Cristo Resucitado vence el dolor, la aflicción y la angustia

Hay en la sociedad un cierto temor reverencial a los acontecimientos futuros pensando que va a vencer el mal sobre el bien, el terror sobre la paz, la enfermedad sobre la salud, la angustia sobre el gozo, la injusticia sobre la justicia… De tal forma que se pierde el sentido de la trascendencia. Pero cuando se adquiere este sentido trascendente alivia y ayuda; teniendo la certeza para afirmar que la vida tiene sentido aún en medio de tantas dificultades. “En el mundo tendréis aflicción y sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Es el mismo Jesucristo que nos lo dice puesto que él ha vencido el dolor por amor, la angustia por felicidad y el pecado por la gracia: “Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Expresa la solidaridad del Hijo de Dios con la humanidad que sufre. Es Jesucristo Resucitado quien da sentido a nuestra vida a pesar que pasemos por valles de dolor o angustia.
Se suele decir que la pandemia ha dejado muchos flecos y uno de ellos es el miedo. Desde que comenzó la expansión de tal virus no importa a dónde miremos o que escuchemos, siempre hay algo que nos recuerda que las cosas no son tan seguras como antes: hay un nuevo virus que nos amenaza. Esta nueva realidad puede causarnos ansiedad llenándonos de miedo. Ante tal sentimiento de derrota no nos hemos de acobardar y hemos de salir hacia lo que la misma fuerza interior y espiritual nos anuncia: “No os lo digo porque esté necesitado, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo: he aprendido a vivir en la pobreza, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquel que me conforta.” (Flp 4, 11-13). ¿Quién puede llenar nuestros vacíos? ¿Quién llega a darnos la mejor iluminación a la hora de nuestras decisiones? ¿Quién alivia en los momentos de aflicción y sufrimiento? Es Jesucristo Resucitado quien ha cambiado todos los parámetros que se encontraban en la debilidad y vulnerabilidad humana.
Debemos aferrarnos más al Señor Resucitado fortaleciendo nuestra fe en él. Necesitamos tomar tiempo para sentir su presencia y recibir esa paz tan maravillosa que él nos otorga: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27). No venceremos, al miedo y al temor, con nuestras propias fuerzas: lo venceremos alimentando nuestra mente y nuestro espíritu con la fuerza de la Palabra de Dios y con la presencia permanente del Señor Resucitado pues él nunca nos dejará de acompañarnos: “No os dejaré huérfanos” (Jn 14, 18). Nos conmueve hasta dónde se acerca Jesucristo y se ofrece por todo el género humano sin excepción puesto que él ha venido no por unos pocos sino por todos. Basta que lo aceptemos y confiemos en él. No nos obliga, pero él sí que se ofrece abriendo sus manos de amor y misericordia, como el abrazo del mejor amigo.
Fortaleceremos nuestra fe si nos aferramos al Resucitado puesto que él ha apostado y pagado por nosotros: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Es un buen momento para recordar, que el Resucitado es nuestro refugio y fortaleza; podemos acudir a él en cualquier momento: “Por eso no tememos aunque se conmueva la tierra, y se derrumben los montes en lo hondo del mar; aunque se agiten y hiervan sus aguas, y, por su ímpetu, retemblen los montes” (Sal 46). Nunca nos deja en descampado a la suerte de lo que pueda suceder. Siempre está de nuestra parte. Él nos ama inmensamente, no nos abandona y está con nosotros en medio de las circunstancias por muy adversas que ellas sean. Nos cuida, nos ayuda y nos renueva con su paz.
Proclamemos por doquier que Jesucristo ha Resucitado tanto con palabras como con obras de amor y misericordia. Nos enseñó que la fuerza más grande es el amor y que lo contrario al amor es el miedo. Nos enseñó a querer al hermano cercano, lejano y necesitado. Nos enseñó a vivir con sencillez en lo cotidiano y nos alentó a sobrellevar el sufrimiento sin aspavientos y confiando en él. Por todo esto y mucho más nos deseamos: ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

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