El Magnificat de María nos hace gustar la santidad ejemplar de la Virgen que mueve a los fieles a levantar los ojos hacia ella, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes. Virtudes sólidas evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la palabra de Dios; la obediencia generosa; la humildad sincera; la caridad solícita; la sabiduría reflexiva; la piedad hacia Dios pronta al cumplimiento de los deberes religiosos, agradecida por los bienes recibidos, que ofrece en el templo, que ora en la comunidad apostólica; la fortaleza en el destierro, en el sufrimiento; la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor; el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la cruz; la delicadeza previsora; la castidad virginal; el fuerte y casto amor conyugal.
Ante cualquier imagen de María todos nos encontramos acogidos. Su acogida alivia y alienta en medio de nuestras dificultades y debilidades. ¡Ojalá que sea esta actitud la que mueva el corazón de los nuevos evangelizadores para atraer a tantos que se sienten faltos de amor, de paz y de justicia! ¡Que la participación en los sacramentos nos lleve a vivir una experiencia de amor a Dios y al prójimo! ¡María es la mejor Maestra! ¡Acudamos a ella con fe, como el hijo a su Madre! Ella nos ayudará a vivir el auténtico humanismo y su protocolo que es el Magnificat que muchas veces escuchamos.
Estamos al final de una era y, digo esto, porque me viene a la memoria lo que decía Chestertón: “Quitad lo sobrenatural y no os quedará lo natural, sino lo antinatural”. Desarraigado de su centro espiritual, el hombre occidental –nos dice un gran autor- se creyó sin embargo liberado, dueño al fin de su destino, capaz de ascender hasta cumbres hasta entonces inconcebibles; pero una vez alcanzadas esas cumbres (materializadas en el progreso técnico, científico, político, cultural, ideológico…), el hombre occidental ha descubierto que lo gangrena un vacío horrendo. Y busca culpables rabioso, busca morfinas diversas que anestesien esa gangrena, sin aceptar que es la confianza insensata en sí mismo quien lo arrastra irremediablemente a la caída, porque ha renegado de las fuentes de la vida. Sólo el hombre espiritual puede ser un verdadero creador, ahondando sus raíces en la vida eterna. Las potencias creadoras del ser humano no pueden ser regeneradas, ni la identidad del ser humano rehecha, sino a través de una recuperación de los orígenes espirituales. Como afirman desde la sicología: “El gran mal de hoy es la ausencia existencial de lo trascendente”. Al final la vida no tiene aliciente alguno y desprenderse de ella parece lo más normal, cuando falta la perspectiva espiritual.
El Magnificat nos lleva a vivir con madurez y coherencia la vida humana y nos protocoliza un modo de vida que tiene como fin acercarnos a un humanismo auténtico. “Porque un humanismo sin Dios, es humanismo inhumano” (Benedicto XVI). Ante tal situación la Virgen María so sostiene sólo en Dios: Proclamando la Gloria de Dios, alegrándose en Dios Salvador, poniéndose en actitud de humildad, sabiendo que Dios es Poderoso y hace obras grandes, confiando en la misericordia del Señor, dispersa a los soberbios de corazón y derriba a los poderosos y enaltece a los humildes… Cuántos bienes nos proporcionaría si fuéramos más humildes y desecháramos todo atisbo de soberbia.
Pido a la Virgen María que nos ayude a vivir este mes de octubre, dedicado a Ella, con fiestas -tan entrañables- poniéndonos a trabajar por la paz, la concordia, la fraternidad solidaria y la caridad ardiente… a fin de que nuestra vida encuentre siempre el auténtico sentido y así colaboremos por un humanismo auténtico que sólo -quien vive en el Amor de Dios y amor al hermano- puede gozar. ❏

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