Senior priest sitting with rosary beads sitting in confessional and listening to confession

En la vida podemos constatar que para avanzar en salud, en conocimientos y en formación, en atender los distintos aparatos de la casa, de movilidad como el coche… se requiere utilizar un tiempo para el reciclaje. Hoy se ha concienciado y sigue informando para que procuremos recoger lo que desechamos y utilizarlo para reciclar. El reciclaje es el proceso de recolección y transformación de materiales para convertirlos en nuevos productos puesto que de otro modo serían desechados como basura. Su incorrecta gestión como residuo provoca contaminación por residuos nocivos y de ahí la importancia de reciclar. Lo mismo sucede en el camino de la vida espiritual puesto que el pecado deja un lastre que conviene reciclar para que purificado se convierta en gracia divina. Es lo que la doctrina de Cristo y su Iglesia viene en afirmar y que se denomina conversión.
Corremos unos tiempos especiales y es conveniente que todos nos preguntemos: ¿Hago bien todo? ¿Debo reconocer que estoy contaminado por la falta de amor a Dios y al prójimo? ¿Soy perfecto y todo va bien? ¿Me considero perfecto? La respuesta nos la da el Catecismo de la Iglesia Católica: “La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su seno a los pecadores y que siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del corazón contrito, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero” (nº 1428). Simplemente si somos conscientes de esto, nos acercamos a la aceptación de la propia realidad tal y como es.
Ahora bien hay un recorrido que se ha de hacer para reciclarnos o convertirnos y no se mueve por puros sentimiento sino con poner delante de Dios lo que somos y lo que obramos. Es lo que viene en llamarse los actos del penitente:
LA CONTRICIÓN: Es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar (propósito de la enmienda). “Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama contrición perfecta (contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir pronto sea posible al sacramento de la confesión” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1452). Conviene preparar la recepción del sacramento de la confesión mediante un examen de conciencia hecho a la luz de los Diez Mandamientos y los Mandamientos de la Iglesia.
LA CONFESION DE LOS PECADOS: La confesión verbal de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la confesión. En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente y la forma mejor es repasar cómo se han vivido los Diez Mandamientos y los Mandamientos de la Iglesia. En ellos se reflejan las faltas de amor a Dios y amor al prójimo o los logros de haber amado a Dios y amado al prójimo.
LA SATISFACCIÓN: Ya es tradición en la experiencia eclesial que muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer todo lo posible para repararlo (p.e.: Restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas…). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esa satisfacción se llama cumplir la penitencia. Bien merece la pena que durante el tiempo de Cuaresma nos pongamos a revisar nuestra vida que es lo más hermoso que poseemos y para que sea preanuncio de lo que viviremos en la eternidad: La gracia y el amor de Dios. Y además que los presbíteros estemos dispuestos para acoger en confesión sacramental a aquellos fieles que personalmente se acerquen. ❏

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