La unidad, característica de los discípulos de Cristo

Homilía de Mons. Francisco Pérez con motivo de la apertura del nuevo curso académico 2022-2023 de la Universidad de Navarra, el pasado 9 de septiembre

 

Después de la Ultima Cena Jesús pronunció un largo discurso de despedida, bastante amplio, en el que cabe resaltar dos elementos importantes, un mandato y una oración. El mandato es único y tan impresionante que todavía hoy se mantiene vigente e igualmente exigente; es el mandamiento del amor: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12). Podríamos llenar el tiempo de esta homilía comentando y extrayendo consecuencias impactantes, pero prefiero detenerme en la petición que Jesús hace en la última parte de este discurso, en la llamada oración sacerdotal: “Que sean uno como nosotros somos uno; yo en ellos y tú en mí, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que me has enviado” (Jn 17,21). Por ser una petición tiene carácter de futuro y, por salir de labios del Señor, tiene marchamo de eficacia.

La unidad, en efecto, es característica de los discípulos, de todos los cristianos; más aún, es una de las notas esenciales de la Iglesia que confesamos en el Credo: Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica. La primera nota, unidad, es origen de las siguientes: porque es una está llamada a mantener la santidad del Fundador, Jesucristo; está extendida y llamada a extenderse por el mundo entero (“id y predicad a todos los hombres…”), es decir, es católica; y, es apostólica porque son los apóstoles, los que han transmitido la única doctrina de la Iglesia. Por eso San Pablo recordaba a los cristianos de Éfeso: “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todo” (Ef 4,5-7). Jesús manifestó su pasión por la unidad con múltiples palabras y variadas imágenes: Él es la vid, la única vid y nosotros los sarmientos que no produciremos fruto si no estamos unidos a la vid (cf. Jn 15,1-5). San Agustín, al hablar de la unidad de la Iglesia, aplica su importancia a nuestro vivir cotidiano y saca conclusiones prácticas. Es un contrasentido, dice el santo de Hipona, la envidia y los celos de nuestros semejantes. Lo que yo no tengo, si lo tienen los otros también es mío. Cito sus palabas: “Si amas, no es poco lo que posees. En efecto, si amas la unidad, todo lo que de ella es poseído por alguien, ¡lo posees tú también! Destierra la envidia y será tuyo lo que es mío, y si yo destierro la envidia, es mío lo que tú posees” (Tratados sobre S. Juan, 32,8).

La unidad que nosotros debemos vivir se traduce en mantener y difundir la doctrina de la Iglesia en su integridad, en seguir con fidelidad las orientaciones del Magisterio y en plasmar en nuestro quehacer ordinario nuestra lealtad al Romano Pontífice y a los Obispos en comunión con él. Esto que resulta fácil formular con palabras choca frecuentemente con el ambiente secularizado y crispado en el que vivimos. Hablando hace unos días con D. Fernando Ocáriz, me admiró su visión serena y su adhesión incondicional a las orientaciones de la Santa Sede. Hoy tiene más eco negar o, al menos, poner en tela de juicio lo que el Papa decide, sugiere o aconseja; sin embargo, nosotros como cristianos en medio del mundo y vosotros que os movéis en los ambientes turbulentos de la cultura de hoy en la que campea el relativismo,  y en la discusión de las ciencias, donde triunfa el subjetivismo más que el amor a la verdad, habéis de tener clara la unidad: unidad de la Iglesia, unidad en la verdad y, por qué no decirlo, unidad personal, “unidad de vida” como gustaba llamar San Josemaría, que es coherencia entre lo que se profesa y lo que se vive. Cualquier cristiano y, en concreto, los profesionales de la ciencia saben que deben trabajar con buena intención, con criterio recto y con una conducta exterior que manifieste los deseos internos de servir a Dios en todo momento. “No hay, escribió San Josemaría–no existe– una contraposición entre el servicio a Dios y el servicio a los hombres; entre el ejercicio de nuestros deberes y derechos cívicos, y los religiosos; entre el empeño por construir y mejorar la ciudad temporal, y el convencimiento de que pasamos por este mundo como camino que nos lleva a la patria celeste» (Amigos de Dios, n.165).

Unidad no es uniformidad. Hace uno días estuve en Roncesvalles y tuve la oportunidad de conversar con varios peregrinos, que este año han aumentado considerablemente. Pude constatar que todos tienen una misma meta, Santiago de Compostela, pero son variadísimos los lugares de procedencia y los motivos que en principio les mueven: unos vienen de Europa (Francia, Alemania, Holanda…), otros de países de Oriente (Indonesia, Corea, e incluso algún chino) y, por supuesto, españoles. La mayoría vienen por motivos religiosos, una promesa, una búsqueda de Dios, etc., pero no faltan quienes hacen el camino por deporte, por una experiencia vital, por un afán de superación, etc. Pensando un poco en esta homilía, me decía a mí mismo: también los estudiantes coinciden en una misma meta, aprobar este curso que comienza, pero son bien distintos los motivos: fraguarse un futuro, especializarse en una materia que desde niño les atraía, y quizás dar gusto a sus padres, conocer gente nueva y, quien sabe si encontrar a aquella persona con la que se pueda casar… En vosotros está, fomentar la formación integral de cada uno, enseñarles virtudes humanas y cristianas y, sin ningún respeto humano acercarlos a Dios, que es la única Verdad. El Papa Francisco suele recurrir con frecuencia a una frase que se ha hecho famosa (viral, dirían los jóvenes) y que se atribuye a diversos autores del siglo IV-V. La voy a citar en latín que es como surgió: In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas. También hoy tiene actualidad esta máxima para distinguir la unidad de criterio en lo estrictamente necesario, con la diversidad de opiniones, guardando siempre la fraternidad y el buen trato. Pienso que en eso consiste una universidad sana. De este modo se vive la sinodalidad que estamos llamados a vivir en este tiempo y, como suele repetir el Santo Padre, debemos construir puentes, en nuestro caso, con los jóvenes con frecuencia desalentados: “No olvidéis, decía el Papa, que Cristo está vivo y que os llama a caminar con valor siguiendo sus pasos. Junto a Él, sed esa llama que reaviva la esperanza en el corazón de tantos jóvenes desanimados, tristes y sin perspectivas, generando lazos de amistad para un mundo mejor” (Discurso sobre la fraternidad, 16-mayo-2022).

No quiero terminar sin decir una palabra que, si no viene a cuento en lo que venimos comentando, la llevo muy en el corazón: os felicito y os animo fervientemente a seguir defendiendo a la persona desde su concepción hasta el final de su vida. A Dios no se le discute, a Dios se le ama y se le secunda cumpliendo su voluntad. Necesitamos que en vuestra investigación y en vuestro trabajo nos aportéis razones en favor de la dignidad de la persona, por supuesto desde la medicina, pero también desde la filosofía, desde el derecho, la literatura y, seguramente también desde la arquitectura. Esta Universidad concedió uno de los primeros doctorados honoris causa a aquel gran médico e investigador Jérôme Lejeune que, además de descubrir la causa del síndrome de Down defendió con tesón el valor de la vida humana. He encontrado las palabras de San Josemaría en aquel acto solemne de investidura del año 1974: “La Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen en la opinión pública”. Por mi parte, os deseo el mayor acierto en este asunto tan acuciante de la defensa de la vida.

Que la Virgen del Amor Hermoso que preside el campus os alcance la bendición divina para que durante este curso que estamos inaugurando sea eficaz en los planes de Dios y provechoso para todos los profesores y alumnos.

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