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En este tiempo de Cuaresma conviene que reflexionemos sobre lo que es la Iglesia y sobre lo que nos cuida la Iglesia. En el ambiente tan confuso que, en ciertos momentos sucede hoy, simplemente nombrar a la Iglesia se convierte como en un nombre poco favorable e incluso fiable. Sabemos bien que los que componemos esta Iglesia no somos perfectos y bien que nos lo dice el Señor: “En esto se ha manifestado el amor que Dios nos tiene, en que siendo nosotros pecadores él envió a su propio Hijo para salvarnos” (1Jn 4, 9). Ahora bien la Iglesia es santa porque Dios que es el Santo, es su autor, Cristo se ha entregado por ella para santificarla y hacerla santificante y el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. Aquí está nuestra suerte y es que gracias a Jesucristo podemos sentir que nuestra vida, a pesar de nuestro pecado, encuentra en él al único Salvador. “Te basta mi gracia: mi poder se manifiesta en la debilidad. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo” (2Cor 12, 9). Por tanto, el pecado está en no aceptarme a mí mismo en mis debilidades, ni gloriarme de ellas para que así se pueda manifestar el poder y la gracia de Dios.

Ese poder de Dios viene dado en su Iglesia. De ahí que la Iglesia es como una madre que cuida de todos sus hijos y nos va, como buena educadora, indicando el camino que nos lleve al amor de Dios. “Comprendí que el amor sólo hacía obrar a los miembros de la Iglesia, que si el amor llegara a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el evangelio, los mártires rehusarían verter su sangre… Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones, que el amor era todo, que abarcaba todos los tiempos y lugares… en una palabra, que el amor es eterno” (Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma). Esta santidad tiene como centro la caridad, pues es por medio de ella que el género humano camina hacia la unión definitiva con Dios.

Si la Iglesia se identifica con una madre, ella misma nos va mostrando las pautas para vivir en caridad. De ahí surgen los MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA. Son los protocolos que nos sirven para orientar la vida cristiana y crecer en la perfección de la caridad que es la santidad. Son Cinco:

Primero: Oír Misa entera todos los domingos y fiestas de guardar. Si el cuerpo no se sustenta por los alimentos, llega un momento que muere. Lo mismo necesitamos sustentarnos de la Eucaristía que nos regala el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo para alimentar el alma. Se reúne la comunidad cristiana y celebra y conmemora la Resurrección del Señor

Segundo: Confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte y si se ha de comulgar. La Comunión Eucarística requiere purificación del alma, es decir, estar en gracia de Dios. Si se está en pecado mortal no se puede comulgar a no ser que haya habido previa purificación en el sacramento de la confesión. Al estilo de una madre que nos invita a lavarnos antes de las comidas. Los malos olores no los permite en la mesa de invitados. Morir en gracia de Dios es lo más grande que pueda existir. De ahí la gran labor y servicio que realiza el presbítero con los enfermos.

Tercero: Comulgar al menos por Pascua de Resurrección. Garantiza un mínimo en la recepción del Cuerpo y la Sangre de Cristo en relación con el tiempo de Pascua, origen y centro de la Liturgia cristiana. No obstante es conveniente y necesario, para la salud espiritual, participar los domingos y fiestas en la Eucaristía.

Cuarto: Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia. Asegura los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas; contribuyen a hacernos adquirir el dominio sobre nuestro egoísmo. Lo importante es ser austeros y no depreciar o infravalorar los alimentos que tanto se pierden o tiran.

Quinto: Ayudar a la Iglesia en sus necesidades. Gracias a la colaboración del Pueblo de Dios que es la Iglesia se cubren muchas necesidades a favor de los más pobres y se ayuda en las necesidades propias de la misma Iglesia.

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