El futuro se regirá por las familias que tengan más hijos

Hay una frase en la Biblia que dice: “Creced, multiplicaos, llenad la tierra” (Gn 1,28). El Concilio Vaticano II lo interpreta afirmando que Dios queriendo comunicar al ser humano una participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer con esta afirmación del Génesis. De aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y de toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tiende a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ello aumenta y enriquece su propia familia. En sentido positivo va bien pero si a esto añadimos que se trata de considerar la vida humana según los intereses economicistas y materialistas, se deduce que se llegue a poner más empeño en vivir bien materialmente mucho más que a la hora de engendrar hijos.
Las consecuencias pueden llegar a ser muy dramáticas. Atentos hemos de estar al saber que demográficamente en Europa la natalidad ha bajado tanto que se observa no se pueden cubrir los puestos de trabajo en general, pensemos en las personas que cuidan de los ancianos o los que trabajan en hostelería. Por ejemplo, pensando en Francia, se sabe que, según estadísticas, la población de inmigrantes crece tanto que en pocos años serán la mayoría de los franceses cercanos y fieles a la religión musulmana. En Europa para el año 2035 serán más de cuarenta millones de religión mahometana. Y la razón fundamental es que la natalidad en ellos es muchísimo mayor que en los europeos y sus convicciones en este punto son más firmes.
La cristiana Europa tiene un declive demográfico muy alto. La naturaleza es muy sabia, de ahí que se diga: “Dios perdona siempre, el ser humano a veces, pero la naturaleza nunca”. Lo que más duele es que no hay conciencia de ello porque la vida no se puede administrar con falsos progresos que lo único que consiguen es el devaluar lo auténticamente humano como es la defensa de la vida desde el inicio hasta el final y la defensa de la vida es lo más grande y valioso que el ser humano posee. Europa pierde su fe y su población y le da vergüenza su esencia espiritual rechazando sutilmente sus raíces cristianas. El continente europeo ignora la fe cristiana. Rehúsa siquiera hacer mención de ella en la nueva Constitución Europea y, es más, omite toda referencia a Dios.
La apuesta es interesante, para que se acabe la bajísima natalidad, y como se constata, se va superando con los inmigrantes de otras partes del mundo. La población de la India crece en una semana más que la de la Unión Europea en todo un año. Por eso, no es extraño que lleguen tantos inmigrantes que son como un toque de atención a los países que se duermen en el “limbo del materialismo”. Y se sigue pensando que es progreso el aborto, la eutanasia, las uniones libres y de cualquier condición. Y se sigue afirmando que quien construye la sociedad es la ideología de moda o los planteamientos de un populismo desbocado. Grave error que conducirá a frutos muy amargos y un futuro descompuesto si se sigue así.
Ante tal panorama no podemos dejarnos llevar por la falta de esperanza. De ahí que en este tiempo que nos toca vivir celebremos el gran misterio de la Navidad, a la que por cierto se quiere eludir y marginar, y que nos recuerda el gran amor que Dios ha tenido para vivir y convivir entre nosotros y mostrándonos con su testimonio y su palabra la razón de ser del género humano. Que la Familia de Nazaret nos impulse a mirar y apreciar la belleza de la familia humana y la grandeza de sus hijos. ❏

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