás con las mismas actitudes de Jesucristo que repite hasta la saciedad: “Esto os mando: que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 17). Bien puede ser éste el protocolo espiritual del nuevo año en nuestros Centros de Teología. No olvidemos que de cómo vivamos nuestra fe, esperanza y caridad depende la evangelización para la sociedad a la que hemos de amar y nunca despreciar porque Cristo ha entregado su vida por todos y a nadie quiere excluir. Otra realidad  distinta es la respuesta ante tal propuesta del auténtico humanismo.

Deseo que este nuevo curso 2021-2022 nos ayude a crecer en el don de sabiduría con la fuerza del Espíritu Santo y teniendo presente que los impulsos fundamentales del mismo nos lleven para crecer en madurez humana, lucidez intelectual y servicio fraterno. A vosotros profesores y educadores os toca estar atentos para que los alumnos caminen bien conducidos como los guías que ayudan a subir hacia la alta montaña y que en nuestro caso es la perfección en la caridad. Damos la bienvenida a los profesores y alumnos que os incorporáis por primera vez. De modo especial quiero resaltar al nuevo Rector del Seminario Diocesano San Miguel D. Jesús Echeverz y al saliente D. Miguel Larrambebere que ahora ejercerá el servicio pastoral de Vicario Episcopal del Clero y Director de las Residencias Sacerdotales. También darle las gracias a D. Juan María Madoz por su labor delicada y bien cuidada de Director Espiritual del mismo Seminario.

Que la Virgen María Sede de la Sabiduría nos ayude en este recorrido de la vida y nos impulse a ser testigos gozosos de su Hijo Jesucristo. Y a San Miguel Arcángel que hoy celebramos le rogamos nos asista y apoye en los momentos de dificultad para salir victoriosos como él lo fue ante el Maligno.

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